La clase obrera en la Argentina vive la Revolución Española intensamente. Desborda solidaridad e internacionalismo proletario, y toma partido por el triunfo de los obreros y campesinos.
Hugo Echeverre
Lunes 18 de julio de 2016 | La Izquierda Diario
La clase obrera argentina llega curtida a julio de 1936. Ha bancado de pie la ola represiva y miserable de la “década infame”, y ha respondido los golpes capitalistas con organización, huelgas e ideas.
Basta recordar la huelga de la carne en 1932, de la madera en 1934 y la destacada huelga general que encabezan las asambleas y los comités de obreros de la construcción, barrio por barrio, junto a la dirección de los comunistas en el verano porteño de 1936 [1].
Es decir, un movimiento obrero con sus tendencias sindicales y políticas establecidas y activas. Y con un naciente peso social y cultural de una izquierda clasista, que combina memoria anarquista y presencia marxista.
Naturalmente, los capitalistas y la derecha argentina saludan sin tapujos al fascismo español, que tan bien le cae al nacionalismo católico que levantan desde hace años la oligarquía, el ejército y la marina.
Para ese entonces reina el “fraude patriótico”, que se impone tras el golpe del Gral. Uriburu en 1930, y gobierna la llamada “Concordancia” que encabeza el Gral. Justo y Roberto Ortiz.
Las cosas se van acomodando a derecha y a izquierda
La CGT Independencia [2] saluda a través de un cablegrama “a los bravos camaradas españoles que en estos momentos luchan por un mundo mejor contra la traición clérigo-militar [3]” y organizan en el Luna Park un acto de más de 10.000 trabajadores donde dirigen la palabra dirigentes comunistas de la construcción, municipales socialistas y sindicalistas ferroviarios. El entusiasmo es indescriptible.
A la salida, la represión policial que ha cercado el estadio se hace sentir. Y los choques serán más duros que los célebres combates callejeros en la Av. de Mayo, entre republicanos y franquistas.
Internamente la represión contra los militantes comunistas y anarquistas se profundiza. A razón de ello será creada la Sección Especial de la Policía Federal, que llevará a cabo la detención de militantes marxistas y ácratas, con brutalidad e impunidad patriótica.
Sin embargo, el fenómeno obrero y popular es de masas, y miles de trabajadores en la Argentina apoyan con entusiasmo y observan atentos a la vanguardia obrera española y a las Brigadas Internacionales que defienden heroicamente Madrid. Y varios con mejor ojo siguen los avances de los obreros catalanes que expropian y ponen bajo su control y gestión las fábricas y tierras de Cataluña y Aragón.
Lógicamente, las organizaciones comunistas y anarquistas deben actuar en la clandestinidad. Quizás una muestra sea recordar que no solo son reprimidos y condenadas sus ideas, sino que llegan a decretar la prohibición de usar y/o enarbolar banderas rojas en las calles porteñas (esos “símbolos extraños” a la soberanía nacional).
En este marco la solidaridad se va desarrollar fuertemente desde las bases obreras y populares, extendiendo comités zonales de ayuda (“asociaciones fraternales”) [4] por los barrios de la Capital Federal, y las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Mendoza.
Los actos multitudinarios en el estadio Luna Park rebosan y se repiten. Artistas y figuras populares participan en los comités de ayuda. Un pulso de ello puede sentirse en el informe del jefe regional de la Falange española en la Argentina, que escribe en 1938 que “mientras los nacionalistas cuentan apenas unos cuarenta mil españoles en toda la Argentina, sólo en Buenos Aires hay más de ochenta mil rojos desatados” [5].
La capacidad obrera y popular desborda iniciativas y logros
La solidaridad por el triunfo de la clase obrera española es tan extensa, que para mitad de 1938 el Correo Central se verá obligado a abrir un local más amplio, ya que las 2.000 encomiendas y fardos que salen para España superan hace rato los 200 bultos para los que están preparados.
Los bonos para alimentos se multiplican de organización en organización, sumando unas 400 entidades para su recaudación entre partidos políticos, sindicatos, ateneos y periódicos. Casi a diario, por la puerta del consulado español, suelen desfilar trabajadores entregando ropa de abrigo, dinero, mantas, calzado y medicamentos.
Para septiembre del 37 se envían casi 100 toneladas de carne, 11 de harina y decenas de bolsas de azúcar. Y el mes siguiente fletan un barco entero con víveres, que ayuda en Barcelona para la creación de un comedor diario de más de 200 personas. Lo mismo en Madrid, donde el ayuntamiento agradece en varias oportunidades la solidaridad argentina.
Para marzo de 1938, lanzan un plan sanitario para adquirir 140 ambulancias, con su instrumental completo, mesa de operaciones y sangre para 400 transfusiones. La idea parece imposible pero para junio se envían 9 y en noviembre 34.
La dirección de la CGT es obligada a participar más activamente. Y comienzan a moderar las voces revolucionarias y a esconder las banderas rojas de sus actos, acomodándose al lado de la tricolor republicana. Pero el apoyo obrero se ejecuta como una labor de retaguardia y logística para el triunfo de la lucha y la Revolución Española.
De ahí que el Comité Internacional que coordina la ayuda a la República Española en Paris informa en diciembre de 1937 que desde Argentina han llegado más de 17 millones de francos, destacando al país en el segundo lugar detrás de Suecia. El total de los aportes recibidos, donde sobresalen también Rusia y México (que ayudan de manera oficial), superará los 135 millones de franco [6].
Combatientes rojos, fascistas y frentepopulistas
Asimismo, cientos de combatientes argentinos formarán parte de las Brigadas Internacionales [7], que fortalecerán las trincheras y dejarán la vida con los milicianos que defienden Madrid.
Dos de esos militantes y cuadros destacados serán Hipólito Etchebéhère y su compañera Mika [8], que comandan desde el inicio la columna del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) madrileño que recupera el cuartel de La Montaña (un centro clave del levantamiento fascista en Madrid). Columna de 300 milicianos que desfilarán a los pocos días por la Gran Vía madrileña, con saludo marcial a las figuras de Lenin y Trotsky.
Hipólito caerá en el cerco de Sigüenza defendiendo las primeras posiciones durante varios días a la espera de refuerzos que nunca llegaron. El combate fue duro. Las tropas fascistas estaban mejor armadas. Sus últimas armas fueron los cartuchos de dinamita que con maestría manejaban los combatientes asturianos. Tras su muerte, con una mezcla de formas muy españolas, de respeto, dolor y sabiduría, una asamblea del POUM le pasa el mando a su compañera, Mika; que se transformará en una de las pocas mujeres con grado de oficial (capitana) en el ejercito “rojo” y republicano, en los primeros embates de los “nacionales”, ofensiva fascista que será detenida y fracasará en los próximos meses.
Pero también habrá argentinos destacados del lado fascista. Uno de ellos, oficial de la Falange, declarará con orgullo y perspectiva en la zona del País Vasco: “soy argentino, y me incorporé enseguida porque si se vence en España se habrá dado un golpe de gracia al marxismo [9]”.
Otro tanto ocurre con los que dudan, entre ellos varios dirigentes de FORJA, que se declaran ajenos a la guerra y la Revolución Española, coincidiendo (no sin sorpresa) en la “neutralidad” con las órdenes que impone Inglaterra que llevará adelante, sin muchas diferencias, el gobierno del “fraude patriótico” del Gral. Justo, Ortiz y toda la oligarquía argentina[10].
O bien los dirigentes del PS que ante la gravedad del conflicto y luego de mantener una actitud pacifista, impulsan colectas y organizaciones de ayuda, principalmente desde los sindicatos que influían junto con los sindicalistas, como la Unión Ferroviaria y La Fraternidad, o desde la Confederación de Empleados de Comercio, la Unión Tranviaria y la Unión de Obreros Municipales.
Avanzados los meses, la lucha y solidaridad obrera sigue creciendo. La CGT Independencia será una de las organizaciones obreras más dinámicas en organizar la solidaridad junto con otros sindicatos comunistas como la FONC, donde se destacará la Federación de Organizaciones de Ayuda a la República Española (FOARE), dirigida por los comunistas.
Lamentablemente su actividad estará orientada (y se limitará), según la táctica asumida por la Internacional Comunista en España que prioriza la lucha antifascista por sobre la lucha de clases bajo el lema de “primero ganar la guerra”, a aliarse con la burguesía “democrática y republicana” para derrotar a Franco.
Emblema de la orientación “frentepopulista” que en la Argentina recibirá las críticas de los grupos trotskistas, que serán rechazados y perseguidos con calumnias y provocaciones por parte de los stalinistas argentinos [11]
Al respecto, un punto destacado y vergonzante lo dará el dirigente comunista argentino, Victorio Codovilla, que cumplirá un rol destacado al servicio del stalinismo participando en las conspiraciones y la represión contra anarquistas y trotskistas en España, junto a los agentes stalinistas de la GPU.
A través de ellos dará comienzo la contrarrevolución stalinista en España, que se ocupará de reprimir las organizaciones obreras como la CNT (anarquista) y al POUM [12]. Ambas organizaciones, al calor de la guerra, desarrollarán tendencias por izquierda que empalmarán (de forma tardía) con la línea que impulsa desde el inicio León Trotsky [13], que sostiene que la mejor política para ganar la guerra en España es avanzar sobre los medios de producción y posesiones burgueses, y decirle a “los campesinos, las tierras son suyas, y a los obreros, las fábricas son suyas”; encarando de esta manera a fondo la guerra civil y la revolución.
Una orientación política que la dirección anarquista de la FAI-CNT no extenderá ni profundizará. Tal vez por eso, como dice Trotsky, tanto más honor y gloria al proletariado español, que dejará grabada para adelante la capacidad revolucionaria de la gestión obrera en industrias como la metalúrgica, la química y la siderurgia (entre otras), junto a la colectivización de tierras y campos, que le expropiarán a la Iglesia y a la burguesía española; conquistas todas que las tropas estalinistas se ocuparán de aniquilar en 1937 y la dirección de la CNT no sabrá defender.
A no olvidar
Como reflexionó el militante trotskista Jean Rous años más tarde, la orientación de Trotsky permitía que “cada obrero constatara, prácticamente, cara a cara con la realidad, que le era imposible vencer al fascismo y cumplir las tareas democráticas, de otra manera que no sea por los métodos de la revolución socialista, expropiando al expropiador y construyendo el aparato del estado obrero” [14].
Tal vez por ese potencial Codovilla no olvidará jamás esa “rica experiencia española” (como la llama) y repetirá su lealtad al stalinismo cuando vuelva asumir años más tarde en el PC argentino. Poniendo en práctica las políticas de conciliación de clases y frentepopulistas junto a la Unión Democrática en 1946.
En cambio, los “fascistas criollos” sobresaltados van a festejar no sin problemas. Organizan con toda pompa una fiesta en la Av. de Mayo, que ni logran empezar porque los cocineros y los mozos exigen que retiren los emblemas nazis y fascistas, cosa que no hacen, y se les atraganta el festejo y se quedan sin almuerzo.
Con todo, la Revolución Española será una de las más grandes gestas de la clase obrera mundial, que bien pueden compararse con la Comuna de París de 1871 y la Revolución Rusa de 1917. Por eso, la derrota es una derrota profunda y una gran desgracia para la revolución; esa “última advertencia”, que definiera Trotsky.
Por eso también la entrada triunfante del gral. Franco en Barcelona y Madrid será la orden que esperaban los tanques nazis en la frontera alemana para invadir Polonia y dar inicio a la Segunda Guerra Mundial imperialista.
Notas:
1. Desde los diarios La Nación y La Prensa, la huelga de los obreros de la construcción de enero de 1936 les recuerda la huelga general y “los soviets” de la Semana Trágica de 1919. Estos procesos y los que se desarrollan en los años 30 en la Argentina son analizados en el libro sobre Historia del movimiento obrero argentino que será publicado próximamente por Ediciones IPS-CEIP.
2. La CGT para 1936 estaba dividida en dos, y recibía su nombre acorde a las calles donde estaban sus sedes. Por un lado la CGT Catamarca, bajo dirección de los sindicalistas; y la CGT Independencia, con peso de socialistas y comunistas.
3. Ernesto Goldar, Los argentinos y la guerra civil española, Ed. Contrapunto (1986).
4. Idem 3.
5. Carta de Juan Antonio Martín Cotano (jefe regional de Falange Española y director de la revista mensual española Amanecer) a Joaquín R. de Cortázar (jefe del servicio de intercambio de la Delegación Nacional de Relaciones Exteriores).
6. Ernesto Goldar, op. cit.
7. Graciela Mochkofsky, Tío Boris, un héroe olvidado de la guerra civil española.
8. Mika Etchebéhère , Mi guerra de España. Ed. Eudeba.
9. Ernesto Goldar, op. cit.
10. Arturo Jauretche, uno de los principales líderes de FORJA, prohibió hablar del conflicto español en la organización, bajo la consigna de “evitar que todo el pueblo se embarcara en polémicas ajenas a la problemática nacional”, porque “los enemigos estaban aquí, no en España” y la lucha debía librarse en la Argentina.
11. En uno de los órganos del PC decían en esos días: “El trotskismo es la careta con que se encubren los provocadores para sembrar en las organizaciones populares la calumnia y la división. En el movimiento de ayuda a España han logrado penetrar algunos de estos emboscados. ¡Hay que desenmascararlos y ponerlos fuera sin piedad!”. Orientación, 17 de noviembre de 1938, citado en Montenegro, Silvina, op.cit., p. 157.
12. Para profundizar en la caracterización del POUM, recomendamos ver los escritos de León Trotsky, en La victoria era posible, de Ediciones IPS-CEIP (2014).
13. León Trotsky, op. cit., "Escritos sobre la Revolución Española".
14. En León Trotsky, op. cit., Jean Rous, “La revolución asesinada”.
Página original: http://www.laizquierdadiario.com/El-impacto-de-la-Revolucion-espanola-en-la-Argentina
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lunes, 13 de marzo de 2017
viernes, 30 de enero de 2015
Mika Etchebéhère, una revolucionaria al mando de milicianos
El mando que ejerció durante la Guerra Civil española en el Ejército republicano no fue la única experiencia destacable de la vida apasionante de Mika Etchebéhère. El colectivo Cambalache acaba de reeditar Mi guerra en España. Testimonio de una miliciana al mando de una columna del POUM, un libro escrito por ella y publicado en España en 2003 por Alikornio.
Amaya Caunedo / Historiadora.
Publicado en diciembre 24, 2014 por Redacción
Moisés Ville (traducción al francés de Kiriat Moshé, “Pueblo de Moisés”) fue la primera colonia judía agrícola independiente de la República Argentina, fundada en 1889. Entre las familias que llegaban de la Rusia zarista está la de Micaela Feldman (más conocida como Mika Etchebéhère, cambió la letra “c” por la “k” de su nombre cuando llegó a Europa, adoptando el apellido de su marido Hipólito Etchebéhère). Nació en Moisés Ville el 14 de marzo de 1902. Su padre enseñaba yiddish en la colonia. Los pogromos del viejo continente hicieron que una parte importante de la clase trabajadora asquenazí emigrara a distintos lugares del continente americano durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.
Muchas de estas personas habían tenido contacto con grupos anarquistas y con socialistas, extendiendo por este continente organizaciones como el llamado BUND (literalmente “Unión” en yiddish, que llegó a tener una de las organizaciones de desempleados mayores de todo el continente, declarándose siempre anti-sionistas). Prueba de la conciencia de clase de esta población serán numerosas huelgas, levantamientos… Por citar dos ejemplos no muy conocidos en Europa: en “El levantamiento de las 20.000”, huelga de obreras textiles de Nueva York (22-XI-1909 al 10-II-1910), de cuya lucha surgiría parte del mito de los orígenes de la celebración del 8 de marzo, muchas de “las 20.000” eran obreras asquenazíes. Y lo mismo en Argentina, en una huelga que desembocó en la Semana Trágica de enero de 1919, duramente reprimida por el ejército, rompe-huelgas y nacionalistas argentinos (tal y como harían los somatenes españoles durante las dictaduras de Primo de Rivera y Franco). En el Buenos Aires de entonces, se asimilaba “la rusada” con la población judía, y con todos los sucesos revolucionarios del país.
Un matador de indios
Siendo una niña su familia se muda a Rosario, Santa Fe. Allí su padre abre un pequeño restaurante. A los 14 años, mientras asiste al colegio nacional, forma parte de un grupo anarquista. Poco después, junto a algunas militantes libertarias, fundará la agrupación femenina “Luisa Michel”.
En 1920 Mica se muda a Buenos Aires para estudiar odontología. Allí formará parte del grupo Insurrexit, junto al que será su compañero hasta la muerte de éste en combate en la Guerra Civil española. Desde las páginas de su publicación tratan de informar de los conflictos estudiantiles, intentando promover la unidad de trabajadores y estudiantes. Analiza los cambios sociales en la URSS, la literatura social, así como el análisis de la situación social y política en Argentina. El grupo se definía como “comunista anti-parlamentario”.
Mica Feldman publica un artículo en el número 4 de Insurrexit, en el que fija su posición respecto a la política sufragista, criticándola por dos aspectos. En primer lugar porque afirma (como todas las feministas socialistas de la época) que la revolución social es imprescindible para lograr la emancipación de la mujer y en segundo porque aseveraba que el voto y el parlamento no lograrían la emancipación pregonada por las sufragistas.
En 1924 algunos de los insurrexistas (entre ellos Mica e Hipólito) se afilian al Partido Comunista argentino. Al poco tiempo surgirán las disputas internas y los dos participarán en la fracción izquierdista Partido Comunista Obrero, surgida en enero de 1926, tras el polémico VII Congreso del PCA (diciembre de 1925). Debido a discrepancias políticas ambos fueron expulsados del PCA.
Parten a la Patagonia para ahorrar dinero y viajar a Europa en busca de la revolución. De esta época nos habla Mica: “(…) el inmenso lago Futalaufquen (…). Podíamos haber vivido en sus orillas (…). Fue la tentación más fuerte de toda nuestra vida. (…) nos habíamos impuesto otro destino: el de luchar por la revolución”. En la Patagonia recogieron testimonios de primera mano sobre las matanzas de obreros e indios perpetradas a órdenes de familias como la Braun Menéndez: “Atendimos en el consultorio a un escocés muy viejo, matador de indios profesional a sueldo de Menéndez”.
Francia y ¿la revolución en Alemania?
Llegan a París en 1931 y siguen militando en grupos de oposición de izquierda sin abandonar el ideario comunista. En octubre de 1932 marchan a Alemania, en busca del país más preparado para la revolución. Se afilian al Partido Comunista Alemán. También formarán parte del grupo de oposición de izquierdas llamado “Grupo de Wedding”. Allí conocerán a Kurt y Katia Landau, quienes, aunque partícipes junto a Trotski de los orígenes de la Oposición Comunista Internacional de Izquierdas, en 1931 se enfrentarán a él, debido a la postura de la pareja, contraria a la fundación de la IV Internacional. Colaborarán luego como propagandistas contra trotskistas y estalinistas en el POUM, partido con el que participarán en la Guerra Civil española hasta el asesinato de Kurt por agentes de la NKVD en septiembre de 1937.
Mika e Hipólito abandonarán Alemania en mayo de 1933, derrotados moralmente tras haber observado el ascenso del nazismo. Impotentes tras observar cómo un partido comunista con 6 millones de votos se mantenía en posiciones contrarias a formar una alianza de izquierdas que frenara el ascenso nazi, tildando a los obreros socialdemócratas de “socialfascistas”.
Vuelven a París y, junto a los Landau, los Rosmer y otros, fundan la revista Que faire?, cuyo primer número aparecerá en diciembre de 1934 y se interrumpirá con la II Guerra Mundial.
La Guerra Civil española
En la primavera de 1936 los Etchebéhère llegan a España. Mika recuerda: “Habíamos hecho proyectos de amor y de vacaciones. Las del verano de 1936 debían transcurrir en Asturias para visitar los lugares donde los mineros habían combatido en 1934, y recoger material para el libro que queríamos escribir”.
El relato de Mika sobre su participación en la Guerra Civil española, al frente de una columna del POUM, se interrumpe tras la caída de Málaga en febrero de 1937. ¿Qué le pasó hasta 1939? ¿Por qué interrumpe su relato en ese momento? ¿Por qué no cuenta nada sobre su persecución política a manos de estalinistas españoles y agentes soviéticos?
A lo largo del libro nos explica por qué se alistaron voluntarios, la convicción profunda en la abolición del sistema capitalista, rayando en la fe propia de todas las mártires y heroínas, fe laica, pero fe al fin. Ella les llevó a mudarse de país en país, rechazando cualquier otra orientación para su vida, como por ejemplo la de tener descendencia: “No, (…). Lo habíamos decidido con mi marido para no tener ataduras que impiden cumplir el deber de revolucionario. Hay hijos de sobra en el mundo”. E hizo que ella siguiera luchando después de la muerte en combate de Hipólito en agosto de 1936.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es el de su condición de mujer y capitana en un ámbito claramente masculino. La obra de Mary Nash Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil apunta que las mujeres fueron una minoría en las milicias republicanas y la mayoría de las voluntarias se dedicaron a tareas ligadas al mundo de “los cuidados” (limpieza, cocina, etc.), históricamente unidas en el patriarcado a las mujeres.
Sin embargo Mika señala que en la columna a su mando esas obligaciones se repartían entre todos por igual. Famosa es la cita que hace de las palabras de una miliciana comunista de la columna Pasionaria (enemigos políticos de Mika), que solicita entrar a formar parte de la columna del POUM, ante la sugerencia de que tal vez pueda quedarse a barrer y guisar. Manuela (miliciana del PCE) afirma: “Eso sí que no. He oído decir que en vuestra columna las milicianas tenían los mismos derechos que los hombres, que no lavaban ropa ni platos. Yo no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”.
A lo largo del relato abundan las referencias a la compleja relación establecida con sus compañeros de columna, que la respetan como mujer y capitana. En su labor de “intendencia” llega a conseguir jarabe para la tos y a pasarse el día por las trincheras de Madrid con el jarabe y la cuchara repartiendo entre los milicianos enfermos de su columna.
¿Pero qué ocurre cuando una mujer heterosexual está rodeada de hombres, algunos atractivos para ella? Su actitud está siempre ligada a las reflexiones que ella misma hace sobre el tema: “Luego soy para ellos una mujer, su mujer, excepcional, pura y dura, a la cual se le perdona su sexo en la media en que no se sirve de él, a la que admiran tanto por su valentía como por su castidad, por su conducta. ¿Puedo correr el riesgo de faltar a ese compromiso tácito, tener un amante y que ellos lo sepan, portarme como un hombre y conservar al mismo tiempo su respeto y la admiración que me manifiestan a la hora de la verdad? La respuesta es ‘quizá’, si yo fuese capaz de mandarlos pistola en mano, infundirles temor, si me portara como un hombre de guerra, más hombre que todos ellos en la mala acepción del término. Pues bien, no, no quiero, sigo siendo la que soy, austera y casta como ellos me quieren, mujer o un ser híbrido, no tiene importancia. Lo que cuenta es servir en esta revolución con el máximo de eficacia y que se vaya a la mierda el pequeño tirón de la carne”.
Regreso a Argentina y Francia
En 1939 Mika pasa varios meses escondida en un liceo francés de Madrid, de donde sale gracias a las presiones que sus camaradas franceses hicieron al Ministerio de Asuntos Extranjeros. Tras pasar por París, vuelve a Buenos Aires. Escribe artículos en distintos periódicos sobre la guerra europea, la situación en Argentina y su primer relato de la Guerra Civil (acerca de uno de los niños-milicianos de su columna).
En 1943 llega el golpe militar y la irrupción del peronismo. Mika contempló cómo el movimiento anti-fascista se alejó de las luchas internacionalistas, para caer en el nacionalismo.
Ante esta situación Mika vuelve a Francia en 1946. Se encuentra con viejas amistades y camaradas, entre otros con sus grandes amigos Marguerite y Alfred Rosmer. Mika trabaja como traductora y vive en París. Junto a sus camaradas constituye el “Circulo de Zimmerwald”.
En mayo de 1968 Mika, con 66 años, ayuda a levantar barricadas. En 1978 participa en la “ciudad de la luz” en las marchas contra la dictadura militar argentina. Falleció en 7 de julio de 1992.
PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 34, SEPTIEMBRE DE 2014
Link publicación original: http://www.atlanticaxxii.com/3255/mika-etchebehere-una-revolucionaria-al-mando-de-milicianos
domingo, 28 de septiembre de 2014
Hipólito Etchebéhère, jefe militar del POUM
Escrito por Mika Etchebéhère
(Kaos en la Red - 09 de septiembre de 2009)
Este artículo firmado con su nombre de soltera por Mika Feldman apareció publicado en el órgano del POUM, “La Batalla” n° 153, año 1965, y está reproducido en la Web de la Fundación Andreu Nin. En estos días, Mika Etchebéhère es noticia...
Para volver a pegar los trozos de su corazón, que quebró en seco la bala de Atienza ese 16 de agosto de 1936, busqué sus cuadernos. Miré su letra enhiesta como su voluntad, clara como su mirada. Hay un sumario del libro que pensábamos escribir sobre la derrota de la clase obrera alemana en 1933; páginas y más páginas con los testimonios que recogimos en 1928, en el terreno mismo de los sucesos, acerca de la huelga de los obreros ganaderos de Santa Cruz, en la Patagonia argentina; notas de lectura, apuntes para artículos.
En España, me dice en una carta fechada el 27 de mayo de 1936: "El espíritu político ha prendido de manera vivísima. Más aún que en Alemania. Hasta los niños hacen política. Jeanne Buñuel me ha contado que estando ella en el parque con su niñito se le acercó una pequeña pandilla de chicos que jugaban allí cerca y le preguntaron (debido sin duda a que llevaba un pañuelo rojo al cuello): "Es usted también UHP ,¿no es verdad, camarada?", -"Sí". "¿y el chavalín también?" (tiene año y medio, creo). -"Sí". Entonces se hicieron mutuamente el saludo con el puño en alto: -"Salud, camarada". ..
De los 36 años que tenía Hipólito Etchebéhère cuando cayó en Atienza, 17 estuvieron totalmente dedicados a esa lucha revolucionaria que se le metió en el corazón un día de enero de 1919, cuando desde el balcón de su casa vio a la policía montada arrastrar atados a sus caballos a judíos de barba blanca sacados del "gheto" de Buenos Aires.
A los judíos se les llamaba todavía por entonces rusos. Ser ruso era ser bolchevique, responsable de la lucha que llevaban los obreros de vasena en una huelga que por su magnitud y firmeza hacía temblar a la burguesía.
En esa "semana trágica" de enero que quedó en los anales de la represión argentina como un hito sangriento, Hipólito Etchebéhère entró en la revolución como otros entran en una orden religiosa, por siempre, hasta el último latido de su corazón, con un odio lúcido y razonado, alerta siempre, afilado cada día, tenso como la cuerda de un arco listo para disparar contra ese orden social absurdo, asesino, rapaz.
Sus primeros pasos de militante fueron anarquistas. En lo días que siguieron ala "semana trágica" escribió afiebradamente un folleto titulado "Escucha la verdad", y lo fue repartiendo a los policías que hacían guardia en las calles. Pocas horas después estaba en la cárcel por delito contra la seguridad del Estado.Por ser hijo de una familia bien considerada y estudiante universitario, no lo enviaron al siniestro presidio de Ushuaia, en el extremo sur argentino.
Cuando salió en libertad abandonó la casa paterna para no comprometer más a los suyos y con un puñado de estudiantes formó el grupo universitario Insurrexit, núcleo tan ardiente, tan combativo, que en dos años de existencia marcó a toda una generación, no sólo argentina, sino de toda Sudamérica.
El marxismo y la revolución rusa lo llevaron a las filas del partido Comunista. Por su inteligencia y su temple se destacó enseguida. Orador apasionado, conocedor como ninguno de los jefes del Partido Comunista del marxismo y el leninismo, el comité central hizo cuanto pudo por ganarlo a sus puntos de vista.
Cuando empezó en Rusia la lucha contra Trotski, Etchebéhère, fervoroso admirador del jefe del Ejército Rojo, abrazó su causa. Y era tal su dimensión revolucionaria, tan íntegra su conducta, tan entregada su vida de militante, que al ser expulsado del partido lo fue únicamente por trotskista, labor fraccionalista y antibolchevique.
Su salud delicada -una tuberculosis incipiente- muy quebrantada por los años de privaciones y actividad desmedida, exigía una temporada de reposo, que él aprovechó para intensificar sus estudios marxistas. ..y militares. En sus cuadernos aparecen constantemente rastros de esta preocupación militar: una serie de dibujos pequeñitos ilustrando el despliegue en guerrilla, descripción comentada de una ametralladora aérea, plan de un cursillo abreviado para oficiales, etc.
Vinieron luego nuestros años patagónicos, la mayor tentación de nuestras vidas para quedarnos en esas tierras bravías, solitarias, barridas por los vientos en la costa, remansadas en los paisajes de la pre-cordillera y la cordillera de los Andes. Eran esas tierras por entonces todavía tierras de aventura, con la fortuna fácil al cabo de tres o cuatro años de trabajo, y una existencia ancha, sin trabas ciudadanas, junto a seres que parecían salidos de los libros de Jack London.
Tentación digo, y muy grande, pero los votos pronunciados en la extrema juventud nos la vedaban, y con los pesos ganados en una temporada de intenso trabajo marchamos a Europa en busca de la lucha que parecía más próxima en esos países de sólidas organizaciones obreras.
Desembarcamos en España dos meses después de proclamada la República. Nos calentamos el corazón al fuego de aquellas manifestaciones tumultuosas que reclamaban la separación de la Iglesia y el Estado, comprobamos que la guardia de asalto republicana ya sabía dar palos como cualquier policía veterana, aprendimos a querer al pueblo español y emprendimos viaje a Francia.
En París, libres de preocupaciones materiales, dedicamos todo nuestro tiempo a estudiar economía política, sociología y cuanto nos parecía necesario para completar nuestra formación de militantes revolucionarios.
En octubre d e 1932, seguros de hallar en Alemania una tierra abonada para la lucha decisiva, llegamos a Berlín. Para perfeccionar el idioma y acercarnos a los obreros nos inscribimos en la Escuela Marxista del Partido Comunista, que era también una escuela a secas con clases para adultos, y que fue para nosotros la escuela donde aprendimos a juzgar la política paralizadora, nefasta, de la Internacional Comunista, fielmente ejecutada por los jefes del PC alemán.
Los militantes repetían como autómatas la burda interpretación del nacional-socialismo que difundía la Internacional Comunista; trataban a los obreros social-demócratas de social-fascistas, pero eso sí, desfilaban en manifestaciones tan densas, tan disciplinadas, tan evocadoras de un verdadero ejército revolucionario por las escuadras de combate que marchaban a su frente, que estremecían a la burguesía.
Sabíamos que el Partido Comunista tenía armas, que los barrios rojos estaban organizados por bloques de casas para la lucha: asistimos en las elecciones de 1932 a la pérdida de un millón de votos sufrida por los nazis; pero asistimos también, cuando Hitler subió al poder, al tremendo desconcierto, a la pasividad que había engendrado la política criminal de la IC.
Y la batalla revolucionaria no se dio en Alemania. Los escasos conatos aislados de resistencia fueron chispazos de cólera desesperada que no alcanzaron a propagar el fuego.
Ya no servía de nada quedarse en Alemania. Regresamos a París a comienzos de junio de 1933. Bajo el seudónimo de Juan Rústico, Etchebéhère relató en dos artículos publicados por la revista francesa Masses la tragedia del proletariado alemán.
Y nos pusimos a esperar de nuevo, no de brazos cruzados. Con el compañero Kurt Landau, el magnífico militante revolucionario austriaco asesinado por los estalinistas en Barcelona, empezamos la lenta tarea de reanudar los contactos con el grupo de oposición comunista llamado de Weding, que había dirigido Landau en Berlín.
Cuando estalló la lucha de los mineros asturianos preparamos nuestros pasaportes, decididos a marchar a España. La represión sangrienta del movimiento cortó nuestro impulso. Etchebéhère escribió sobre los sucesos de Astucias unas páginas magníficas, que desgraciadamente se perdieron en Barcelona cuando el estalinismo saqueó las oficinas del POUM.
Fundador con el compañero Landau y otros militantes extranjeros y franceses de la revista Que faire, Etchebéhère seguía viviendo, pese a los altibajos de su quebrantada salud, únicamente para su misión revolucionaria.
Porque el clima de Madrid era mejor para él que el clima de parís, y porque en España estaba subiendo la marea de la lucha proletaria, a comienzos de mayo de 1936 Etchebéhère llegó a Madrid. Yo me reuní con él dos meses después, el 12 de julio. No habíamos terminado de contarnos nuestra ausencia cuando estalló el movimiento y desapareció el pasado y nació una esperanza.
En la tarde del 18 de julio empezó nuestro andar en busca de armas y de alistamiento, de un sindicato de la UGT a otro de la CNT, entre grupos de jóvenes casi niños y hombres casi ancianos, entre rumores y discursos, entre canciones y consignas, mezclados a la marea que subía de todos los barrios y se echaba en oleadas sobre la Puerta del Sol.
A todos nos temblaban las manos ansiosas de un arma. Nadie preguntaba a nadie a qué partido pertenecía. La voluntad de luchar había roto las barreras que ayer todavía separaban a los trabajadores. Los que aún marchábamos con las manos vacías, mirábamos con ojos de mendigo a quienes ya llevaban un fusil, una escopeta, una pistola, un cinturón de cartuchos.
-Dicen que dan armas en la calle de La Flor, o en Cuatro Caminos, o en los locales de las JSU o en la UGT...
-Con los pies hinchados de tanto caminar, los ojos ardidos de no dormir, el corazón apretado de tanto ansiar vimos disolverse en la noche ese 18 de julio y nacer el alba del 19. El 20 ya teníamos destino entre los compañeros del POUM, la organización política que estaba más cerca de nuestro grupo de oposición. Ya pertenecíamos a una formación de combate: la columna motorizada del POUM. Hipólito Etchebéhere era su jefe.
A su mando salimos por primera vez el 21 de julio, montados en tres coches de turismo y dos camiones, armados con treinta fusiles y una ametralladora sin trípode que quedaba muy bonita en lo alto de un camión. Íbamos en busca de la columna de Mola que, según se decía, marchaba sobre Madrid. Felizmente no lo encontramos.
Al día siguiente, incorporados a la columna que mandaba el capitán Martínez Vicente, tomamos un tren que resultó ir solamente a Guadalajara y no a Zaragoza como creían los milicianos. Durante el largo viaje se nos sumaron algunos hombres de otras organizaciones, entre ellos el maravilloso Emilio García, solo nombre que recuerdo.
De Guadalajara pasamos a Sigüenza. La columna del POUM ya había ganado laureles de guerra por haber combatido contra las fuerzas fascistas que se disponían a atacar Sigüenza, causándoles muchas bajas. El ascendiente de Etchebéhère sobre sus hombres y sobre muchos otros de los que componían la guarnición de la zona crecía rápidamente. Era un jefe vestido con un mono roto en los codos y en las rodillas. Sus ojos eran cada vez más luminosos como si llevase por dentro una antorcha encendida. Una tarde le escuché al viejo Quintín decir "El jefe tiene como un sol en la frente".
La hora del gran combate había llegado. La Revolución estaba por fin al alcance de sus manos ávidas. Ya no se trataba más de lecturas, de tesis teóricas: ahora tocaba luchar con las armas por lo que había elegido a la edad de 19 años. y luchó 29 días dichosos, alegre de exponer su vida a cada rato, burló o serio cuando yo le pedía que no se hiciese matar antes de lo necesario.
-"Aquí, el que manda no debe agacharse cuando silban las balas, me respondía. Ya sabes que el valor físico es la cualidad máxima en España. Para que los demás avancen, el jefe tiene el deber de marchar el primero, aunque sepa que puede morir".
Le vi por última vez en ese amanecer que era casi noche todavía del 16 de agosto, cuando nos acercamos a Atienza. Cumpliendo sus órdenes yo no iba con él, sino con el médico, para organizar en la retaguardia un puesto de primeros auxilios.
Las primeras luces del día nos trajeron hasta los ojos el peñón bravío de ese castillo de Atienza que había que tomar a toda costa, a golpes de granadas que habrían de lanzar los guerrilleros del POUM cuidadosamente adiestrados por Hipólito Etchebéhère. Él los guiaba entre las ráfagas de ametralladora que volaban del castillo. Una bala lo quebró como se quiebra un árbol herido por el rayo. "¿Sabes -me dijo la Abisinia tendiéndome un pañuelo tinto en sangre-, sonreía, no parecía muerto. Guarda este pañuelo; es su sangre, yo le limpié los labios. La bala le partió el corazón; te digo que no sufrió".
Tenía al fin el corazón en paz, callado para siempre.
Fuente: http://kaosenlared.net/america-latina/30166-hip%C3%B3lito-etcheb%C3%A9h%C3%A8re-jefe-militar-del-poum.html
(Kaos en la Red - 09 de septiembre de 2009)
Este artículo firmado con su nombre de soltera por Mika Feldman apareció publicado en el órgano del POUM, “La Batalla” n° 153, año 1965, y está reproducido en la Web de la Fundación Andreu Nin. En estos días, Mika Etchebéhère es noticia...
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| Hipólito Etchebéhère |
En España, me dice en una carta fechada el 27 de mayo de 1936: "El espíritu político ha prendido de manera vivísima. Más aún que en Alemania. Hasta los niños hacen política. Jeanne Buñuel me ha contado que estando ella en el parque con su niñito se le acercó una pequeña pandilla de chicos que jugaban allí cerca y le preguntaron (debido sin duda a que llevaba un pañuelo rojo al cuello): "Es usted también UHP ,¿no es verdad, camarada?", -"Sí". "¿y el chavalín también?" (tiene año y medio, creo). -"Sí". Entonces se hicieron mutuamente el saludo con el puño en alto: -"Salud, camarada". ..
De los 36 años que tenía Hipólito Etchebéhère cuando cayó en Atienza, 17 estuvieron totalmente dedicados a esa lucha revolucionaria que se le metió en el corazón un día de enero de 1919, cuando desde el balcón de su casa vio a la policía montada arrastrar atados a sus caballos a judíos de barba blanca sacados del "gheto" de Buenos Aires.
A los judíos se les llamaba todavía por entonces rusos. Ser ruso era ser bolchevique, responsable de la lucha que llevaban los obreros de vasena en una huelga que por su magnitud y firmeza hacía temblar a la burguesía.
En esa "semana trágica" de enero que quedó en los anales de la represión argentina como un hito sangriento, Hipólito Etchebéhère entró en la revolución como otros entran en una orden religiosa, por siempre, hasta el último latido de su corazón, con un odio lúcido y razonado, alerta siempre, afilado cada día, tenso como la cuerda de un arco listo para disparar contra ese orden social absurdo, asesino, rapaz.
Sus primeros pasos de militante fueron anarquistas. En lo días que siguieron ala "semana trágica" escribió afiebradamente un folleto titulado "Escucha la verdad", y lo fue repartiendo a los policías que hacían guardia en las calles. Pocas horas después estaba en la cárcel por delito contra la seguridad del Estado.Por ser hijo de una familia bien considerada y estudiante universitario, no lo enviaron al siniestro presidio de Ushuaia, en el extremo sur argentino.
Cuando salió en libertad abandonó la casa paterna para no comprometer más a los suyos y con un puñado de estudiantes formó el grupo universitario Insurrexit, núcleo tan ardiente, tan combativo, que en dos años de existencia marcó a toda una generación, no sólo argentina, sino de toda Sudamérica.
El marxismo y la revolución rusa lo llevaron a las filas del partido Comunista. Por su inteligencia y su temple se destacó enseguida. Orador apasionado, conocedor como ninguno de los jefes del Partido Comunista del marxismo y el leninismo, el comité central hizo cuanto pudo por ganarlo a sus puntos de vista.
Cuando empezó en Rusia la lucha contra Trotski, Etchebéhère, fervoroso admirador del jefe del Ejército Rojo, abrazó su causa. Y era tal su dimensión revolucionaria, tan íntegra su conducta, tan entregada su vida de militante, que al ser expulsado del partido lo fue únicamente por trotskista, labor fraccionalista y antibolchevique.
Su salud delicada -una tuberculosis incipiente- muy quebrantada por los años de privaciones y actividad desmedida, exigía una temporada de reposo, que él aprovechó para intensificar sus estudios marxistas. ..y militares. En sus cuadernos aparecen constantemente rastros de esta preocupación militar: una serie de dibujos pequeñitos ilustrando el despliegue en guerrilla, descripción comentada de una ametralladora aérea, plan de un cursillo abreviado para oficiales, etc.
Vinieron luego nuestros años patagónicos, la mayor tentación de nuestras vidas para quedarnos en esas tierras bravías, solitarias, barridas por los vientos en la costa, remansadas en los paisajes de la pre-cordillera y la cordillera de los Andes. Eran esas tierras por entonces todavía tierras de aventura, con la fortuna fácil al cabo de tres o cuatro años de trabajo, y una existencia ancha, sin trabas ciudadanas, junto a seres que parecían salidos de los libros de Jack London.
Tentación digo, y muy grande, pero los votos pronunciados en la extrema juventud nos la vedaban, y con los pesos ganados en una temporada de intenso trabajo marchamos a Europa en busca de la lucha que parecía más próxima en esos países de sólidas organizaciones obreras.
Desembarcamos en España dos meses después de proclamada la República. Nos calentamos el corazón al fuego de aquellas manifestaciones tumultuosas que reclamaban la separación de la Iglesia y el Estado, comprobamos que la guardia de asalto republicana ya sabía dar palos como cualquier policía veterana, aprendimos a querer al pueblo español y emprendimos viaje a Francia.
En París, libres de preocupaciones materiales, dedicamos todo nuestro tiempo a estudiar economía política, sociología y cuanto nos parecía necesario para completar nuestra formación de militantes revolucionarios.
En octubre d e 1932, seguros de hallar en Alemania una tierra abonada para la lucha decisiva, llegamos a Berlín. Para perfeccionar el idioma y acercarnos a los obreros nos inscribimos en la Escuela Marxista del Partido Comunista, que era también una escuela a secas con clases para adultos, y que fue para nosotros la escuela donde aprendimos a juzgar la política paralizadora, nefasta, de la Internacional Comunista, fielmente ejecutada por los jefes del PC alemán.
Los militantes repetían como autómatas la burda interpretación del nacional-socialismo que difundía la Internacional Comunista; trataban a los obreros social-demócratas de social-fascistas, pero eso sí, desfilaban en manifestaciones tan densas, tan disciplinadas, tan evocadoras de un verdadero ejército revolucionario por las escuadras de combate que marchaban a su frente, que estremecían a la burguesía.
Sabíamos que el Partido Comunista tenía armas, que los barrios rojos estaban organizados por bloques de casas para la lucha: asistimos en las elecciones de 1932 a la pérdida de un millón de votos sufrida por los nazis; pero asistimos también, cuando Hitler subió al poder, al tremendo desconcierto, a la pasividad que había engendrado la política criminal de la IC.
Y la batalla revolucionaria no se dio en Alemania. Los escasos conatos aislados de resistencia fueron chispazos de cólera desesperada que no alcanzaron a propagar el fuego.
Ya no servía de nada quedarse en Alemania. Regresamos a París a comienzos de junio de 1933. Bajo el seudónimo de Juan Rústico, Etchebéhère relató en dos artículos publicados por la revista francesa Masses la tragedia del proletariado alemán.
Y nos pusimos a esperar de nuevo, no de brazos cruzados. Con el compañero Kurt Landau, el magnífico militante revolucionario austriaco asesinado por los estalinistas en Barcelona, empezamos la lenta tarea de reanudar los contactos con el grupo de oposición comunista llamado de Weding, que había dirigido Landau en Berlín.
Cuando estalló la lucha de los mineros asturianos preparamos nuestros pasaportes, decididos a marchar a España. La represión sangrienta del movimiento cortó nuestro impulso. Etchebéhère escribió sobre los sucesos de Astucias unas páginas magníficas, que desgraciadamente se perdieron en Barcelona cuando el estalinismo saqueó las oficinas del POUM.
Fundador con el compañero Landau y otros militantes extranjeros y franceses de la revista Que faire, Etchebéhère seguía viviendo, pese a los altibajos de su quebrantada salud, únicamente para su misión revolucionaria.
Porque el clima de Madrid era mejor para él que el clima de parís, y porque en España estaba subiendo la marea de la lucha proletaria, a comienzos de mayo de 1936 Etchebéhère llegó a Madrid. Yo me reuní con él dos meses después, el 12 de julio. No habíamos terminado de contarnos nuestra ausencia cuando estalló el movimiento y desapareció el pasado y nació una esperanza.
En la tarde del 18 de julio empezó nuestro andar en busca de armas y de alistamiento, de un sindicato de la UGT a otro de la CNT, entre grupos de jóvenes casi niños y hombres casi ancianos, entre rumores y discursos, entre canciones y consignas, mezclados a la marea que subía de todos los barrios y se echaba en oleadas sobre la Puerta del Sol.
A todos nos temblaban las manos ansiosas de un arma. Nadie preguntaba a nadie a qué partido pertenecía. La voluntad de luchar había roto las barreras que ayer todavía separaban a los trabajadores. Los que aún marchábamos con las manos vacías, mirábamos con ojos de mendigo a quienes ya llevaban un fusil, una escopeta, una pistola, un cinturón de cartuchos.
-Dicen que dan armas en la calle de La Flor, o en Cuatro Caminos, o en los locales de las JSU o en la UGT...
-Con los pies hinchados de tanto caminar, los ojos ardidos de no dormir, el corazón apretado de tanto ansiar vimos disolverse en la noche ese 18 de julio y nacer el alba del 19. El 20 ya teníamos destino entre los compañeros del POUM, la organización política que estaba más cerca de nuestro grupo de oposición. Ya pertenecíamos a una formación de combate: la columna motorizada del POUM. Hipólito Etchebéhere era su jefe.
A su mando salimos por primera vez el 21 de julio, montados en tres coches de turismo y dos camiones, armados con treinta fusiles y una ametralladora sin trípode que quedaba muy bonita en lo alto de un camión. Íbamos en busca de la columna de Mola que, según se decía, marchaba sobre Madrid. Felizmente no lo encontramos.
Al día siguiente, incorporados a la columna que mandaba el capitán Martínez Vicente, tomamos un tren que resultó ir solamente a Guadalajara y no a Zaragoza como creían los milicianos. Durante el largo viaje se nos sumaron algunos hombres de otras organizaciones, entre ellos el maravilloso Emilio García, solo nombre que recuerdo.
De Guadalajara pasamos a Sigüenza. La columna del POUM ya había ganado laureles de guerra por haber combatido contra las fuerzas fascistas que se disponían a atacar Sigüenza, causándoles muchas bajas. El ascendiente de Etchebéhère sobre sus hombres y sobre muchos otros de los que componían la guarnición de la zona crecía rápidamente. Era un jefe vestido con un mono roto en los codos y en las rodillas. Sus ojos eran cada vez más luminosos como si llevase por dentro una antorcha encendida. Una tarde le escuché al viejo Quintín decir "El jefe tiene como un sol en la frente".
La hora del gran combate había llegado. La Revolución estaba por fin al alcance de sus manos ávidas. Ya no se trataba más de lecturas, de tesis teóricas: ahora tocaba luchar con las armas por lo que había elegido a la edad de 19 años. y luchó 29 días dichosos, alegre de exponer su vida a cada rato, burló o serio cuando yo le pedía que no se hiciese matar antes de lo necesario.
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| Hipólito Etchebéhère y Mika Feldman |
Le vi por última vez en ese amanecer que era casi noche todavía del 16 de agosto, cuando nos acercamos a Atienza. Cumpliendo sus órdenes yo no iba con él, sino con el médico, para organizar en la retaguardia un puesto de primeros auxilios.
Las primeras luces del día nos trajeron hasta los ojos el peñón bravío de ese castillo de Atienza que había que tomar a toda costa, a golpes de granadas que habrían de lanzar los guerrilleros del POUM cuidadosamente adiestrados por Hipólito Etchebéhère. Él los guiaba entre las ráfagas de ametralladora que volaban del castillo. Una bala lo quebró como se quiebra un árbol herido por el rayo. "¿Sabes -me dijo la Abisinia tendiéndome un pañuelo tinto en sangre-, sonreía, no parecía muerto. Guarda este pañuelo; es su sangre, yo le limpié los labios. La bala le partió el corazón; te digo que no sufrió".
Tenía al fin el corazón en paz, callado para siempre.
Fuente: http://kaosenlared.net/america-latina/30166-hip%C3%B3lito-etcheb%C3%A9h%C3%A8re-jefe-militar-del-poum.html
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