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martes, 4 de agosto de 2020

MOSAICO ROTO, de Paulina y Adelina Abramson (Compañía Literaria)

Título: Mosaico roto
Autoras: Paulina Abramson (1915-2000) y Adelina Abramson (1920-2012)
Editor: Compañía Literaria (Madrid)
Fecha de edición: 1994

Información de contracubierta:
En este libro encontrará el lector parte de su propia historia, de su propia voz. No es un relato lineal de los hechos tremendos acaecidos en nuestro siglo, ni unas memorias al uso en que las autoras rememoren pasadas batallas en las que estuvieron presentes, sino el más desgarrado testimonio de unos hechos y unas circunstancias en las que ellas fueron protagonistas para bien y para mal, y en las que se mezcla y confunde lo más noble con los hechos más monstruosos de nuestra época.
Por estas páginas pasan personajes y hechos claves de este tiempo: la ascensión de Stalin al poder en la Rusia soviética, la guerra de España, la muerte de Durruti, la de Andreu Nin, la salida del oro del Banco de España, la acción de los servicios secretos soviéticos en la España republicana, luego, la Guerra mundial, las luchas internas en la URSS durante y al acabar la contienda, el gulag, la ocupación de Budapest en el 56, la memoria actual, y un largo etcétera de golpes en nuestras conciencias vistos desde la actualidad de la caída y destrucción del poder soviético.
Capítulo aparte merece el relato de la vida y obra de algunos de los más célebres espías en nuestra época a los que trataron: Sorge, Orlov, los miembros de la orquesta roja Kent y Carlos Alamo.
Difícilmente quien haya participado o se haya sentido influido en su vida por estos acontecimientos puede quedar indiferente ante este verdadero relato.




lunes, 17 de julio de 2017

Una militante hasta el último minuto

A LOS CIEN AÑOS, MURIO FANNY EDELMAN, PRESIDENTA HONORARIA DEL PARTIDO COMUNISTA. Fue una activa luchadora por los derechos humanos. En 1934 se afilió al PC y llegó a luchar en la Guerra Civil Española.

Por Adriana Meyer
Página/12 - Miércoles, 2 de noviembre de 2011


Si la militancia ha cobrado un renovado vigor, de ella puede decirse que fue la militante eterna. Fanny Edelman falleció ayer en un hospital porteño por una afección en el hígado. Activa luchadora por los derechos humanos y presidenta honoraria del Partido Comunista, sus camaradas lamentaron su muerte “tras una exhaustiva trayectoria de luchas, cárceles, internacionalismo, solidaridad e intensa labor intelectual y política”. Página/12 la entrevistó en febrero pasado, en ocasión de cumplir cien años. Aquel diálogo había terminado con un amable pero firme “y ahora si me disculpa tengo una reunión”, tras lo cual Edelman partió. Sus restos serán cremados hoy a las 9 en el cementerio de la Chacarita, con una ceremonia de despedida.

Nacida Fanny Jabcovsky el 27 de febrero de 1911 –en San Francisco, Córdoba– en una familia de inmigrantes rusos, adoptó el apellido de su marido desde que comenzó su militancia, a los 23 años. Las inclinaciones corporativas y antisemitas del general José Félix Uriburu la llevaron a acercarse a un grupo de intelectuales de izquierda, entre los que se contaban Leónidas Barletta y Alvaro Yunque. Al tiempo que trabajaba en un taller textil y como maestra de música, concentró su actividad militante en la solidaridad con los presos políticos. En 1934 se afilió al Partido Comunista de la Argentina. Ese año, la brutal represión a la huelga minera en Asturias la encontró formando parte de una activa campaña de solidaridad. Y en 1937 viajó a España junto a su compañero, Bernardo Edelman, que era corresponsal de guerra. Allí integró el Socorro Rojo, luchó en defensa de la República y conoció a La Pasionaria. Ya como secretaria general de la FDIM (Federación Democrática Internacional de Mujeres, una organización creada luego del fin de la guerra) visitó a Dolores Ibárruri en su exilio en Moscú.

Tras su regreso en 1939 fue parte del movimiento de solidaridad con la República, del que participaron también Chile y Uruguay, que logró reintegrar a más de 3000 refugiados. Al finalizar la guerra, con un grupo de compañeras, Edelman impulsó la Unión de Mujeres de la Argentina (UMA), una organización de lucha por la paz, el trabajo, el salario, la salud y la vivienda. Trabajó allí durante 50 años y bajo su dirección esta entidad realizó importantes tareas con la ONU, Unesco, Unicef y la OIT. En 1972, en representación de la UMA, asumió la conducción de la FDIM e impulsó la creación del Día Internacional de la Mujer. Durante la dictadura llevó ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra el testimonio de cientos de familiares y víctimas del terrorismo de Estado.

Cuando ya se había convertido en una figura conocida en el ámbito internacional, participó de movimientos de apoyo a la Unión Soviética, China, Cuba, el gobierno socialista del chileno Salvador Allende y la revolución sandinista en Nicaragua. También estuvo en Vietnam y en varios países de Africa trabajando “por los derechos y reivindicaciones de los trabajadores y las mujeres”. En su extensa vida conoció a variadas personalidades, desde Antonio Machado y Miguel Hernández hasta los líderes soviéticos y del comunismo chinos, el Che Guevara y Fidel Castro. En marzo fue distinguida con la Orden José Martí, que confiere el Consejo de Estado de Cuba, y en esa oportunidad el presidente Raúl Castro se comunicó con ella para saludarla.

“América latina está preñada de revolución, en Bolivia, Ecuador y Venezuela hay cambios que no son revolucionarios pero son profundos, cambios que repelen al imperialismo norteamericano. Es posible radicalizar este proceso, la derecha neoliberal es un enemigo que crece para incivilizar. Hay una crisis civilizatoria de parte del gran capital, esa crisis quieren descargarla sobre nuestro continente, que hoy es el de la rebeldía”, había dicho en aquella entrevista con Página/12. Lúcida hasta su última hora, Fanny Edelman dirigía la cátedra libre de género y clase Alcira de la Peña, otra histórica militante del PC.



Página original: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-180304-2011-11-02.html


viernes, 14 de julio de 2017

Clemente Cimorra

Clemente Cimorra nace en Oviedo el 29 de mayo de 1900 y fallece en Buenos Aires en 1958. Periodista y militante de Partido Comunista de España, es redactor de Mundo Obrero, y pertenece a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En colaboración con su hermano Eusebio, escribe el drama Acusación (1932), sobre la situación del proletariado en Cataluña. En julio de 1937 su cuento Cante y silencio en Sierra Morena, obtuvo el primer premio del concurso de cuentos de guerra organizado por el diario Heraldo de Madrid, uno de los de mayor circulación de España. Sus crónicas periodísticas de guerra fueron recopiladas en dos volúmenes: España en las trincheras y Héroes del Pirineo español. En el primer volumen, correspondiente a las crónicas de los primeros meses de la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco, denuncia la invasión sufrida por España por tropas alemanas e italianas y exalta el espíritu de sacrificio y de lucha de los defensores de la libertad. En el segundo, relata la resistencia del pueblo español y su voluntad de lucha, así como, la retirada de la 43ª División a territorio francés, criticando con dureza el comportamiento de las democracias occidentales.

Clemente Cimorra llega a Buenos Aires a bordo del vapor francés “Massilia”, que había partido de Pellice (Francia) el 18 de octubre de 1939, con destino a Santiago de Chile y que arriba al puerto de Buenos Aires, sin permiso de desembarco, el domingo 5 de noviembre, consiguiéndose que un numeroso grupo de intelectuales españoles de los que trasladaba pudiera desembarcar en Buenos Aires. En la ciudad porteña se exilia de modo definitivo. Fue colaborador de Pensamiento Español, revista del exilio aparecida en 1942. También pertenece al Centro Republicano Español de Buenos Aires. Con su ensayo La obra asturianista de Jovellanos, participa en el Homenaje a Jovellanos del Centro Asturiano de Buenos Aires en el bicentenario de su nacimiento, junto con otros destacados intelectuales del exilio, Francisco Ayala, Ángel Ossorio y Gallardo, Claudio Sánchez Albornoz, entre otros. Clemente Cimorra, como tantos otros, luchó por la legalidad democrática y por la defensa de la libertad. Y como nos dijo el escritor ovetense: “Eran los mejores hijos de España”.

Página original: http://www.libreriausados.com.ar/Biografias/Clemente-Cimorra.html


miércoles, 12 de julio de 2017

La sanidad en las Brigadas Internacionales.- Manuel Requena Gallego; Rosa María Sepúlveda Losa

“Este libro recoge aportaciones interesantes sobre la sanidad en las Brigadas Internacionales, tema que todavía no se ha abordado con la profundidad que requiere. Todas ellas describen aspectos sanitarios desde distintos campos (prensa, recuerdos personales de los protagonistas, avances médicos, funcionamiento de hospitales) en época de guerra, manteniendo un enfoque unificador que consiste en que la medicina ha logrado importantes avances a lo largo de la historia en épocas de guerra para reponder a los problemas que se le presentaban de inmediato entre los combatientes, como señala en la introducción José Martínez. Algunos de estos avances se describen en este trabajo como nuevas técnicas quirúrgicas y psiquiátricas, la utilización de los hospitales móviles, la organización de los hospitales en el frente y en la retaguardia, y las mejoras en las transfusiones de sangre que salvaron muchas vidas …”




Link original: http://www.brigadasinternacionales.uclm.es/publicacion/la-sanidad-en-las-brigadas-internacionales/



lunes, 4 de abril de 2016

Valentín de Pedro, gran periodista

Realizó en España la mayor parte de su brillante carrera.

Carlos Páez de la Torre | LA GACETA | Lunes 20 de Septiembre 2010

Valentín de Pedro
Una figura vastamente conocida en el periodismo argentino y español de la primera mitad del siglo XX, fue el tucumano Valentín de Pedro. Nacido esta ciudad en 1896, muy joven se inició en el trajín de la prensa en la revista porteña PBT. Corría 1917 cuando partió a España como corresponsal de "Caras y Caretas" y de "Plus Ultra. Cumpliría desde entonces una brillante carrera.

Sus crónicas -que publicaba también "La Prensa"- eran muy populares, "siempre amenas, chispeantes, en las que la anécdota de la peña del café o del vivir cotidiano alternaban con el dato erudito". Usaba una prosa que "era la llaneza misma de su carácter amable y de su bondad de corazón", dijo "La Nación". Con frecuencia enviaba notas a LA GACETA.

Fundó en Madrid la muy difundida revista "La Farsa", de crítica teatral. La Guerra Civil lo halló en esa ciudad, y allí permaneció hasta la ocupación por las fuerzas de Franco. Fue juzgado y sentenciado a 30 años de prisión, pero lo liberaron dos años después por su condición de argentino. Era poeta y dramaturgo y publicó varios libros. Entre ellos, "Veinticuatro horas fuera del Colegio" y "Próceres argentinos en España", además de varias antologías, y las obras de teatro "El caudillo", "El veneno del tango", o "El hechizo", por ejemplo.

Vuelto a Buenos Aires, se radicó allí, pero hizo un viaje a Tucumán en 1942, donde fue muy agasajado. En su conferencia "Viaje de vuelta (itinerario lírico)", de 1944, publicada por la Asociación Tucumana en Buenos Aires, declamó sus sentidos versos a la provincia natal. El último libro de De Pedro fue "Antología de la poesía castellana". Murió en Buenos Aires el 7 de noviembre de 1966. "La Nación" lo llamó "maestro del periodismo argentino", por su capacidad para "la nota, la crónica documentada, la exégesis crítica, el suceso histórico que algún hecho oculto o visible entroncaba con la actualidad".


Página original: http://www.lagaceta.com.ar/nota/399389/informacion-general/valentin-pedro-gran-periodista.html


domingo, 17 de mayo de 2015

Esos mismos Hombres -Voluntarios Argentinos en La Guerra Civil Española.- Documental del grupo "Historia desde Abajo"; Ernesto Sómmaro, Jerónimo Boragina, Gustavo Dorado, Lucas González. Jose Luis Bramante.

Documental realizado en el año 2006 por el grupo "Historia desde Abajo"; Ernesto Sómmaro, Jerónimo Boragina, Gustavo Dorado, Lucas González. Jose Luis Bramante. La solidaridad del pueblo argentino quedó plasmada en decenas de fotografías y en los testimonios de militantes políticos que recuerdan las campañas de apoyo a la República española. Pero no sólo ayuda material se brindó a España, sino que cientos de voluntarios argentinos fueron allí a luchar contra el fascismo. "Esos mismos hombres" entrevista a los protagonistas y desarrolla algunas explicaciones sobre el conflicto y sobre el papel de Argentina y de los argentinos en la guerra civil española. Recopila imágenes de archivo y testimonios Voluntarios en la Guerra como activistas del movimiento de Solidaridad con la República Española. Fanny Edelman, Luis Alberto Quesada, Italo Grassi, Arturo Simonazzi, Bernardo Llompart, R. Garcia.


Esos mismos Hombres -Voluntarios Argentinos en La Guerra Civil Española. Parte 1/3.



Esos Mismos Hombres - Voluntarios Argentinos en la Guerra Civil Española. Parte 2/3.



Esos Mismos Hombres - Voluntarios Argentinos en la Guerra Civil Española. Parte 3/3





lunes, 23 de marzo de 2015

María Luisa

Por Mario Goloboff *
Página 12 - Jueves, 16 de mayo de 2013

En los años mozos, sospechábamos, intuíamos o deseábamos que existiera una vaga entelequia a la cual hoy apenas si podría definir: algo así como “un tango de izquierda”. Pensábamos que el difundido en clubes, bailes y cafetines coincidía poco con nuestras aspiraciones sociales, y tal vez sólo reflejaba un pensamiento conservador populista, que no se correspondía con la lucha de clases ni con los verdaderos intereses de los desposeídos. Ignorábamos, como suele ocurrir con casi todas las generaciones, lo que teníamos prácticamente al lado, a pocos años vista y en nuestro propio campo.

En la presente historia, el personaje protagónico ayudó bastante a mantenerla oculta. Hacia el tiempo en que los tangos “Cuando llora la milonga” o “Pa’l cambalache” se hicieron públicos y bastante conocidos (cantados hasta por don Carlos Gardel, alguno por Agustín Magaldi, por Ignacio Corsini, por Agustín Irusta, por Azucena Maizani y Mercedes Simone, por Charlo y Ada Falcón), estaban firmados por Luis Mario o por Mario Castro; nunca fue demasiado sabido que bajo esos seudónimos se amparaba la periodista María Luisa Carnelli, nacida en La Plata, en una casa cercana al Bosque, un 31 de enero de 1898 y, lo que sería una de las explicaciones plausibles para sus tempranas y fervientes adhesiones, en un hogar con otros nueve hermanos. Sin duda, algunos de ellos la inclinaron y empujaron hacia el tango, aunque también, se dijo, la censura masculina fue muy fuerte y ella misma declaró: “Mi padre, por supuesto, jamás supo que era yo quien los escribía. El no quería que yo fuera demasiado libre”. Su primer trabajo importante en la materia es de 1927 y está dedicado a Carlos de la Púa, nacido también en La Plata y llamado en realidad Carlos Raúl Muñoz y Pérez, aunque sus amigos lo apodaban “el malevo Muñoz”. Por ello, la obra fue titulada justamente “El malevo”, musicalizada por Julio de Caro, quien la llevó al disco en versión instrumental y lo grabó Rosita Quiroga. Después vinieron “Primer agua”, “Dos lunares”, “Moulin Rouge” (igualmente con música de Julio de Caro), “Cuando llora la milonga” (musicalizado por Juan de Dios Filiberto), “Mineros de Asturias” y muchos más. Hubo también algún estilo, alguna zamba y hasta rancheras y habaneras. Textos donde la voz lírica ocupa el rol masculino y subraya el lenguaje lunfardo de los mismos, como en “Quiero papita” (“Yo soy... un gil / quién me mandó/ tener mujer. / Yugar pa’vos / y no poder / tirarme un par / de lindos mangos / a la marchanta, / si es mi placer”) o en “Primer agua” (“Pa’gambetearle a la mishiadura/ entró a trabajar de engrupidor, / a un mixto le dio en la matadura / y de prepo al reaje conquistó”).

Pero no sólo respecto de la música popular fue transgresora; políticamente, se ubicó muy temprano en una izquierda entre anarquista y comunista, renunciando así a su origen medianamente burgués. Además, se casó joven, tuvo un hijo, y poco tiempo después se separó, ganándose la vida como periodista. Publicó artículos en diarios y revistas: Crítica, Noticias Gráficas, La Nación, Clarín, Caras y Caretas, El Hogar, Fray Mocho, Atlántida y otras. Desde muy joven, escribió poemas y se vinculó con círculos literarios de la izquierda, especialmente con los hermanos González Tuñón: el mayor, Enrique, tan querido por Raúl y autor de algunos títulos bellos y famosos (Camas desde un peso, La calle de los sueños perdidos), fue su pareja por cierto tiempo, y hasta algunos de sus tangos les fueron adjudicados a ellos. Su primer libro fue Versos de mujer, lo continuaron Rama frágil, Poemas para la ventana del pobre y otros más. El primero en prosa, Quiero trabajo, fue elogiosamente comentando por el intelectual faro de la época, Aníbal Ponce. Publicó muchos textos dedicados al movimiento obrero español y a los acontecimientos de España, escritos mientras estuvo allí como corresponsal de revistas y diarios, un tipo de cobertura que se daban en el momento intelectuales de todo el mundo que querían apoyar in situ a la República.

Contratada por el diario El Sol, de Madrid, a comienzos de la sublevación franquista, se sabe que visita el frente de guerra en Carabanchel en abril de 1937 y es testigo del combate entre dinamiteros de la República y tropas facciosas. El 14 de julio firma un artículo titulado “Cuerpo a cuerpo”, donde narra el asalto de unidades marroquíes franquistas contra los parapetos que defienden Madrid y se fotografía con mandos de la brigada que defiende el sector, realiza un reportaje sobre el hospital de heridos, escribe la crónica de los hombres de la 24ª Brigada Mixta y una nota sobre la importancia de mantener lejos a las niñas y niños de la artillería criminal facciosa. Hacia finales de julio, interviene en el congreso popular de solidaridad convocado por el Comité Provincial del Socorro Rojo Internacional, comparte la mesa directiva con los líderes de la defensa de Madrid, el general José Miaja y el comisario de las Brigadas Internacionales Luigi Longo (quien combatía con el seudónimo de “Gallo”; el mismo que, en 1964, tras la muerte de Palmiro Togliatti, sería secretario del PCI). El 2 de agosto, en la comida organizada por el Socorro Rojo Internacional en Madrid, María Luisa recita el poema “Madrid-Noviembre”, que consagra el heroísmo de los madrileños. También en noviembre asiste a las trincheras de la sierra de Madrid y comparte hambre, frío y penurias con los milicianos instalados allí, a quienes intenta levantar la moral con su presencia y sus palabras, que reflejará luego en la crónica. Por esa época, asimismo, se encarga de la sección femenina en la revista Blanco y Negro, semanario cultural del ABC, y además publica varias colaboraciones en el propio diario: “Veteranos y reclutas”, “Guarderías infantiles”, “La siembra de la nueva cultura”. Finalmente, para su despedida por regresar a la Argentina, el Socorro Rojo organiza un acto en septiembre del ’38 con la presencia de mandos del ejército popular de la República, entre ellos el comandante Carlos (Vittorio Vidali o José Díaz, el legendario fundador del Quinto Regimiento) y el coronel Ortega (jefe de la Columna Ortega, que integró la 40ª Brigada Mixta), y de la poeta María Teresa León. Emocionada, María Luisa aseguró que mantendría su compromiso con la República y lo llevaba a su país desde la Península Ibérica.

Uno de los últimos hechos curiosos de su vida, que los tuvo tantos, fue que hacia los ’50, durante el primer peronismo y en medio de la justa reivindicación de las producciones nacionales, intentó con Sebastián Piana introducir el “Tam Tam”, pero Raúl Apold no le dio ningún curso. Lo cuenta en un reportaje que se le hace pocos años antes de morir, en el que agrega: “Ha habido una penetración imperialista de fabulosos capitales que ha permitido que el tango vegete, mientras los demás ritmos lo iban ahogando. Hubo épocas en que se obligaba a ejecutar un 50 por ciento de música nacional. Fue cuando a mí se me ocurrió crear ese nuevo ritmo. Que para mí era muy argentino”. Falleció el 4 de mayo de 1987, en el umbral de los 90 años.

* Escritor, docente universitario.

Link original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-220125-2013-05-16.html


miércoles, 11 de marzo de 2015

Codovilla en Paracuelos

ANTONIO ELORZA - El País
1 NOV 2008

Victorio Codovilla
"Las heridas de la Guerra Civil -ha escrito Ian Gibson- sólo se curarán definitivamente cuando ambos bandos acepten la verdad de lo que pasó en sus respectivas retaguardias durante la contienda franquista". Por eso, aun cuando el auto del juez Baltasar Garzón estuviera plagado de todos los errores que le atribuyen sus detractores, resulta innegable que ha tenido la virtud de poner las cartas sobre la mesa. De los dirigentes nazis a Karadzic, una calificación adecuada de los crímenes vale más que una cascada de libros.

Documentación exhaustiva, metodología adecuada y ponderación son los requisitos para que los resultados del análisis cumplan su papel sobre la conciencia cívica. El trabajo de Gibson viene siendo a este respecto ejemplar, y muestra de ello fue su libro de 1983 sobre Paracuellos, la matanza organizada de derechistas en noviembre de 1936. Nada tiene que ver la condena de la sublevación militar de julio por consistir en un genocidio, esto es, en el intento en buena parte logrado de aniquilar físicamente a la izquierda española, con el necesario reconocimiento de que en la España republicana hubo asesinatos de masas. No genocidio, pues fueron respuesta puntual a la coyuntura creada por la rebelión. Su análisis prueba que tampoco era "la República" responsable, ni hubo excesos "republicanos", como sugirió Carrillo en un programa nocturno de TVE, a diferencia de lo sucedido en la España de Franco.

Gibson mostró que tanto en Paracuellos como en posteriores "sacas" de noviembre de 1936, en el crimen nada hubo de improvisado ni de accidental, aunque sí de respuesta a una circunstancia de excepción: el Ejército de Franco a las puertas de Madrid. Fue entonces adoptada una pauta de comportamiento estrictamente leninista con precedentes en la guerra civil rusa. El Gobierno republicano acababa de abandonar Madrid y la Consejería de Orden Público en la recién creada Junta de Defensa quedó en manos de un joven comunista, Santiago Carrillo, en tanto que como delegado de Orden Público resultó nombrado un colaborador suyo en las Juventudes Socialistas Unificadas, Segundo Serrano Poncela. Es éste quien asume la responsabilidad formal de las "sacas" y visita la Cárcel Modelo el 7 de noviembre de 1936 tras ordenar que sean seleccionados los "militares" y los "hombres de carrera y aristócratas". Objetivo: suprimir a futuros cuadros civiles y militares franquistas de caer Madrid. El hecho de que tales sacas cesasen inmediatamente el 4 de diciembre, al sustituirle el anarquista Melchor Rodríguez, confirma que la responsabilidad de los crímenes fue comunista. El representante del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en Madrid, Jesús Galíndez, y, verosímilmente siguiendo sus informes, el ministro Manuel Irujo, lo confirman y señalan por su nombre a Santiago Carrillo (ver Los vascos en el Madrid sitiado y el informe de Stepanov a Moscú, de 30 de julio de 1937).

Ahora bien, una decisión de tal calibre no podía ser tomada por los dos neocomunistas. Gracias a la documentación del Archivo de la Internacional Comunista sabemos que al frente del PCE, entre 1932 y 1937, no se encontraba José Díaz, ni menos Pasionaria. Todo pasaba, y en primer término la comunicación telegráfica con Moscú, por el representante de la Comintern en Madrid, el argentino Victorio Codovilla, organizador luego en México, según Vittorio Vidali ("comandante Carlos"), del asesinato de Trotsky y recompensado por su larga trayectoria estaliniana con un nicho en el muro del Kremlin. Es él quien a fines de agosto, en telegrama cifrado, lamenta el asalto mortífero a la Cárcel Modelo. No le gustan los incontrolados, pero sí la represión. A fines de julio de 1936 transmite a Moscú la disparatada impresión de que la sublevación está vencida. Piensa que el peligro es anarquista. Solución: "Se aplicará ley revolucionaria".

En noviembre, vacío en los telegramas consultados, salvo cuando el día 23 Codovilla informa a Moscú que los documentos de fusilados están disponibles. Todos sabían dónde residía el centro de decisiones. Para describir la posición de Codovilla, André Marty no encuentra otra palabra que la de "cacique" que "resuelve todo él mismo". Cuando el periodista soviético Kolstov se informa en la noche del 6 al 7 de noviembre con Pedro Checa, secretario de Organización del PCE, sobre qué se va a hacer con los detenidos y éste explica la conveniencia de "elegir a los elementos más peligrosos", garantizando que "no se escaparán", Checa es la mano derecha de Codovilla.

La pirámide del mando en una organización comunista no admite iniciativas espontáneas. A Carrillo implícitamente y, de cara al exterior, a Serrano Poncela, les tocará la responsabilidad institucional. Sirvieron de instrumentos conscientes. Avalada o no por Moscú, la decisión de los asesinatos masivos de noviembre del 36 sólo pudo ser tomada por el delegado de la Internacional Comunista en España.

Link original: http://elpais.com/diario/2008/11/01/espana/1225494011_850215.html



Cuando había héroes

GRACIELA MOCHKOFSKY: TIO BORIS. El retrato de un militante de ley, los vaivenes del Partido Comunista argentino y los avatares de la Guerra Civil Española confluyen en una investigación que no desdeña el tono de la novela negra.

Por Sergio Kisielewsky - Página/12
DOMINGO, 23 DE JULIO DE 2006

Tío Boris
Graciela Mochkofsky
Sudamericana
269 páginas.

Cuentan los viejos militantes de la Federación Juvenil Comunista que en la década del 60, al ingresar a la política, oían hablar de los actos heroicos de Boris, como se llamaba al militante Benigno Mochkofsky, quien había sido torturado en la cárcel de Ushuauaia y pasado por un campo de reclusión en la isla Martín García. Por cierto no es el mismo relato que escuchó Graciela, su sobrina nieta, autora de una comprometida biografía sobre Timerman, durante una sobremesa en la casa familiar donde salió el disparador: “Por qué no escribís sobre tío Boris?”.

Es allí donde la periodista pone manos a la obra y reconstruye una época histórica donde se cruzan los años de la lucha contra el fascismo, el ascenso de Hitler y la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. El libro, en consecuencia, atraviesa un campo de batalla: el de la Guerra Civil Española.

Boris nació en 1911 y murió en 1975. Era pelirrojo, fumaba habanos gruesos y trabajó en el puerto y en la industria metalúrgica. Participó en huelgas y creó organizaciones sindicales. Estuvo preso en condiciones humillantes en el penal de Ushuauaia durante la dictadura de Uriburu.

Con el tono, por momentos, de la mejor novela negra y con un sostenido suspenso, Graciela Mochkofsky va atando cabos sobre la historia del Partido Comunista argentino. Para ello entrevista a dirigentes y militantes, tarea nada sencilla según se va revelando en la trama, y se acerca a los testimonios teniendo muy presente el subtítulo del libro: un héroe olvidado de la Guerra Civil Española.

Prácticamente de la nada se va construyendo un itinerario que toma lo mínimo y lo máximo, desde el lechero escuchando las reuniones políticas hasta la llegada del peronismo al gobierno, todo suma al retrato de época.

La obra se interroga sobre el sentido del heroísmo y aún más, da luz sobre uno de los personajes más enigmáticos del comunismo argentino: Victorio Codovilla. Su descripción es todo un punto de referencia. “Codovilla ya tenía la cara rechoncha, una cintura de tonel y un apetito que ninguna comida saciaría. Hizo un hábito de fumar en pipa y llevar consigo un bastón, con el que propinaba golpizas a sus rivales anarquistas.”

Codovilla fue testigo de los primeros años de la Revolución Rusa, lo que marcó a fuego su visión del mundo. Estaba en Moscú en 1925 cuando se desplazó a Trotsky del Comisariado de Guerra y “reducido a ejecutar tareas menores”. Vio de cerca la lógica del poder stalinista, el mismo poder que lo envió a crear el Partido Comunista en España. Es allí donde su historia confluye con la de Tío Boris.

Graciela Mochkofsky viajó a España y hurgó en viejos archivos secretos, aplicando una lupa desprejuiciada sobre los orígenes de la Guerra Civil Española. En especial sobre la correlación de fuerzas políticas antes de la llegada de Franco y el nacimiento de las Brigadas Internacionales que dirigía el belga André Marty. A los veintidós años, Boris llega a España. Se acercó a los comunistas y en poco tiempo pasó de ser integrante de los grupos de autodefensa a comandante del Quinto Regimiento del Ejército Popular. A partir de este punto, Tío Boris da un salto más, contando cómo un intento de golpe de Estado fascista conduce al país a una guerra civil que duró tres años y causó más de un millón de muertos.

En cada relato de guerra se potencia la información sobre los hechos.

Allí se encuentra la “ayuda” alemana a Franco y las responsabilidades de los gobiernos de Occidente ante la devastación y el martirio en la tierra de Antonio Machado. También circulan los relatos de la batalla del Ebrocon los brigadistas de Lister cantando en seis lenguas “La Internacional” y el coraje derramado en la defensa de Madrid. El “No Pasarán” está presente en el libro, documentado y con las venas abiertas en cada batalla que se libra.

En cada párrafo se advierte el rigor de una investigadora junto al vuelo de una escritura en clave de ficción. Entre la saga familiar, las alegorías y las banderas antes y después de los combates, Tío Boris indaga en las causas por las que miles de hombres y mujeres dejaron de ser ellos para ir al encuentro de las epopeyas colectivas.

Link original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2167-2006-07-24.html



domingo, 22 de febrero de 2015

Homenaje a Fanny Edelman y a los Brigadistas Argentinos en la fiesta del PCE el 17 de septiembre de 2010

En San Fernando de Henares (Madrid)

por Mª José Barreiro López de Gamarra
24 de septiembre de 2010 - Radio BCN Estación Mediterránea ABF

Fanny Edelman, argentina.
Ayuda internacional. Socorro Rojo.
Palabras de Fanny Edelman en el Acto por el 78 Aniversario de la II República Española (Foro La Guerra Civil Española):Este martes se cumplen siete décadas del motín fascista que disparó la Guerra Civil Española. Fanny Edelman, 95 años, recuerda los grupos internacionalistas que defendieron la República. Líster, La Pasionaria y otras figuras de la gesta.
El 18 de julio de 1936 el generalato fascista se alzó contra la Segunda República española. El general José Sanjur-jo, viejo conspirador, había fogoneado la asonada desde su exilio en Portugal mientras el general Emilio Mola, en Pamplona, daba los últimos toques al plan de acción. Francisco Franco abandonaba Canarias para ponerse al frente del que creían no iba a ser sino un golpe de mano. Los secundaban los generales Queipo del Llano, en Sevilla, y Manuel Goded, en Barcelona. Otro general, Joaquín Fanjul, se había parapetado en el cuartel de la Montaña, en el corazón de Madrid, aunque no podría resistir el sitio de las tropas leales a la República. Daba comienzo lo que sería una larga noche para los españoles y para Europa. Al mismo tiempo y muy a pesar de los confabulados, nacía uno de los relatos más bellos y heroicos del siglo XX: el que escribieron comunistas, anarquistas, socialistas durante los tres años de Guerra Civil. Fanny Edelman era una joven de 26, militante argenti-na del Socorro Rojo, cuando viajó a Barcelona para incorporarse, junto a su compañero Bernardo Edelman, a los grupos de internacionalistas que se sumaron a la defensa de la República. Hoy, con 95 años que no le impiden ir al teatro, al cine y a dar largas caminatas desde la sede de su partido en la calle Entre Ríos hasta el austero y cálido departamento de San Telmo, asegura que a pesar de los pesares, esos tiempos fueron los más felices. “Pasé momentos duros, descuidé en parte a mis hijos –reconoce–, pero, así y todo, no cambiaría mi historia por la de aquellos que sólo ven pasar la vida”.

–Vengo de una familia muy modesta, de San Francisco. Mi padre era obrero de los molinos Minetti y mi madre un ama de casa sacrificada, volcada a cuidar a los hijos. El era rumano y ella rusa. Yo tenía trece años cuando vinimos a Buenos Aires. Vivíamos en Tucumán y Gallo, a dos cuadras del Abasto. Soñaba con ser médica pero en aquella época eran los varones los que tenían la prioridad para estudiar. No pude entrar a la facultad, pero seguí con la música, que me gustaba mucho, después de mudarnos a Vicente López empecé a frecuentar gente muy interesante: Riganelli, Hebecquer, Alvaro Yunque, que me ayudó muchísimo con mis inquietudes sociales.
–Y las intelectuales, me imagino.
–Por supuesto, aunque mi padre era un gran lector y nos había educado en el amor a los escritores rusos. Como eran los años del golpe de Uriburu empecé a trabajar en solidaridad con los presos comunistas y anarquistas. Y me incorporé al Socorro Rojo. Fue allí que me propusieron afiliarme al Partido Comunista. Dije que sí, sin saber qué era el comunismo ni cuáles eran sus ideales y me llevó un tiempo comprender que la dictadura y las condicio-nes de vida del pueblo tenían una relación íntima. Esos años, ‘34, ‘35, ‘36 fueron determinantes para mi futuro: me había convertido en militante y había conocido al que sería mi compañero para siempre. Era periodista de La Van-guardia y lo habían echado porque no coincidía con la línea política de la dirección del Partido Socialista. Se fue con un grupo de izquierda y empezó a trabajar, como periodista también, en la Federación Nacional de la Cons-trucción, muy poderosa, como se demostró en la huelga general del ‘36. En ese mismo año, Bernardo Edelman y yo nos casamos. Al poco tiempo estalló la Guerra Civil Española y nos cambió la vida. Los argentinos y los grupos de italianos y españoles dimos origen a un movimiento solidario que adquirió una presencia enorme en el país, pese a la Sección Especial. Fue una labor increíble de ayuda material y política, comida, ropa, ajuares tejidos por las mujeres de aquí para los bebés que nacían en el bando republicano. Contábamos con el apoyo de Angel Gallardo, el embajador de la República Española, un católico militante a quien no le preocupaba que la ayuda proviniera de socialistas, comunistas y anarquistas. Fue en la Federación Nacional de la Construcción que mi compañero escuchó hablar por primera vez de las Brigadas Internacionales y resolvió, junto a un amigo, alistarse con ellas. Llegó a casa y me dijo “¿Qué te parece si me voy?”. Yo le contesté: “Nos vamos”.
–¿Viajaron solos?
–No, con nosotros iban españoles, búlgaros radicados en Comodoro Rivadavia, unos albaneses que vivían en la periferia y un periodista argentino cuyo nombre no me puedo acordar. Eramos diez o doce. En agosto o septiembre del ‘37 llegamos a Amberes. De Amberes nos fuimos a París, donde se coordinaba toda la acción solidaria mundial. Se palpaba el despertar antifascista que, de todas formas, no empezaba con la República Española: ya en el ‘33, Henri Barbusse, Romain Rolland, Thomas Mann y el propio Einstein habían convocado a una reunión de intelectuales alertando sobre el peligro que representaba el nazismo en Alemania. Por esos días, en París se había inaugurado la Exposición Internacional y como teníamos un rato fuimos. Nos encontramos con el Guernica, una obra impresionante, imponente. Ahí, en París, nos arreglaron los papeles, la entrada a España por Perpignan y el destino final, en Madrid. En Madrid tomé contacto con las milicias populares, germen del ejército popular que unificó las guerrillas, porque hasta ese momento cada uno tenía su dirección y era imposible garan-tizar la defensa de Madrid.
–¿A quiénes reportaban?
–Yo al Socorro Rojo y él a la Unión de Juventudes Socialistas. El representaba al Movimiento de Solidaridad con España, que editaba La Nueva España, una publicación con una tirada de sesenta mil ejemplares. Mi compañero era el corresponsal en los frentes de guerra. El Socorro Rojo tenía como tarea fundamental abastecer las necesi-dades de las tropas, la distribución de alimentos, ropa, calzado y la atención a los familiares de los combatientes. La política de ingleses, franceses y norteamericanos fue de una perfidia inimaginable. Hasta tal punto que, cuando salimos de España, la carretera hacia París estaba colmada de pertrechos que el gobierno francés no había dejado pasar.
–Si tuviera que elegir una figura de la Guerra Civil...
–Las figuras femeninas más relevantes fueron, sin duda, Pasionaria, Federica Montseny y Margarita Nelken. Ten-go, en lo personal, un gran recuerdo de Pasionaria. Para mí fue la gran protagonista de ese proceso, su palabra erizaba la piel, era tan grande su voluntad de transmitir a los soldados, al pueblo, la certeza de los ideales, la justeza de la lucha... Y la entrega. Una entrega total. Fue para mí la más grande, incluyendo a Negrín. Después la cultivé a Dolores, en la Federación Democrática Internacional de Mujeres, cuya secretaría ejercí a partir de 1972 y después de su exilio de Madrid. Tenía tanto dolor, tanta nostalgia de España, tanto deseo de no morir antes de volver a su patria. Lo consiguió, pero dejó un hijo, Rubén, que murió en la batalla de Stalingrado. Nunca pudo superar su muerte, la tocó profundamente, fue terrible para ella, aunque Pasionaria ya había perdido otros cuatro hijos, de hambre, anemias y enfermedad en Asturias. De los seis hijos que tuvo, al final le quedó sólo Amaya, que está ahora dirigiendo la Fundación Dolores Ibárruri en Madrid. A mí me maravillaba la fuerza de su palabra... La recuerdo hablando en un mitin, en París. La gente la aplaudía, la vitoreaba aunque no entendía el castellano, se emocionaba como si hablara en francés. Aquel fue un período determinante para mi vida y la de mi compañero.
–¿Y las Brigadas Internacionales, Fanny?
–Las Brigadas fueron, a mi juicio, una de las manifestaciones más altas de la solidaridad humana. Al frente esta-ban los dirigentes de los partidos socialistas y comunistas que huyeron de las dictaduras nazis y fascistas. Estaban Togliatti, al que en España conocíamos como Ercoli; Luigi Longo, que, aunque no recuerdo muy bien, creo que fue uno de los coordinadores de las actividades de las Brigadas; Hans Beimler, un alemán diputado del Reichstag, que murió en combate. En un viaje que hice a Europa, les dije a mis compañeros que quería visitar su tumba. Yo sabía que estaba enterrado en Montjuich. Bajé en Barcelona y busqué su sepultura, pero no la encontré. Conocí también a Antonio Prado, que en 1938 convocó una gran campaña de invierno del Socorro Rojo. Hacía un frío espantoso y los combatientes no tenía ropa ni calzado suficientes para soportar esas temperaturas. Resultó conmovedora la reacción del pueblo; la gente se desprendía de sus propios abrigos, de sus propios zapatos para mandarlos al frente.
–¿Conoció a Santiago Carrillo en esos días?
–Sí, Carrillo estuvo aquí, clandestino, una vez terminada la guerra.
–¿Y a Santiago Alvarez, que según creo fue fundador del Quinto Regimiento?
–Claro que lo conocí. Santiago era el presidente del Comité de Amigos de las Brigadas Internacionales. Fue uno de los fundadores del Quinto Regimiento, pero el jefe era Enrique Líster. El comisario político era Carlos, Carlos Contreras le llamábamos, aunque su verdadero nombre era Vittorio Vitali, secretario del Partido Comunista de Trieste, un personaje muy interesante, un hombre de una enorme cultura y de una enorme inteligencia, que nos enseñó a comprender cosas que todavía no teníamos del todo claras y me enseñó a leer entre líneas. Yo trabajé con María, su compañera, maravillosa, modestísima, de una gran capacidad intelectual. Ella era una de las dirigen-tes del Socorro Rojo. Años más tarde, leyendo una revista, me enteré que María había muerto en un taxi, yendo a una consulta con el médico. Y aunque le parezca mentira, recién allí, en 1942, supe que mi querida y admirada “María” era Tina Modotti.
–¿Abandonaron Madrid antes o después de la caída?
–Antes. Después nos trasladamos a Valencia porque el gobierno se había establecido ahí y luego, siempre junto al gobierno, a Barcelona. El viaje de vuelta fue muy doloroso. Regresé a España después de la muerte de Franco y en el ‘96, convocada por los Amigos de las Brigadas, y pasé por Gernika. El árbol había florecido. Era otra España. Aquella del ’36 no existía más. Esa historia había sido sepultada, ocultada. Pensé mucho en una com-pañera del Socorro Rojo, Matilde Landa, pertenecía a una familia muy rica, de la alta burguesía. La familia huyó y ella resolvió quedarse. Fue capturada y ejecutada. En fin... ¡ese famoso Pacto de la Moncloa! Ese Pacto fue una responsabilidad de todos los partidos, incluido el Partido Comunista de España, que se adhirió a esa falsificación.
–¿Cuáles fueron sus tiempos mejores?
–Es muy difícil. Pero dentro del horror de la guerra fueron felices los años de la Guerra Civil, muy felices porque me dieron tanto, aprendí tanto, me identifiqué tanto con aquella causa que hasta hoy me siento parte de es pueblo, sigo las cosas de España, sufro por lo que les pasa.
–¿Si pudiera, qué borraría de su historia?
–Nada. No me arrepiento de nada. Me he equivocado, pero no me arrepiento de nada. Pasé momentos malos, sombríos, descuidé quizás a mis hijos, pero tenía poderosas razones.
–¿Se lo reprocharon?
–Alguna vez, sí, alguna vez. Pero mire, yo viví una tragedia muy grande. En un viaje que hicimos de Mendoza volcó el auto que manejaba mi marido. Quedó parapléjico. Tenía treinta y ocho años. Fueron veintidós años en esas condiciones. Hubo que remontar la situación, mantener la unidad del hogar y convencerlo de que la vida no se había terminado, que la vida exigía y seguía; había que lograr que saliera a la calle en su sillón de ruedas y terminara su interrumpida carrera de abogado; había que lograr que trabajara como abogado. Mi hija tenía ocho años y mi hijo tres. En esa etapa, él insistió para que yo no dejara la actividad. Mi rol de madre quedó en parte a cargo de una compañera catalana que estaba exiliada aquí. Pero éramos tan amigas, compartíamos tantas cosas, lo hizo con tanto amor que creo que casi no sintieron esa sustitución. Además, fueron enormemente solidarios, defendieron a su padre y me defendieron. Estoy muy orgullosa de mis hijos.
–A usted le gusta la música, ¿cuál es su canción preferida?
–...“La Internacional”.
–Y también le gusta la literatura, ¿a quiénes relee?
–A Lorca, a Hernández, a Vallejo, a Miguel Angel Asturias, a Paul Auster.
–¿A quiénes reconoce como maestros?
–A Marx, a Engels, a Lenin.
–¿Un día de felicidad?
–El día en que me afilié al Partido Comunista.

Link original: http://agenciabarreiroforever.blogspot.com.ar/2010/09/homenaje-fanny-edelman-homenaje-fanny.html


viernes, 30 de enero de 2015

Mika Etchebéhère, una revolucionaria al mando de milicianos

El mando que ejerció durante la Guerra Civil española en el Ejército republicano no fue la única experiencia destacable de la vida apasionante de Mika Etchebéhère. El colectivo Cambalache acaba de reeditar Mi guerra en España. Testimonio de una miliciana al mando de una columna del POUM, un libro escrito por ella y publicado en España en 2003 por Alikornio.

Amaya Caunedo / Historiadora.
Publicado en diciembre 24, 2014 por Redacción


Moisés Ville (traducción al francés de Kiriat Moshé, “Pueblo de Moisés”) fue la primera colonia judía agrícola independiente de la República Argentina, fundada en 1889. Entre las familias que llegaban de la Rusia zarista está la de Micaela Feldman (más conocida como Mika Etchebéhère, cambió la letra “c” por la “k” de su nombre cuando llegó a Europa, adoptando el apellido de su marido Hipólito Etchebéhère). Nació en Moisés Ville el 14 de marzo de 1902. Su padre enseñaba yiddish en la colonia. Los pogromos del viejo continente hicieron que una parte importante de la clase trabajadora asquenazí emigrara a distintos lugares del continente americano durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.

Muchas de estas personas habían tenido contacto con grupos anarquistas y con socialistas, extendiendo por este continente organizaciones como el llamado BUND (literalmente “Unión” en yiddish, que llegó a tener una de las organizaciones de desempleados mayores de todo el continente, declarándose siempre anti-sionistas). Prueba de la conciencia de clase de esta población serán numerosas huelgas, levantamientos… Por citar dos ejemplos no muy conocidos en Europa: en “El levantamiento de las 20.000”, huelga de obreras textiles de Nueva York (22-XI-1909 al 10-II-1910), de cuya lucha surgiría parte del mito de los orígenes de la celebración del 8 de marzo, muchas de “las 20.000” eran obreras asquenazíes. Y lo mismo en Argentina, en una huelga que desembocó en la Semana Trágica de enero de 1919, duramente reprimida por el ejército, rompe-huelgas y nacionalistas argentinos (tal y como harían los somatenes españoles durante las dictaduras de Primo de Rivera y Franco). En el Buenos Aires de entonces, se asimilaba “la rusada” con la población judía, y con todos los sucesos revolucionarios del país.

Un matador de indios

Siendo una niña su familia se muda a Rosario, Santa Fe. Allí su padre abre un pequeño restaurante. A los 14 años, mientras asiste al colegio nacional, forma parte de un grupo anarquista. Poco después, junto a algunas militantes libertarias, fundará la agrupación femenina “Luisa Michel”.

En 1920 Mica se muda a Buenos Aires para estudiar odontología. Allí formará parte del grupo Insurrexit, junto al que será su compañero hasta la muerte de éste en combate en la Guerra Civil española. Desde las páginas de su publicación tratan de informar de los conflictos estudiantiles, intentando promover la unidad de trabajadores y estudiantes. Analiza los cambios sociales en la URSS, la literatura social, así como el análisis de la situación social y política en Argentina. El grupo se definía como “comunista anti-parlamentario”.

Mica Feldman publica un artículo en el número 4 de Insurrexit, en el que fija su posición respecto a la política sufragista, criticándola por dos aspectos. En primer lugar porque afirma (como todas las feministas socialistas de la época) que la revolución social es imprescindible para lograr la emancipación de la mujer y en segundo porque aseveraba que el voto y el parlamento no lograrían la emancipación pregonada por las sufragistas.

En 1924 algunos de los insurrexistas (entre ellos Mica e Hipólito) se afilian al Partido Comunista argentino. Al poco tiempo surgirán las disputas internas y los dos participarán en la fracción izquierdista Partido Comunista Obrero, surgida en enero de 1926, tras el polémico VII Congreso del PCA (diciembre de 1925). Debido a discrepancias políticas ambos fueron expulsados del PCA.

Parten a la Patagonia para ahorrar dinero y viajar a Europa en busca de la revolución. De esta época nos habla Mica: “(…) el inmenso lago Futalaufquen (…). Podíamos haber vivido en sus orillas (…). Fue la tentación más fuerte de toda nuestra vida. (…) nos habíamos impuesto otro destino: el de luchar por la revolución”.  En la Patagonia recogieron testimonios de primera mano sobre las matanzas de obreros e indios perpetradas a órdenes de familias como la Braun Menéndez: “Atendimos en el consultorio a un escocés muy viejo, matador de indios profesional a sueldo de Menéndez”.

Francia y ¿la revolución en Alemania?

Llegan a París en 1931 y siguen militando en grupos de oposición de izquierda sin abandonar el ideario comunista. En octubre de 1932 marchan a Alemania, en busca del país más preparado para la revolución. Se afilian al Partido Comunista Alemán. También formarán parte del grupo de oposición de izquierdas llamado “Grupo de Wedding”. Allí conocerán a Kurt y Katia Landau, quienes, aunque partícipes junto a Trotski de los orígenes de la Oposición Comunista Internacional de Izquierdas, en 1931 se enfrentarán a él, debido a la postura de la pareja, contraria a la fundación de la IV Internacional. Colaborarán luego como propagandistas contra trotskistas y estalinistas en el POUM, partido con el que participarán en la Guerra Civil española hasta el asesinato de Kurt por agentes de la NKVD en septiembre de 1937.

Mika e Hipólito abandonarán Alemania en mayo de 1933, derrotados moralmente tras haber observado el ascenso del nazismo. Impotentes tras observar cómo un partido comunista con 6 millones de votos se mantenía en posiciones contrarias a formar una alianza de izquierdas que frenara el ascenso nazi, tildando a los obreros socialdemócratas de “socialfascistas”.

Vuelven a París y, junto a los Landau, los Rosmer y otros, fundan la revista Que faire?, cuyo primer número aparecerá en diciembre de 1934 y se interrumpirá con la II Guerra Mundial.

La Guerra Civil española

En la primavera de 1936 los Etchebéhère llegan a España. Mika recuerda: “Habíamos hecho proyectos de amor y de vacaciones. Las del verano de 1936 debían transcurrir en Asturias para visitar los lugares donde los mineros habían combatido en 1934, y recoger material para el libro que queríamos escribir”.

El relato de Mika sobre su participación en la Guerra Civil española, al frente de una columna del POUM, se interrumpe tras la caída de Málaga en febrero de 1937. ¿Qué le pasó hasta 1939? ¿Por qué interrumpe su relato en ese momento? ¿Por qué no cuenta nada sobre su persecución política a manos de estalinistas españoles y agentes soviéticos?

A lo largo del libro nos explica por qué se alistaron voluntarios, la convicción profunda en la abolición del sistema capitalista, rayando en la fe propia de todas las mártires y heroínas, fe laica, pero fe al fin. Ella les llevó a mudarse de país en país, rechazando cualquier otra orientación para su vida, como por ejemplo la de tener descendencia: “No, (…). Lo habíamos decidido con mi marido para no tener ataduras que impiden cumplir el deber de revolucionario. Hay hijos de sobra en el mundo”. E hizo que ella siguiera luchando después de la muerte en combate de Hipólito en agosto de 1936.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es el de su condición de mujer y capitana en un ámbito claramente masculino. La obra de Mary Nash Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil apunta que las mujeres fueron una minoría en las milicias republicanas y la mayoría de las voluntarias se dedicaron a tareas ligadas al mundo de “los cuidados” (limpieza, cocina, etc.), históricamente unidas en el patriarcado a las mujeres.

Sin embargo Mika señala que en la columna a su mando esas obligaciones se repartían entre todos por igual. Famosa es la cita que hace de las palabras de una miliciana comunista de la columna Pasionaria (enemigos políticos de Mika), que solicita entrar a formar parte de la columna del POUM, ante la sugerencia de que tal vez pueda quedarse a barrer y guisar. Manuela (miliciana del PCE) afirma: “Eso sí que no. He oído decir que en vuestra columna las milicianas tenían los mismos derechos que los hombres, que no lavaban ropa ni platos. Yo no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”.

A lo largo del relato abundan las referencias a la compleja relación establecida con sus compañeros de columna, que la respetan como mujer y capitana. En su labor de “intendencia” llega a conseguir jarabe para la tos y a pasarse el día por las trincheras de Madrid con el jarabe y la cuchara repartiendo entre los milicianos enfermos de su columna.

¿Pero qué ocurre cuando una mujer heterosexual está rodeada de hombres, algunos atractivos para ella? Su actitud está siempre ligada a las reflexiones que ella misma hace sobre el tema: “Luego soy para ellos una mujer, su mujer, excepcional, pura y dura, a la cual se le perdona su sexo en la media en que no se sirve de él, a la que admiran tanto por su valentía como por su castidad, por su conducta. ¿Puedo correr el riesgo de faltar a ese compromiso tácito, tener un amante y que ellos lo sepan, portarme como un hombre y conservar al mismo tiempo su respeto y la admiración que me manifiestan a la hora de la verdad? La respuesta es ‘quizá’, si yo fuese capaz de mandarlos pistola en mano, infundirles temor, si me portara como un hombre de guerra, más hombre que todos ellos en la mala acepción del término. Pues bien, no, no quiero, sigo siendo la que soy, austera y casta como ellos me quieren, mujer o un ser híbrido, no tiene importancia. Lo que cuenta es servir en esta revolución con el máximo de eficacia y que se vaya a la mierda el pequeño tirón de la carne”.

Regreso a Argentina y Francia

En 1939 Mika pasa varios meses escondida en un liceo francés de Madrid, de donde sale gracias a las presiones que sus camaradas franceses hicieron al Ministerio de Asuntos Extranjeros. Tras pasar por París, vuelve a Buenos Aires. Escribe artículos en distintos periódicos sobre la guerra europea, la situación en Argentina y su primer relato de la Guerra Civil (acerca de uno de los niños-milicianos de su columna).

En 1943 llega el golpe militar y la irrupción del peronismo. Mika contempló cómo el movimiento anti-fascista se alejó de las luchas internacionalistas, para caer en el nacionalismo.

Ante esta situación Mika vuelve a Francia en 1946. Se encuentra con viejas amistades y camaradas, entre otros con  sus grandes amigos Marguerite y Alfred Rosmer. Mika trabaja como traductora y vive en París. Junto a sus camaradas constituye el “Circulo de Zimmerwald”.

En mayo de 1968 Mika, con 66 años, ayuda a levantar barricadas. En 1978 participa en la “ciudad de la luz” en las  marchas contra la dictadura militar argentina. Falleció en 7 de julio de 1992.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 34, SEPTIEMBRE DE 2014




jueves, 18 de diciembre de 2014

Raquel Levenson: una luchadora forjada en las calles cordobesas

Por Diego Naselli Macera
Profesor y Licenciado en Historia

Miembro de la Federación Juvenil Comunista, incansable idealista y portavoz de los obreros, combatiente en la Guerra Civil española y resistente al nazismo durante la Segunda Guerra mundial, Raquel Levenson fue un ejemplo de luchadora que se forjó en las calles de la Córdoba obrera y reformista de los primeros años de la década de 1930.

Cuando sus camaradas preguntaban a Raquel dónde había nacido, ella respondía rápidamente y sin dudar: “Yo nací en Córdoba en 1929, y no es por sacarme años” aunque su verdadero lugar y fecha de nacimiento fue en San Fernando, provincia de Buenos Aires, el 15 de junio de 1915. Sin embargo, esa respuesta mostraba donde había comenzado su militancia, siendo una joven de 14 años y junto a Gregorio Levenson, uno de sus hermanos, ingresó a la Federación Juvenil Comunista (FJC) sección Córdoba para trabajar por los obreros y la Revolución.
Llegados a Córdoba en 1928 en busca de trabajo, la familia Levenson se encontraba con una ciudad donde rondaban los aires de la Reforma Universitaria y el movimiento obrero se enfrascaba en huelgas y movilizaciones para mejorar sus condiciones laborales y sociales. En ese mismo año, en estación Cañada Verde, una pequeña ciudad al sur de la provincia, el Block Obrero y Campesino ganaba las elecciones municipales y se instauraba la primera intendencia comunista en el país y en la capital provincial líderes sindicales de orientación comunista organizaban una huelga en la fábrica Menetti.
Para 1929 la lucha obrera se intensifica debido a la decisión del Partido Comunista (PC) de organizar sindicatos separados de otras organizaciones gremiales aplicando la táctica «clase contra clase» del Komintern y en Córdoba los encargados de promover conflictos serán los hermanos José y Jesús Manzanelli junto a otros dirigentes partidarios, quienes colaboran en la huelga de la construcción de Bell Ville y en la huelga metalúrgica de San Francisco que es duramente reprimida por la policía transformándose en un paro general por 48 horas. En este contexto, Gregorio Levenson, quien ya frecuentaba el ambiente estudiantil de la Córdoba reformista, se incorpora a la FJC acompañado por su joven hermana Raquel.
Producido el golpe de estado de 1930 dirigido por el general José Felix Uriburu contra el presidente Hipólito Yrigoyen, Raquel Levenson recibe la primera tarea como militante de la juventud comunista y se le encarga repartir clandestinamente volantes a los trabajadores de la Fábrica Militar de Aviones, construida en Córdoba en 1927 y con una dotación de casi 200 obreros, con el objetivo de conseguir el apoyo de la clase trabajadora a la revolución. Además de su militancia política, Raquel se interesa por la economía y se acerca a la UNC mientras su hermano Gregorio funda en la capital provincial el grupo «Insurrexit», agrupación similar a la creada por Héctor P. Agosti en Buenos Aires y en la que participaba Ernesto Sábato en La Plata, con el propósito de introducir la lucha de clases en las universidades y detener el avance de la «contrarreforma». Así, entre los obreros y estudiantes cordobeses, entre militantes y dirigentes comunistas, entre las fábricas y la Universidad, Raquel se comprometió con la lucha obrera y la revolución, compromiso que va a sostener durante toda su vida.

Buenos Aires y España: la lucha continúa
A mediados de la década del ’30, Gregorio y Raquel Levenson se radican en Avellaneda (Buenos Aires) donde se insertan en el mundo laboral y sindical de la zona sur y conocen a Juan José Real, líder juvenil del PCA, quien los dirige en la organización del Centro de Estudiantes Universitarios de Avellaneda. En esta nueva etapa en la vida militante, a Raquel se le delega la realización de arengas políticas a las salidas de talleres, fábricas y frigoríficos con el propósito de atraer a los trabajadores en la lucha contra el capital. Subida a un cajón de frutas, se la puede ver a la joven militante exponiendo fogosamente sus ideas delante de obreros, estudiantes, paseantes en los barrios porteños de Dock Sud, Piñeyro y Sarandí con el claro objetivo del lograr la unión de la juventud y los trabajadores en la lucha por sus reivindicaciones y derechos y contra el gobierno del conservador Manuel Fresco. Fue allí, en las barriadas proletarias de la zona sur de Buenos Aires, donde Raquel puso en práctica las actitudes de organizadora, agitadora y propagandista que había aprendido durante sus primeros años de militancia en Córdoba.
Con el estallido de la Guerra Civil española, Raquel junto a su pareja Juan José Real deciden enrolarse como voluntarios para ayudar a la República en su lucha contra la sublevación militar y parten hacía España en abril de 1937. Ya en territorio republicano, la pareja de argentinos se encuentran con los dirigentes comunistas Victorio Codovilla y José Manzanelli y, mientras Real se incorpora a las Brigadas Internacionales, Raquel ingresa a la Dirección Nacional de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) como propagandista y organizadora con la misión de recorrer los diferentes frentes y retaguardias para propagar la ideología comunista mediante la redacción de volantes y documentos, el adiestramiento de soldados y la arenga pública. En enero de 1939 Cataluña cae ante las tropas sublevadas y Raquel, quien se encontraba en Barcelona embarazada de su hijo Alberto, logra abandonar España en un barco inglés hacía Argelia donde es encerrada en un campo de concentración. Sin embargo, por su condición de dirigente comunista, la militante argentina logró marcharse de la colonia francesa en un barco soviético que se dirigía a Odesa.

Odesa, Moscú y Stalingrado: resistir al nazismo
Una vez desembarcados en el puerto ucraniano de Odesa, Raquel Levenson junto a su pequeño hijo son enviados a Moscú donde la militante argentina es incorporada a la Escuela Internacional de Marxismo-Leninismo. Cuando la Alemania nazi invade el territorio soviético en junio de 1941, Raquel participa en la defensa y resistencia de Moscú ante el asedio del ejército invasor realizando tareas civiles en la organización y subsistencia del pueblo moscovita y debido a su destacada intervención es enviada a Stalingrado cuando la ciudad de orillas del Volga es tomada por la werhmacht alemana. Allí, en la ciudad insignia del régimen stalinista, Raquel se desempeña como instructora político-militar del Ejército Rojo, que había recibido la orden de “¡Ni un paso atrás!”.
Derrotado el nazismo en 1945, la veterana de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial regresa a Argentina para incorporarse al Secretariado Nacional de la FJC y, desde ese momento, propulsar y organizar diferentes agrupaciones obreras y estudiantiles en la provincia de Buenos Aires. Con la llegada del peronismo, Raquel debe alejarse de Juan José Real, su ex pareja y padre de su hijo, y de su hermano Gregorio Levenson por orden del PCA ya que ambos se habían acercado al nuevo movimiento de masas surgido bajo el control de Juan Domingo Perón.
Desde la década de 1960, la militante de la FJC se encarga de organizar la actividad gremial de las fábricas en la zona de La Matanza hasta que una enfermedad terminal acabaría con su vida el 3 de septiembre de 1971 con sólo 56 años de edad y 42 años de férrea militancia, incansable lucha y rígida lealtad al comunismo al que había adherido en esa Córdoba obrera y reformista de 1930.

Publicado en: Revista DEODORO, Gaceta de crítica y cultura, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, Noviembre de 2014, Año 4, n° 48, ISSN 1853-2349



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Traductoras rusas en la Guerra Civil Española

María Serrano Velázquez | Rusia Hoy - 5 de octubre de 2012

Una voz interna susurraba a Adelina Abramson antes de partir rumbo a España en agosto de 1936: “¿Serás capaz de cumplir con lo que te encomiendan?”. Con tan solo 17 años, contestó segura: “Sí”. Estaba dispuesta a traducir del ruso al español ante los servicios soviéticos para la República. Pronto partiría hacia España con pasaporte falso junto a su padre Benjamín. Su identidad permanecería oculta bajo un seudónimo. Sería Adelina Regis, miembro del Ejército Rojo.

204 intérpretes soviéticas llegaron en plena Guerra Civil al campo de batalla. Su tarea consistiría en traducir las conversaciones entre miembros del ejército republicano y los diplomáticos soviéticos, que llegaron hasta la península para prestar ayuda internacional al Gobierno legítimo de la República. Muchas de ellas se formarían en el entonces Instituto de Nuevos Idiomas en Moscú.
Aquellas intérpretes cumplieron una labor encomiable: supieron descifrar mensajes de estado entre embajadores y jefes de gobierno, mantener el silencio y dejar huella de mujeres valientes en la memoria colectiva. Algunas de ellas dejaron su vida en el campo de batalla, como fue el caso de Sofía Bessmernaia, que murió en la batalla de Brunete. María Fortus, Sara Majovich, Elizaveta Párshina, María Levina, Olga Filipova, Adelina y Paulina Abramson son solo algunos de estos nombres.
En diciembre de 1936, Francisco Largo Caballero, por aquel entonces Presidente del Gobierno, envió una solicitud al primer embajador de la URSS en España, Marcel Rosenberg. Una larga carta en la que, además de aviones y tanques, pedía a la URSS, especialistas en aviación, armamento, ingenieros aeronáuticos, instructores, y, cómo no, traductores que ayudasen a mejorar la estrategia militar de un gobierno democrático asediado y sin fuerzas aliadas.
La respuesta llegaría cinco días más tarde, aunque para la URSS fuese un contratiempo inesperado convertirse en una pieza clave de la política exterior española. “A pesar de que durante los cuatro años de guerra hubo más de 2.105 soviéticos en territorio español,  en un mismo periodo la cifra no alcanzaba más de 550 personas, 70 de las cuales fueron traductoras”, afirma Ricardo Miralles, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco.
Ante la imposibilidad de los asesores de hacerse entender por los españoles, el cuadro de traductoras era un grupo fundamental para los republicanos. Miralles señala: “de no haber sido por las intérpretes nada de lo propuesto por los soviéticos se habría materializado”.
A todas las desavenencias de la República, habría que sumar la falta de entendimiento que existía entre los cuerpos de seguridad hispano rusos. Incomunicación que no compartía el bando contrario donde los aliados italianos y alemanes tenían mínimos conocimiento de español. La barrera lingüística pasaría factura, a pesar de que Górev, agregado militar del Estado Mayor Soviético, procuró en todo momento que no faltara un traductor por asesor. Sin embargo, la tarea resultó imposible.
La lista de intérpretes era muy extensa. Entre ellos, también se encontraban los llamados rusos blancos, antiguos emigrados políticos de la época de la revolución de 1917, contrarios al régimen soviético en origen que, sin embargo, acabaron colaborando como traductores.
Entre estos, el caso más destacado es el de Costant Brusilloff en el Frente Norte. Miralles señala que este grupo fue 'prácticamente obligado' a través de serias amenazas y coacciones a colaborar con el NKVD, la policía soviética encargada de controlar políticamente a los rusos en España. La vida de Brusilloff estuvo plagada de vicisitudes. En 1919, huyó de los bolcheviques, asentándose posteriormente en España. Durante sus años de obligada labor como traductor e intérprete, redactaría un informe muy crítico sobre la preparación militar de la República y la labor soviética en la zona.
La misión en España del NKVD fue básicamente reprimir la disidencia en el campo republicano. El gobierno de Stalin no permitiría que las maniobras soviéticas quedaran bajo el desconocimiento de Moscú.
“Había una importante necesidad de información militar sobre las actuaciones soviéticas en la Guerra Civil. Stalin no dejó nada al libre albedrío”, destaca Miralles. Tal era el control de todos los miembros del Ejército Rojo, que a mediados de 1937 ya se consideraba al NKVD como una especie de oficina ajena al Ministerio del Interior, conocida como Grupo de Información. Paulina Abramson, hermana de Adelina, recuerda en aquellas circunstancias, como eran las entrevistas, a modo de manual, para entrar a formar parte del servicio de traducción. El requisito se adivinaba en una sola pregunta: ¿Sabe usted callar?

Una labor enigmática y comprometida
Tras su llegada clandestina a España, Adelina Abramson consigue establecerse en el Hotel Metropol de Barcelona donde recibiría instrucciones para ser trasladada por los servicios soviéticos a Valencia. Tenía entonces 17 años. Por sus conocimientos de español, nació y vivió su infancia en Argentina, se le destina como intérprete y traductora en la Aviación para el Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas de la República, con sede en Albacete.
En su libro de memorias, Mosaico Roto, Adelina narra cómo el general Douglas le propuso un singular destino. “Para mí la pregunta era enigmática pero me fascinaban las palabras trabajar en la aviación. Inmediatamente consentí”. Recuerda cómo en un principio el servicio soviético la quiso mandar como responsable de un grupo de guerrilleros. Sin embargo, su carácter frágil, que ella misma asemeja a un tango argentino de su infancia, no era el adecuado para acompañar a nadie en esta arriesgada aventura, aunque su atuendo demostraba lo contrario; una chaqueta negra de cuero era su seña de identidad.
Durante aquellos meses de lucha contra el fascismo, su trabajo permitió entablar amistad con los pilotos, mecánicos e ingenieros españoles y soviéticos. La barrera cultural que existía entre ambos grupos arranca en la memoria de esta nonagenaria alguna anécdota jocosa, como la que le sucedió con el General Grigoriev en un curso para capacitar pilotos de bombardeo. “Al terminar su explicación, el coronel preguntó '¿Está claro?'. Se produjo un silencio sepulcral. En ese momento, uno de los futuros pilotos intentó cortejarme con una pregunta. El coronel me pidió que tradujese lo que me había dicho. Ante una risa general, no me atreví a responder”.
Un año más tarde, Adelina volvería a la tierra del frío. Su labor en España la haría merecedora de la máxima condecoración por méritos militares en la URSS: la Estrella Roja. Aunque Adelina Abramson, su hermana Paulina, y otras tantas mujeres que actuaron como traductoras en la Guerra Civil, no son nombres conocidos de la historia. Todas ellas tuvieron la modestia de los héroes que caen en el olvido.

Link: http://es.rbth.com/articles/2012/10/05/traductoras_rusas_en_la_guerra_civil_espanola_20517.html

lunes, 24 de noviembre de 2014

Fernando Ortiz Echagüe: Un periodista, un diario, un país

Por José Claudio Escribano | LA NACION, Viernes 19 de julio de 2013

Hay ocasiones en que el apotegma de que "nada es más viejo que el diario de ayer" resulta pavorosamente cierto y, además, de una tristeza que consterna.

Fernando Ortiz Echagüe
Las noticias que pudieron bullir en los comentarios de la sociedad a lo largo de días, semanas, meses, e incluso, de años, suelen difuminarse después, testadas por el tiempo, hasta casi no quedar rastros de ellas. Otro tanto acaece con la memoria de periodistas que hicieron de sus críticas y reportajes en publicaciones cotidianas, o de más morosa frecuencia, acontecimientos de tal o cual época. El hallazgo casual, o la búsqueda afanosa, impulsada por alguna referencia feliz, en las páginas amarillentas de periódicos y revistas, pueden rescatar para la memoria colectiva tesoros ahí labrados, que ha de valorar el intelecto y lo agradecerá en homenaje a quienes fueron los artífices así desenterrados.

Nada encaja mejor, respecto de tan penosos olvidos, que el nombre de Fernando Ortiz Echagüe. Este periodista nacido en España, en 1893, fue el más grande, el más versátil, el que accedió con impecable naturalidad a las más reservadas fuentes informativas de la Europa de las dos grandes guerras. Se lució como ninguno en la pléyade de corresponsales en el exterior de los diarios argentinos del siglo XX, entre los que hubo casos de estatura inmensa, como el de Constantino del Esla, enviado a Madrid por LA NACION, durante la contienda civil de los mil días. Y, sin embargo, qué decepción, qué imperdonable incuria generalizada, porque de otra manera no se explicaría la respuesta que recibí días atrás al confiarle a un historiador de indiscutida relevancia que estaba revisando artículos de Ortiz Echagüe. Aquél contestó, con curiosidad: "Háblame de él, que no sé nada".

Temía una perplejidad como ésa, a pesar de que los cablegramas de este periodista habían resonado en más de una generación de argentinos. La obra de Ortiz Echagüe se encuentra diseminada, con invariable calidad y sustancia, en miles de páginas de LA NACION, pero no de una manera anónima. Figura, con su firma, precediendo la data de las capitales eminentes del Viejo Mundo desde las que despachó, entre 1918 y 1941, telegramas que concernían a la guerra, a la paz y a los entretelones bélicos que alistarían una vez más para el combate a esa Europa suicida cuyas guerras él mismo volvería a cubrir con sus notas, desde 1939, por segunda vez.

Era ésa la Europa enloquecida por el delirio de Hitler y Mussolini, la Europa entrampada en la defección de reyes, burgueses y proletarios y la Europa sujeta a debilidades humanas que tanto impresionaron al corresponsal del diario cuando en agosto de 1940, en Riom, el régimen de Philippe Pétain constituyó una Corte Suprema especial para juzgar a los supuestos responsables, civiles y militares, de la precipitada caída de Francia y del gobierno, entre liberal y socialista, del primer ministro Paul Reynaud: "El pueblo -escribió Ortiz Echagüe- quiere arrojar por la roca Tarpeya a los hombres que aclamaba en el Capitolio. Los pueblos son así: quieren vengar cada desastre buscando víctimas expiatorias para persuadirse a sí mismos de que ellos están libres de culpa".

Francia se negaba en ese momento a perder más sangre y prefería rodear antes al mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra, que al general de la resistencia a ultranza, Charles De Gaulle. Ortiz Echagüe caracterizó a los protagonistas del gran conflicto con oficio único, en crónicas certeras y bellamente escritas. Se hacía tiempo, además, para escribir sobre la frivolidad alegre de los espectáculos y las modas, a las que Europa no renunciaba en medio de terribles padecimientos. Traía al conocimiento de los lectores, también, lo que deparaban de antiguo y de más moderno los museos aún abiertos y lo que pensaban, con las abstracciones de lo eterno, sus poetas y filósofos, o lo que producían novelistas y científicos. La vida continuaba, como han atestiguado los diarios personales del capitán Ernst Jünger, uno de los más profundos escritores alemanes del siglo XX, que en nombre del Ejército del Tercer Reich ofició en París, hasta 1944, en calidad de enlace con la intelligentsia francesa.

Ortiz Echagüe había llegado a Buenos Aires, en 1911, sin otra provisión que un modesto equipaje. En 1918, después de trabajar en LA NACION, primero como cronista destacado ante el Ministerio de Agricultura, situado entonces en Florida y Lavalle, y luego como traductor de cables noticiosos, fue designado corresponsal general en Europa, con sede en París. Hombre de mundo, de relaciones infinitas y vida social ceñida a las convenciones tan rigurosas como pomposas de esa larga época, cuyas luces se apagaban sin que muchos lo advirtieran, en su vestuario de periodista disponía de tres fracs: uno, para las recepciones en París; otro, en Londres, y el tercero, en Madrid.

La liviandad de esa mención, en los tiempos desestructurados que corren, adquiere, desde otra perspectiva, relieve histórico. Sólo se trata de circunstanciarla en relación con la influencia mundial de la Argentina en los años veinte, con la paridad de entonces de diez centavos de peso por cada franco francés que se recibía y con el asombro con el cual Louis-Ferdinand Céline anotaba, en su célebre Viaje al fin de la noche , las juergas costosas de argentinos, que todo lo podían, copando por las noches la parada en los cabarets de Montmartre.

Convendrá registrar, por añadidura, otro dato verdaderamente inverosímil a esta altura del devenir nacional.

Compartamos, pues, con el lector algo que se halla bastante perdido hasta en la memoria interna de este diario. Luego de haber ocupado LA NACION, algo antes de 1910, un subsuelo en la rue Richelieu, se trasladó a la rue Eduardo VII, donde tras permanecer unos años, recaló en Champs-Elysées. Desde esas oficinas, con treinta metros de frente que daban a la vereda misma de lo que se cotiza como uno de los puntos urbanos cumbre en las valuaciones mundiales del metro cuadrado de edificación, se recortaba a escasa distancia el imponente Arco de Triunfo.

Las ocho letras de LA NACION fulguraban, rotundas, en la fachada de esa planta baja. Si hasta parece cuento, de no hallarse uno con el recorte a mano, lo que Ortiz Echagüe decía en una correspondencia referida a esa marquesina: "LA NACION basta. No es preciso agregar Buenos Aires, pues todo París sabe que LA NACION es el gran diario argentino". ¿Acaso algún bufón del poder imagina, por patológica que fuere su confianza en la extraña teoría de que en el Centenario la Argentina no era nada, que una empresa, una secretaría de Estado, una provincia, un ministerio de la Nación podría revestirse hoy, como proa visible de una soñada potencia nacional, con el esplendor de aquellos treinta metros sobre la vereda de Champs-Elysées?

LA NACION era, simplemente, lo que era el país, y los grandes protagonistas de Europa se abrían, sin reticencia, a su corresponsal general, que había visto desfilar en 1918 a los mariscales franceses Joffre y Foch al frente de sus tropas vencedoras y había presenciado, a bordo del acorazado británico Dreadnought, la rendición a los aliados de la altiva flota alemana, formada por más de 300 unidades, en el mar del Norte. En diciembre de 1932, Ortiz Echagüe escribía desde Polonia: "Aquí está preparada la mecha de la próxima guerra. ¿Quién la encenderá?" Y prevenía, a comienzos de 1938, con referencia a los Sudetes: "?si Hitler hiciera contra Checoslovaquia el acto irreparable, todo sucedería otra vez como en 1914, aunque en plazo más corto". La suerte de Europa pudo haber sido otra si Neville Chamberlain y Edouard Daladier hubieran pensado de igual modo, absteniéndose de firmar con Hitler en 1938, en nombre del Reino Unido y de Francia, los acuerdos de Munich.

En 1940, ocupado París, Ortiz Echagüe sigue al gobierno, ahora encabezado por Reynaud, en la retirada a Burdeos. Cada crónica de los sucesos constituye una reconstrucción antológica de acontecimientos que conmovían al mundo. Cae el gobierno de Reynaud y asume el mariscal Pétain, que negocia un armisticio por separado con Hitler, mientras De Gaulle, desde Londres, llama a la resistencia y al honor francés.

La censura impone un paréntesis al corresponsal, que reaparece en agosto con la publicación en serie de despachos diarios que le han sido retenidos. Extraigo, entre ese material, una perla atesorada en circunstancias en que el gobierno de la zona francesa no ocupada preparaba su instalación en Vichy. Concierne a la respuesta de Pétain, conocida de primera mano por Ortiz Echagüe, a los enviados de Churchill, que desesperando por evitar el armisticio unilateral de Francia con Hitler, increpan al viejo mariscal por la inminente violación de compromisos que París y Londres tenían contraídos desde antes del estallido de la guerra, el 1de septiembre de 1939: "Estos no son momentos para invocar tratados".

Ortiz Echagüe escribió dos libros: Pasajeros, correspondencia y carga y Al Senegal en Aeroplano . Ambos recrean notas que había publicado LA NACION. En el último, el cronista aborda en su relato uno de los aparatos Breguet, de comienzos de la aviación comercial, con la cesta llena de bebidas y comestibles que le ha preparado para el viaje la dueña de una pensión de Tolouse. Eran vuelos de muchas horas para distancias cortas y nadie había pensado todavía que las azafatas y el catering estaban llamados a cumplir servicios importantes en el espacio.

Entre 1941 y 1946, Ortiz Echagüe fue corresponsal del diario en Nueva York. En octubre, de este último año, viajó una vez más a París. En la madrugada del día 9, abrió las ventanas de su habitación en el Hotel Lancaster y se arrojó al vacío. Se encontraron sobre la mesa de luz soporíferos y hubo testimonios de que sufría de insomnio.

En octubre de 1985, se presentó en mi oficina de entonces secretario general de Redacción de LA NACIONuna mujer alta, elegante, de unos cuarenta años. Era la única hija de Ortiz Echagüe, María Dolores. Me dijo que estaba casada con el secretario de Asuntos Culturales del Partido Socialista francés. Gobernaba en Francia François Mitterrand. María Dolores pidió revisar el Archivo del diario, hurgar entre recortes y colecciones de la época. Así lo hizo, con el convencimiento de que a su padre lo habían asesinado elementos remanentes de la Francia colaboracionista, "pues sabía demasiado".

Ironías del destino. Dos de los principales datos personales de quien escribió a lo largo de la vida con maravillosa exactitud han sido imprecisos: a la información sobre su nacimiento en Logroño, se opuso con no menos vigor la leyenda de que había llegado a este mundo en San Sebastián; ante la información oficial de la policía francesa de que "la hipótesis del suicidio es la única admisible", su hija y algunos amigos contestaron con la denuncia de un crimen.

Nunca, en todo caso, sabremos la verdad incontrovertible sobre su muerte. Tal vez el misterio trágico cuadre como apropiado colofón para esa novela, plena de aventuras, que fue la vida de quien será recordado, junto con sus hermanos José, uno de los más destacados fotógrafos españoles del siglo XX, y Antonio, pintor de reconocida valía, en la muestra "La luz, el color y la palabra", que se inaugurará el 30 del actual, en el Museo Fernández Blanco. Estará abierta hasta el 29 de septiembre.

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