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viernes, 14 de julio de 2017

Clemente Cimorra

Clemente Cimorra nace en Oviedo el 29 de mayo de 1900 y fallece en Buenos Aires en 1958. Periodista y militante de Partido Comunista de España, es redactor de Mundo Obrero, y pertenece a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En colaboración con su hermano Eusebio, escribe el drama Acusación (1932), sobre la situación del proletariado en Cataluña. En julio de 1937 su cuento Cante y silencio en Sierra Morena, obtuvo el primer premio del concurso de cuentos de guerra organizado por el diario Heraldo de Madrid, uno de los de mayor circulación de España. Sus crónicas periodísticas de guerra fueron recopiladas en dos volúmenes: España en las trincheras y Héroes del Pirineo español. En el primer volumen, correspondiente a las crónicas de los primeros meses de la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco, denuncia la invasión sufrida por España por tropas alemanas e italianas y exalta el espíritu de sacrificio y de lucha de los defensores de la libertad. En el segundo, relata la resistencia del pueblo español y su voluntad de lucha, así como, la retirada de la 43ª División a territorio francés, criticando con dureza el comportamiento de las democracias occidentales.

Clemente Cimorra llega a Buenos Aires a bordo del vapor francés “Massilia”, que había partido de Pellice (Francia) el 18 de octubre de 1939, con destino a Santiago de Chile y que arriba al puerto de Buenos Aires, sin permiso de desembarco, el domingo 5 de noviembre, consiguiéndose que un numeroso grupo de intelectuales españoles de los que trasladaba pudiera desembarcar en Buenos Aires. En la ciudad porteña se exilia de modo definitivo. Fue colaborador de Pensamiento Español, revista del exilio aparecida en 1942. También pertenece al Centro Republicano Español de Buenos Aires. Con su ensayo La obra asturianista de Jovellanos, participa en el Homenaje a Jovellanos del Centro Asturiano de Buenos Aires en el bicentenario de su nacimiento, junto con otros destacados intelectuales del exilio, Francisco Ayala, Ángel Ossorio y Gallardo, Claudio Sánchez Albornoz, entre otros. Clemente Cimorra, como tantos otros, luchó por la legalidad democrática y por la defensa de la libertad. Y como nos dijo el escritor ovetense: “Eran los mejores hijos de España”.

Página original: http://www.libreriausados.com.ar/Biografias/Clemente-Cimorra.html


sábado, 8 de julio de 2017

Pablo Suero, el gijonés que entrevistó a una España que olía a guerra

El reportero, con pasaporte argentino, amigo de Lorca y de Gardel, vivió en 1935 las convulsiones de un país abocado al desastre

Oviedo, Eduardo García - lne.es
Domingo 02 de agosto de 2009

Federico García Lorca y el periodista Pablo Suero en 1936
Cuando el periodista Pablo Suero desembarca en España con un montón de proyectos de entrevista bajo el brazo, el país afilaba las guadañas. Era el año 1935, en vísperas de las elecciones de febrero. Suero tenía pasaporte argentino pero había nacido en Gijón, hijo de una familia emigrante. Se convirtió pronto en todo un personaje en Buenos Aires. Se ganó la vida como reportero y crítico literario, fue dramaturgo y director de escena. En 1936 se fijó en una joven actriz y la contrató para su compañía teatral. Se llamaba Eva, y años después pasó a la Historia por su apellido de casada: Perón. Suero escribió memorables letras de tangos para su amigo Carlos Gardel, y en Buenos Aires acabó haciendo otro amigo ilustre, Federico García Lorca, a quien en 1935 visitó en su casa familiar. Tras la muerte del poeta, poco tiempo después, Suero recordaba las palabras de la madre de Federico hablando de las elecciones del 35: «Si no ganamos, ya podemos despedirnos de España. Nos echarán, si es que no nos matan».

Aquellas entrevistas y crónicas que el asturiano Pablo Suero realiza en España en tiempos de preguerra demuestran la influencia del periodista. Lo reciben Manuel Azaña, Largo Caballero, Gil Robles, Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera e Indalecio Prieto, entre otros políticos de primera fila de la época. Ahora, el trabajo periodístico de Suero en España ve de nuevo la luz en forma de libro titulado «España levanta el puño. Palabras al borde del abismo». Lo de España levanta el puño viene a confirmar la ideología del periodista, que no tiene inconveniente en proclamar en cada crónica. Lo que se dice información militante. El gran icono de la derecha hispana, José María Gil Robles, accede a saludarle pero no le concede ni una sola declaración, quizá conociendo por dónde iban los tiros. Suero se venga con una crónica despiadada: «su oratoria es pobre de ideas y confusa, en ella se descubren acusados síntomas de mesianismo. Carece de brillantez, de ideología y se enreda en una sintaxis maltrecha».

La entrevista antes citada con el dirigente socialista asturiano es una de las más esclarecedoras. «Desde humilde taquígrafo de diarios se encumbró hasta las alturas del gobierno, pero para ello pasó por todos los avatares de la conspiración y de la revuelta», señala Suero a la hora de perfilar a «don Inda». El encuentro tiene su historia. En aquel momento Prieto estaba en busca y captura por sus responsabilidades en la locura de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias. La Policía le buscaba o, al menos, hacía que le buscaba. Prieto se encuentra oficialmente escondido y hasta allí dice Suero que le llevan, tras un largo y fatigoso viaje en automóvil.

Era todo mentira. Indalecio Prieto vivía en su propia casa, en la madrileña calle Carranza, justo en el piso de arriba de la sede de «El Socialista». O la Policía miraba para otro lado o era un ejemplo de incompetencia manifiesta. Lo del cuento del viaje fue producto de la negociación con el periodista para no dar pistas. O mejor, para dar pistas falsas.

Ante las inminentes elecciones de 1935 que iba a acabar con Gil Robles, líder de la CEDA en la poltrona de un ministerio, Indalecio Prieto criticaba el programa republicano «tan moderado y conservador que sería un programa de derechas en cualquier otro país». Y cantaba las virtudes de la flexibilidad socialista: «Nosotros hemos cedido puestos en todas las provincias, no podemos ceder más sin el riesgo de desaparecer como partido. No tenemos la culpa de que España sea una República sin republicanos».

Suero proclama que a don Inda el pueblo le quiere, «de él procede», y recuerda cómo salvó la frontera «del modo misterioso y hábil que él únicamente domina» cuando el fracaso del Octubre del 34.

Asturias vuelve a estar presente en la entrevista que Suero le hace al dramaturgo Alejandro Casona, en aquel momento encaramado a la fama tras el apoteósico estreno de «Nuestra Natacha». «La obra -dice el periodista gijonés- tuvo un éxito clamoroso de público y de crítica. Esto último haciendo salvedad de la crítica de derechas, pues aquí hasta el arte tiene color político y se banderiza». Casona le cuenta sus inicios, el estreno de «La sirena varada» con Margarita Xirgu al frente del plantel. La actriz no estaba ni medio convencida de la obra, pero fue todo un pelotazo teatral. Alejandro Casona habla claro: «Yo respeto a los viejos valores como Benavente, los Quintero, Arniches. Ellos solos de por sí son un teatro. Pero creo también que han cumplido su ciclo». La crítica a los que venían detrás de ellos es todavía más acusada: «La generación intermedia es servil y de una vil pereza mental. No ha hecho más que bastardear lo creado». Para el dramaturgo de Besullo, la nueva generación estaba encabezada por García Lorca, y añadía entre los más destacados a otro asturiano ilustre, Valentín Andrés Álvarez, que ya había estrenado «Tararí».

A Dolores Ibarruri «La Pasionaria», Pablo Suero la visita en la cárcel. Es tiempo de República. El periodista la define como «una mujer alta, esbelta, de cabellos grises, de frente despejada, de rostro bello surcado por hondas arrugas de pesar. Tiene una extraña dulzura en sus ojos castaños y una suavidad de terciopelo en su voz sin crispaciones ni cóleras».

La causa de la detención de Pasionaria tiene que ver con Asturias, según cuenta ella misma. El escenario histórico, los meses inmediatamente posteriores a la Revolución de 1934: «Íbamos en un automóvil recorriendo los pueblos. A cada instante nos hallábamos ante el temor de las pobres gentes que enmudecían por miedo a la represalia de las autoridades. Asturias parece una cárcel todavía hoy. Nos detenían en los puestos policiales, en las carreteras. Me acompañaban unas señoras de la localidad, muertas de miedo. Los guardias, felizmente, no eran de los más avisados. Unos preguntaban: "¿Entre ustedes no hay un escritor?". "No". "¿Alguna de ustedes no es Pasionaria?". Aquí un movimiento de mis compañeras me vendió. Entonces yo dije: "Sí. Pasionaria soy yo". "Tenemos orden de detener a Pasionaria". "Pues tómenme", les dije"». La dirigente obrera tenía como misión localizar y reunir huérfanos de la Revolución asturiana.

La primera edición de «España levanta el puño» es de diciembre de 1936, ya con un país roto y desangrado. Aún quedaba lo peor. El prologuista de aquel bautizo literario, el novelista bonaerense Enrique González Tuñón proclama que «Pablo Suero está con la España que escribe, piensa, trabaja, construye».


Página original: http://www.lne.es/sociedad-cultura/2009/08/02/pablo-suero-gijones-entrevisto-espana-olia-guerra/790192.html


domingo, 3 de abril de 2016

Semblanza del Dr. González-Aguilar

Dr. Juan Bautista González-Aguilar Peñaranda (Moratalla, Murcia, 1892 - Córdoba, Argentina, 1951). 

Dr. Juan González Aguilar
y su esposa
Licenciado en Medicina en 1918. Tesis: Los resultados de las suturas de los nervios periféricos (Universidad Central de Madrid, 1927). En 1921 alcanza el grado de teniente médico de la Armada y en 1926 es agregado a la Clínica Ortopédica que dirige el Dr. Manuel Bastos en el Hospital de Carabanchel. Sus viajes de estudio son constantes gracias a la confianza que deposita en él la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), semillero de las personalidades médicas que dieron cuerpo a la Edad de Plata de las Ciencias Españolas, de la que la Casa de Salud Valdecilla fue buque insignia. Ésta se inaugura el año 1929 y el Dr. J. González-Aguilar, con 37 años, es seleccionado como profesor jefe de la Clínica de Huesos y Articulaciones. En Santander despliega una ingente labor clínica, docente y de investigación. Gana por oposición la dirección del Sanatorio de Isla Pedrosa, dedicado a la lucha antituberculosa, que compatibiliza con su actividad en Valdecilla. En 1937, con la toma de las tropas franquistas de la ciudad de Santander, su familia se exilia a Argentina en barco de bandera francesa. En fecha indeterminada lo hace él, probablemente en los primeros meses de 1939.

En 1941 el Dr. J. González-Aguilar es nombrado jefe del Servicio de Tuberculosis Osteoarticular en el Instituto de Tisiología de la Universidad Nacional de Córdoba dirigido por el Dr. Gumersindo Sayago. Fallece en Córdoba, Argentina, en 1952.

Página original: http://semillerovaldecilla.blogspot.com.ar/2015/06/semblanza-del-dr-gonzalez-aguilar-y.html

lunes, 25 de mayo de 2015

Sobre el exilio matemático de la guerra civil española (y II)

Javier Peralta
Universidad Autónoma de Madrid
Revista Suma, número 57, febrero 2008, pp. 9-22

En el presente artículo se realiza un estudio sobre los matemáticos que emigraron de España a consecuencia de la guerra civil, que va acompañado de pequeñas biografías de la mayoría de ellos, y de un comentario sobre las razones que motivaron su marcha. El trabajo, centrado principalmente en los profesores de la Universidad de Madrid –entonces la más importante y con mayor poder de decisión–, se completa con un análisis de la situación matemática en las décadas anteriores, y con unas notas acerca de las depuraciones y cambios estructurales realizados al finalizar la contienda.

La mayoría de los intelectuales españoles exiliados se estableció en distintos países americanos; buena parte de los ellos lo hizo en México, y el resto en Argentina, Chile, Colombia, Cuba, República Dominicana, Venezuela y Estados Unidos. Y la acogida de unos y otros generalmente estuvo propiciada por el prestigio particular del personaje, por conexiones profesionales creadas antes de la contienda, por relaciones personales con otros intelectuales ya instalados en esos países o, cuando menos, fue amparada por la mediación de instituciones especialmente creadas con ese objetivo.

Artículo completo: http://revistasuma.es/IMG/pdf/57/009-022.pdf


lunes, 2 de marzo de 2015

El dolor medido en tiempo y distancia

Fotógrafo Gustavo Germano
El fotógrafo Gustavo Germano presentó Distancias, la secuela de un trabajo iniciado con Ausencias y que refleja las distintas formas de persecución que utilizan las dictaduras contra sus opositores. La exposición retrata, entre otros, el caso de dos exiliados que viven desde hace más de cincuenta años en Rosario. El año próximo se exhibirá en el Museo de la Memoria.

Por Juan Cruz Varela - Página/12 - 7 de octubre de 2012

Desde Paraná

Ya desde la época de los antiguos griegos el exilio político ha sido una constante en la historia de la humanidad. El imperativo de emigrar como alternativa de supervivencia; un viaje donde las valijas no tienen más que dolor, tristeza y sobre todo el pánico, la desesperación y el vértigo propios de los tiempos marcados a fuego por el autoritarismo.

Hubo muchos que no pudieron elegir, que fueron persuadidos o empujados al exilio; algunos simplemente no tuvieron tiempo; y otros directamente prefirieron correr el riesgo y pelearla desde adentro. La guerra civil española que se sacudió a ese país entre 1936 y 1939 y la dictadura franquista que se extendió hasta 1975 dejó un pueblo diezmado y una España -como dice el poeta-, la republicana, debió refugiarse.

Eso refleja Distancias, la segunda parte de una trilogía donde el fotógrafo entrerriano Gustavo Germano trabaja con las formas de persecución y exterminio que las dictaduras utilizan contra sus opositores. Es la secuela de Ausencias, ese brillante trabajo donde muestra de manera brutal el impacto de la desaparición forzada de personas en la Argentina; y la precuela de un trabajo que vendría a completarse con la privación ilegal de la libertad en las cárceles o centros clandestinos de detención en la actualidad.

A partir de 2008, Germano se entrevistó con exiliados republicanos españoles que abandonaron el país y ya no volvieron. Intelectuales, obreros, empleados, profesionales, estudiantes, docentes pasaron por innumerables ciudades del mundo. La mayoría quedó en Francia, una parte muy grande fue a parar a México, otros a la Unión Soviética, Chile y unos pocos a la Argentina. Para ellos no había otra opción, era una opción de vida, de sobrevida, a pesar de lo que significaba estar lejos. "Uno, cuando piensa en el exilio, remite al momento de la partida, pero el verdadero dolor del exilio lo marca el tiempo", señaló Germano, desde Barcelona, en diálogo con Rosario/12.

Las imágenes muestran los rostros juveniles previos a la partida y luego sesenta, tal vez setenta, años después. Las dos fotografías, expuestas una al lado de la otra como gigantografías, con ellos en la misma pose, muestran el transcurrir de una vida entera y eso conmueve, eriza la piel. Eso refleja la muestra conjunta Ausencias + Distancias que el viernes se presentó en el Museo Provincial de Bellas Artes Pedro E. Martínez de Paraná, donde permanecerá algunas semanas más y desde allí iniciará su itinerancia que la llevará el año próximo al Museo de la Memoria de Rosario.

El exilio de la legalidad

Las fotografías ponen en evidencia el tiempo transcurrido desde aquel exilio forzado y más: es el tiempo y la distancia que hay entre aquel que se fue de la tierra que lo vio nacer y a la que nunca más volvió y el hoy. Son el tiempo y la distancia del exilio. Son las historias de Carmen Alonso de Fernández y Carlos Pereda Elez-Villarroel -y tantos otros-, que hace muchos años eligieron a Rosario para vivir y, seguramente, para morir.

"El caso del exilio republicano es paradigmático por diversas razones: una de ellas es que no fue el exilio de un grupo político sino de la legalidad. La Segunda República Española existía y hubo un golpe de Estado, que tardó tres años en consumarse y eso fue la guerra civil. Algunos murieron, otros estaban presos y otros se fueron. Esa es la España que se fue, 500 mil personas que cruzaron las fronteras, todo un país", resumió Germano sobre la gestación de Distancias, un proyecto que lo llevó a recorrer cinco países buscando esas historias.

-¿Cuándo empezaste a trabajar con Distancias?

-Una vez que Ausencias empezó a rodar, unos meses después, viendo este paralelo de imágenes y la temporalidad que funcionaba para hablar de la desaparición forzada de personas, empecé a pensar si esta mecánica de trabajo podía servir también para indagar acerca de otros métodos que han utilizado las dictaduras para perseguir a los opositores. Porque las dictaduras no solo matan y desaparecen, también encarcelan y destierran.

-Dentro de ese multicolor de gente que fue expulsada al exilio, ¿cómo armaste el criterio de selección de las fotografías?

-Lo que busqué fue hacer un mapa, no solo del destino, sino de algo que también iba emparentado con el origen político de los exiliados: la gran mayoría de los anarquistas quedaron en Francia, porque no tenían capacidad operativa ni partidos políticos que les gestionaran su salida hacia otros lugares, y ellos fueron los que peor la pasaron porque enseguida se chuparon también la segunda guerra mundial; a Rusia fueron a parar los más vinculados con el Partido Comunista; México fue el más abierto en cuanto a la cantidad y a la formación política de la gente que recibió. Y en cuanto a la Argentina, siempre tuvo mucha tradición republicana, pero cuando terminó la guerra civil estaba (Roberto) Ortiz como Presidente y dispuso el cierra de las puertas al ingreso de ciudadanos españoles, entonces mucha gente entró al país diciendo que estaban en tránsito, a Bolivia o Chile por ejemplo, y algunos se quedaron. Pero la acogida que hubo a los exiliados de la guerra civil española no es para nada significativa.

-Ausencias en parte es el reflejo de tu historia personal, ¿hay también algo de ello en Distancias?

-Hay un punto que no tiene comparación: yo estoy acá por decisión propia y puedo volver en cualquier momento. Es cierto que también hay otros tipos de exilios, como el exilio económico de aquellos que se ven empujados a buscarse la vida en otro lugar porque no lo encuentran en su tierra y eso tal vez me sirvió para reflexionar sobre la distancia. Creo que en Argentina el exilio no está visto como un castigo tan tremendo y realmente me parece muy injusto. El destierro es una de las formas más antiguas de castigo y en el caso del español, y particularmente de los casos que yo retraté, se torna más dramático y alcanza su verdadera dimensión porque nunca más pudieron volver.

Link original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-35890-2012-10-07.html


lunes, 23 de febrero de 2015

De la Guerra Civil Española hasta Rosario sólo por amor

La historia de Carmen, quien se enamoró de un soldado republicano que se refugiaba en su casa cuando era niña.

Por Arlen Buchara.- El CiudadanoWeb
Publicado el 4 febrero 2013

“Mi marido siempre me decía que hay que festejar el día que naciste. Yo nací el 2 de abril de 1926 pero me anotaron el 21, porque en ese entonces en España no te daban el día en el trabajo para ir al Registro”. Carmen nunca dice Manuel, ni tampoco Manuel Fernández León y mucho menos Comandante Flórez. Carmen dice: “Mi marido”, como si estuviera ahí cerca, a punto de aparecer por la puerta, aunque hace ya muchos años que partió.

María del Carmen Alonso Fernández es de Oviedo, Asturias, del barrio de Latores. En realidad lo fue hasta los 28 años, cuando emigró a la Argentina para cumplir con una promesa hecha 6 años antes a Manuel, quien lograba, por fin, salir de España en un barco atunero con dirección a Francia, luego de 11 años de fugitivo en las montañas de Asturias.

“Cuando llegó la guerra yo tenía 10 años. Fue muy feo, porque las guerras no son buenas nunca, no tendrían que existir. Los primeros días éramos 4 familias refugiadas, estábamos en una casa grande, vieja, antigua. De noche se estiraban los colchones y de día se ataban”, cuenta la española, con un acento tan marcado que pareciera que no pasó un día desde su desembarco. “Nosotros éramos socialistas, mi padre era socialista y mi madre también”, cuenta. Durante la guerra y varios años después, en la casa de Carmen se refugiaban ex soldados de la República, ahora guerrilleros. Muchos de ellos vivían clandestinos en las montañas, y paraban algunos días en casas de familia para comer, lavarse, y tratar de dormir sin sobresaltos. “A veces venían 4 ó 5 fugitivos que buscaban para enlazar con otros y organizar la lucha clandestina. Mi padre nos decía: «Dejen la cama para estos hombres que no duermen nunca en cama. Ustedes duerman en el piso», y dormíamos en el piso”, viaja hacia atrás Carmen. Y uno de estos hombres era Manuel.

Manuel Fernández León, conocido como el Comandante Flórez, fue un guerrillero asturiano que combatió en distintos frentes durante la Guerra Civil Española. Cuando cae Asturias, en 1937, se traslada a las montañas junto con otros revolucionarios y permanece en la clandestinidad por 11 años. Durante ese tiempo, la casa de Carmen era uno de sus refugios.  “Yo tenía 13 ó 14 años cuando lo conocí y no me pasaba nada. Yo era una niña, jugaba todavía con las muñecas”. Manuel era 20 años mayor que Carmen, pero “fue creciendo el tiempo”.

“Cuando yo ya era una señorita tenía varios pretendientes, pero no me enamoraba ninguno, no había caso”, cuenta la española. Uno de los pretendientes era un hermano de un amigo de Manuel. “Mi marido me decía que no me ponga con ése, que era un borracho, pero eso era mentira: lo que pasaba es que él ya me había puesto el ojo”, cuenta.

Por ese entonces, la situación de España era cada vez peor. “La persecución política era muy fuerte, mataban y torturaban gente todo el tiempo, y a nivel económico era terrible”. La familia de Manuel se había exiliado en Francia, su padre era un reconocido sindicalista, ya veterano, y con ayuda de organizaciones de mineros ingleses habían logrado salir y establecerse en el país vecino. Desde Francia consiguieron que un barco atunero que iba a Asturias juntara a los fugitivos que quedaban en el puerto y los sacara del país. Se reunieron 29 personas, que viajaron a pie durante dos noches, en plena oscuridad, para no ser descubiertos. Hasta que llegaron a la costa. “Un amigo que se casaba les dijo que iba a hacer la fiesta de despedida de soltero esa noche y los iba a invitar a los de la Guardia Civil, así podían salir tranquilos”, recuerda Carmen.

“Antes de marchar, le tuve que alcanzar unas cosas a donde él estaba, y ahí fue me que dijo: «Bueno, mañana ya salgo, si te reclamo, ¿vas para Francia conmigo? Yo me caso contigo nada más que llegues allí»”.  Ahí, junto con el exilio, empezó un largo noviazgo por carta. Manuel le escribía haciéndose pasar por una amiga de ella.  Finalmente, en 1951, doce años después del fin de la Guerra Civil y tras dos años de exilio en Francia, Manuel viajó a Argentina, donde tenía un amigo, un compatriota, viviendo en Rosario. Ya establecido en la ciudad, envió a su novia un pasaje en un barco que salía de Barcelona. Un pasaje sólo de ida. Días antes de su partida de España, Carmen recibió una carta del gobierno prohibiéndole salir. Pero  ella ya tenía la decisión tomada: “O me iba o me echaba al mar”, dice. Con esa decisión  se encaminó a Barcelona, arriesgándose a ser detenida. “Cuando soltaron las amarras del barco, pegué un grito y empecé a llorar a todo lo que daba. Todos cantaban «Adiós mi España querida, dentro de mi alma te llevo metida» y yo lloraba a gritos, no me podía contener. Era libre”.

En cada puerto de mar, la asturiana encontraba una carta de su prometido. Finalmente un 27 de julio arribó a las costas rioplatenses. Era 1954. Un mes después, el 27 de agosto, Carmen y Manuel se casaban, en Rosario.

En Argentina las cosas no fueron fáciles. Él trabajó de astillero por un tiempo y luego fue metalúrgico. Ella zurcía medias. Mal que mal, se fueron haciendo lugar en la ciudad adoptiva. Tuvieron dos hijos, en los 60. Y no volvieron a pisar suelo español hasta 1982, después de 40 años de dictadura del “generalísimo”  Francisco Franco. España, al fin, volvía a la democracia. Fue entonces que sus compañeros de lucha les enviaron pasajes para que pudieran regresar y asistir a distintos homenajes que se habían organizado para los sobrevivientes.

Su hija cuenta que de pequeños no tenían la dimensión del lugar de lucha y el reconocimiento que su padre había tenido. “Él tenía un perfil muy bajo, incluso cuando volvió en el 82 contaba algo, pero tampoco demasiado. Es más, se había vuelto bastante pacifista, no tenía esa cosa reivindicativa. Ella sí, como que tiene más garra”, dice sonriendo.

En 1986, poco antes de cumplir 80 años, el Comandante Flórez falleció. “Estaba muy enamorada de él. Y lo sigo estando”, dice Carmen ahora, 27 años después.

Link original: http://www.elciudadanoweb.com/de-la-guerra-civil-espanola-hasta-rosario-solo-por-amor/


lunes, 10 de noviembre de 2014

Alberti y León, los inmigrantes

La Guerra Civil hizo que muchos españoles buscaran amparo en la Argentina; entre ellos, estuvieron el poeta Rafael Alberti y su pareja, María Teresa León. Se quedaron mucho tiempo: desde 1940 hasta 1963.

Se cumplieron 70 años del inicio del exilio en la Argentina de la pareja formada por el poeta Rafael Alberti (1902-1999) y la cuentista y articulista María Teresa León (1902-1999). Llegaron a Buenos Aires el 2 de marzo de 1940, a bordo del Mendoza que había zarpado de Marsella, y partieron a Roma 23 años después, el 28 de mayo de 1963. En esos 23 años rioplatenses refundaron su familia, con la llegada de la hija de ambos, Aitana, y luego con el arribo de Gonzalo, el hijo mayor del matrimonio de María Teresa con Gonzalo de Sebastián Alfaro, de quien se había separado antes de comenzar su relación con Alberti.

En el puerto los esperaba un numeroso grupo de escritores, artistas, periodistas: la escritora y cónsul chilena Marta Brunet, la escultora María Carmen Portela, Margot Portela Parker (hermana de María Carmen y también pintora, la sin par "Malinverno" de las chanzas y de la correspondencia, aún inédita, con Rafael), Sara Tornú -"la Rubia"- y su esposo Pablo Rojas Paz, el abogado Rodolfo Aráoz Alfaro, el director de cine Arturo Mom, Gori y Maricarmen Muñoz, Manuel Ángeles Ortiz. Así lo cuenta María Teresa en Memoria de la melancolía:

Y llegamos al Río de la Plata. [.] ¡Cuánta gente aglomerada, esperando! Vimos subir a una señora joven con gafas que preguntaba y se reía. Tardó muy poco en atropellarnos con sus preguntas: "Rafael Alberti, ¿verdad? Y María Teresa. Soy el cónsul de Chile, por eso me han dejado pasar. Bienvenidos. Me llamo Marta Brunet". [.] Y nos abrazaba, "¡Martita Brunet!", la llamaríamos más tarde. Sólo Martita. No olvido la mirada primera de sus ojos chiquitos de miope. No olvido su voz. [.] Una hermosísima mujer consiguió pasar la barrera y nos abrió sus brazos. "Soy María Carmen." "¿Y Amparito?", seguíamos preguntando, mientras descendíamos cargados de paquetes. No nos contestó María Carmen Portela.

Las palabras de María Teresa León ilustran lo que la importantísima foto hasta hoy desconocida también nos dice: ha llegado el Mendoza, y ahí están, adelantándosenos, intactos, los personajes mencionados por ella, Marta Brunet y, en primer término, María Carmen Portela. Está ausente su íntima amiga, Amparo Mom, mujer de Raúl González Tuñón: María Teresa pregunta y presiente lo que inmediatamente le dirán, que ha muerto hace tres días.

La permanencia de los Alberti en Buenos Aires es aún ilegal, pero el doctor Rodolfo Aráoz Alfaro, esposo en estos años de María Carmen Portela, les sugiere que pidan un permiso de cuatro días para visitar la ciudad, y luego se refugien en su casona de El Totoral, en la provincia de Córdoba. ¿Dónde pasan los Alberti estos primeros días porteños? Una carta de María Teresa a Corpus Barga recientemente publicada (Cartas a Corpus Barga, Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2008), lo revela:

Queridísimos: acabamos de instalarnos en este sereno día de Buenos Aires. Es tanto el dolor y la pesadilla que acabamos de vivir que casi no acierto a escribiros. La pobrecita Amparo murió tres días antes de nosotros llegar. En el delirio sólo habló de nosotros. De las conferencias, de cómo éramos, de cuánto nos quería. [.] Hemos conocido gracias a la generosa simpatía de Amparito una familia asombrosamente buena que nos trata como suyos. El hermano de quien tanto ella hablaba es un hombre admirable. Vivimos con él. Está pendiente de nosotros. [.] Hemos conocido a la pobre madre, y a una amiga maravillosa, María Carmen Aráoz Alfaro. [.] Creo que empiezo a quererla mucho.

Amparo Mom y su esposo, Raúl González Tuñón, habían afianzado su amistad con los Alberti en España y en París. Y había sido Amparo -escritora e intelectual injustamente olvidada- quien había insistido en que Buenos Aires podía ser el lugar adecuado para el exilio de los Alberti. El piso en el que se alojan no bien llegan es precisamente el del hermano de Amparo, Arturo Mom, "Neneo" para los amigos, el director de exitosas películas del momento como Loco lindo, de 1936. Y María Carmen Portela, íntima amiga de Amparo Mom, con quien también había compartido trabajos e inquietudes artísticas y tan injustamente olvidada como ella, será una de las primeras y más importantes relaciones de los Alberti en la Argentina y luego en el Uruguay.

Sigue inmediatamente la estancia en El Totoral: allí,Rafael y María Carmen se tomaron fotos al abrigo del reparador patio de la casa de los Aráoz Alfaro, en las estribaciones de Córdoba. Vale recordar que María Carmen Portela es la escultora de un busto en bronce de su amigo Rafael Alberti).

En El Totoral residirán los aún indocumentados María Teresa y Rafael -con viajes a Buenos Aires, al menos de María Teresa, que se encarga de los trámites para conseguir la residencia- hasta que, con fecha 30 de septiembre de 1940, les es otorgada la autorización de permanencia en el país (Fondos Gonzalo de Sebastián León-Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga) y se instalan en la Capital. ¿Dónde se instalan?

"Y me asomo al balconcillo del primer departamento, calle Tucumán, en una casa de Victoria Ocampo", vuelve a decirnos María Teresa. Pero ya sabemos que no fue así: Rafael y María Teresa vuelven a instalarse en el edificio de Libertad 1693, ahora en el piso 4, departamento B, como lo confirma la carta de María Teresa al poeta Juvenal Ortiz Saralegui del 19 de febrero de 1941 (Rafael Alberti en Uruguay, correspondencia, testimonios, crítica, SECC, 2002). Recién después llegarán a la casa de Victoria, en la calle Tucumán 677-7° C, y todavía faltará el domicilio de Santa Fe 3735, 7° A, antes de arribar, al fin, a la tan querida casa de la calle Las Heras 3783.

En Libertad 1693 -esquina Avenida Libertador-, sobre el bajo de la ciudad, sólo a tres cuadras de Suipacha 1444, la casa de Oliverio Girondo y Norah Lange, pasaron sus primeros tiempos porteños Rafael Alberti y María Teresa León. El edificio de estilo racionalista todavía se conserva (aclaración que siente necesaria cualquier sudamericano): es del año 1935, y uno de sus diseñadores, el ingeniero Adolfo T. Moret (el otro fue Carlos Méndez Calzada), acompañaría a Alberto Bullrich -el mismo arquitecto que creó el Obelisco porteño- en la edificación del Teatro Gran Rex, de 1937, el emblemático edificio de la calle Corrientes.

¿Olvidaron Rafael y María Teresa el primer balcón marinero del exilio argentino? ¿Empañó la nostalgia -o, tal vez, la angustia- la gran vista al Bajo, a las barrancas de la ciudad, al puerto, con el primer verde extendido hasta el río (¿la primera arboleda perdida?), y el Río de la Plata tan inmenso, desplegado como un mar? ¿Olvidaron la primera proa enfilada hacia el otro mundo, hacia la otra orilla?.

Por Irma Emiliozzi
Para LA NACION - Viernes 10 de diciembre de 2010

Link: http://www.lanacion.com.ar/1332204-alberti-y-leon-los-inmigrantes

domingo, 9 de noviembre de 2014

Indalecio Prieto en el Luna Park de Buenos Aires (1939)

MI MISIÓN, ES MISIÓN DE PAZ, DICE INDALECIO PRIETO

Por Leandro R. Reynés
Revista Caras y Caretas, Buenos Aires, 21 de enero de 1939

Leandro R. Reynés, periodista de Caras y Caretas,
junto a Indalecio Prieto
Indalecio Prieto. Así no más. Con sólo el apellido paterno. No hace falta el otro, aunque muy respetable, para individualizar a este Prieto que nos ha enviado como visitante ilustre la España republicana. Porque Prieto, Indalecio Prieto, hay uno sólo. Y es inconfundible. Por su mentalidad robusta. Por su noble corazón. Y por su cuerpo robusto también. Es inconfundible en su físico obeso y pesado. Pero por contraste, es asimismo inconfundible en su inteligencia ágil, en su memoria prodigiosa, en su pensamiento audaz, en su oratoria fogosa y altiva, en su sonrisa de hombre bueno a quien duele, con dolor profundo, la intensa tragedia que está sufriendo su patria. Y es inconfundible en la gran obra que tiene cumplida en España, como periodista, como militante socialista, como legislador, como ministro o como simple ciudadano.
Indalecio Prieto es una de las personalidades más destacadas del socialismo español, Encabezaba hasta antes de la guerra, la fracción reformista del socialismo, en oposición al grupo marxista u ortodoxo que tenía por jefe a Largo Caballero. Siempre sostuvo con integridad su tendencia moderada, y por pretender imponerla en su partido, fue objeto de críticas, de motes y hasta de insultos. Más aún. Después del primero gobierno republicano, surgido como consecuencia de la derrota de la monarquía en los comicios comunales del 14 de abril de 1931; después del gobierno de la CEDA, que dio resurgimiento transitorio de las fuerzas conservadoras, y al llegar de nuevo al gobierno los socialistas, Indalecio Prieto tuvo la visión anticipada del conflicto sangriento que iba a estallar en su país. Lo anunció con antelación. Fue profeta de la desgracia inminente de su España. Y, por serlo, un día lo apedrearon sus propios compañeros de ideas, al retirarse de un mitin famoso, donde se había arriesgado, haciendo caso omiso del halago popular, a predecir la tormenta que iba a desencadenarse sobre su patria, con sombras de dolor y de luto. Se le atribuyeron entonces, dentro y fuera de España, intenciones y propósitos derrotistas. Poco después se cumplía su predicción. Y más tarde, llevado por el desarrollo de los acontecimientos, paso a ocupar el Ministerio de la Defensa de la República, desde el cual desarrolló una obra formidable de organizador y de patriota que hoy todo el mundo reconoce y aplaude. Hoy, Indalecio Prieto, es ídolo del pueblo. Y las mismas multitudes que antes le agraviaron, hoy le rinde tributo de admiración y simpatía, allá, en España, y también lejos de España. El más que entusiasta recibimiento que le dispensó el pueblo de la capital, ha sido una demostración de ello, entre nosotros también lo han sido los agasajos que se le ha hecho y las numerosísimas visitas que ha recibido durante su estada en Buenos Aires.
Por estos motivos, no ha sido fácil entrevistar al líder socialista español. Yo logré que me recibiera, después de algunas tentativas frustradas, precisamente el día que había resuelto no recibir a nadie.
Breve fue la conversación, pero lo suficientemente amplia como para recoger de labios del líder viajero sus impresiones fundamentales.
-Ya conoce usted cuál es mi misión en este viaje por América. He ido a Chile, representando al gobierno de la República Española en la asunción del mando del presidente Aguirre Cerdá, elegido allí por el Frente Popular. Tengo, con respecto a este mandatario, la seguridad de que hará obra beneficiosa para el pueblo chileno. Ahora, en la Argentina, me propongo intervenir en actos organizados por mis compatriotas, con objeto de estimularlos a intensificar la ayuda a España republicana y de conversar con ellos sobre los problemas de la reconstrucción de mi patria, una vez terminada la guerra. América ha contribuido en forma amplia y generosa a afrontar los problemas creados por la contienda al gobierno y a la población civil española. Y América deberá ser la base principal del resurgimiento de España, una vez finalizada la lucha, que será con el triunfo de las armas leales. Espero hallar en mis compatriotas y en los amigos de la República Española en América el apoyo que merece mi patria, puesta en tan duro trance por las circunstancias conocidas. Mi misión, pues, es una misión de paz.
Luego, el señor Prieto tiene un amable recuerdo para Caras y Caretas, y lo sintetiza en un autógrafo, que me entrega complacido. Nos despedimos, y me retiro, dejándole en medio de sus papeles y libros, entregado a la tarea de preparar los discursos que, a estas horas, ya habrá dirigido al país desde el Centro Asturiano y desde el Luna Park.



martes, 4 de noviembre de 2014

Memorias de la Guerra Civil Española, desde una hija eterna del exilio

El drama de los niños que debieron refugiarse en otros países durante la guerra civil es una realidad de la que aún quedan heridas y sobrevivientes. Testimonio y fortaleza de alguien que lo vivió y se anima a revivirlo por medio de la palabra.

Por Gisela Gallego



Conocidos como «Los niños de la guerra civil española», este numeroso grupo de hijos de militantes antifranquistas padecieron el destierro en esa contienda bélica. En la mayoría de los casos, se refugiaron en países que de alguna manera se congraciaron con el gobierno de la segunda república, el cual optó por la evacuación masiva de su población infantil, a fin de evitar los peligros inminentes que corrían los más pequeños y vulnerables.
Se trató de un éxodo infantil sin precedentes: incluyó a más de 30.000 niños que partieron, en su mayoría solos, por tierra o mar, a países como Francia, Bélgica, Inglaterra, la Unión Soviética, México, Suiza y Dinamarca. Muchos de ellos echaron raíces en los pueblos receptores, y se los denominó «los niños que nunca volvieron». Otros fueron repatriados a España, pasado el conflicto armado o muchos años después, tras la muerte del dictador Francisco Franco.
De esos niños sobrevivientes, que hoy rondan entre los 78 y 90 años, actualmente viven en Argentina alrededor de seiscientos.
El Gran Otro tuvo oportunidad de hablar con María Luz Senosiain, una mujer vasca de 81 años, nacida en San Sebastián, que hoy reside en el barrio de La Boca. Ella es testigo y protagonista de este capítulo triste de la historia española contemporánea; sin embargo, se muestra altiva, fuerte y aguerrida, relativizando con su actitud todas las heridas de guerra que inexorablemente lleva en el alma...

Leer entrevista completa en: Revista El Gran Otro - Arte Contemporáneo/Psicoanálisis
http://elgranotro.com.ar/index.php/memorias-de-la-guerra-civil-espanola-desde-una-hija-eterna-del-exilio/


domingo, 19 de octubre de 2014

"Pilar Sánchez Fernández, una mujer en guerra" por Diego Naselli

Entrevista exclusiva a Pilar Sánchez Fernández, española afiliada a la CNT y costurera de uniformes para los defensores de Madrid. Sobreviviente de la Guerra Civil española y emigrada a Argentina junto a su esposo, Florencio Alonso Vega.
Durante la República española, las mujeres recibieron derechos políticos y sociales que les habían sido negados anteriormente pero, con el estallido de la Guerra Civil, las españolas adquirieron nuevos roles y se movilizaron para luchar a favor del gobierno leal. Enroladas como milicianas, se convirtieron en el símbolo de la lucha contra el fascismo y pelearon junto a los hombres en los diferentes frentes de batalla. Para marzo de 1937, el papel de las mujeres en el bando republicano cambió y fueron trasladadas a la retaguardia para realizar actividades de asistencia social.

domingo, 5 de octubre de 2014

Entrevista a Pilar Sánchez Fernández: “Abrieron los talleres porque no había ropa para mandar a las trincheras”

Por Diego Gerardo Naselli
Profesor en Historia

Pilar Sánchez Fernández sosteniendo su retrato.
Este mes de noviembre (2011) se recuerdan los 75 años del inicio de la defensa de Madrid durante la Guerra Civil española y  Huellas de la Historia entrevistó a Pilar Sánchez Fernández, española afiliada a la C.N.T. y costurera de uniforme para los defensores de Madrid, sobreviviente de la Guerra Civil y emigrada a Argentina. Con 92 años de vida, Pilar Sánchez vive en Córdoba desde los ’50 y llegó a Argentina junto a su esposo Florencio Alonso Vega, mendocino y excombatiente republicano en España.
A través de la entrevista a Pilar Sánchez, homenajeamos a todas aquellas mujeres que lucharon como milicianas en la defensa de Madrid y también a todas aquellas mujeres que, en la retaguardia, fueron el sostén de las fuerzas republicanas que se enfrentaron a la rebelión fascista.

D.N.: ¿Cómo fue su vida al comienzo de la guerra en Madrid?
P.S.: Cuando empezó la guerra la zona que vivíamos fue bombardeada y donde no bombardeaban se metían los militares y quitaban las maderas de las ventanas para calentarse. No teníamos ventanas más que los huecos y así nos metimos mi madre y yo. Con sábanas, con mantas, con todo tapábamos en la noche las aberturas, no había ventanas, ni puerta, ni nada, era la calle Orgaz número 6 al lado del río Manzanares. Después, nos fuimos a la casa de unos tíos míos en la calle Leganitos [sic], un señor que hacía botas de vino y pellejos de vino, que vivían al frente de una sección de policía. Allí, cuando era la guerra, cayo una bomba, mitad de la casa voló y de la policía parte pero pudieron seguir allí pero a nosotros nos trasladaron a la casa de un señor que el padre fue el primero que vino con un barco a la Argentina y lo tenían hecho de tamaño más pequeño en su casa, no nos dejaban más que verlo. Nosotros estábamos en un sótano, en un sótano he vivido a partir de cuando nos fuimos de mis tíos; póngase que dos años y medio viví en un sótano con una ventanita arriba que daba a la calle para que entrara un poquito de aire. Allí vivimos tres familias, una se llamaba Colao [sic] de apellido y nosotros que éramos Sánchez.

D.N.: ¿En qué años vivió en el sótano?
P.S.: Creo que fuimos al sótano terminado 1937 pero cuando entraron ellos en 1939, cuando entraban las tropas mataban a personas en las calles y se escondieron en las ventanas y los fascistas tiraban. Nosotros vivíamos en la calle Covarrubias con el paseo Sagasta, el paseo por donde entraban los que se retiraban del frente. Cuando los retiraban del frente tenían que venir por la calle Sagasta para entrar y nosotros estábamos en la calle Covarrubias pero como había terminado la guerra nos subíamos a los pisos de arriba porque la gente de esos pisos había desaparecido. Estábamos todos los de los sótanos, nos subimos a ver y entonces me pillo con fiebres de tuberculosis y mi madre tenía que pagarle dos huevos al médico para que me trajera algún medicamento o un pedazo de pan, este tipo de cambio se tuvo toda la guerra.

D.N.: ¿Dónde trabajó durante la guerra?
P.S.: Trabaje en Intendencia Militar y antes de Intendencia Militar estuve en el Sindicato -tenía que haber empezado por ahí-. Yo no tenía los 16 años y mi hermano mayor me anotó en el Sindicato C.N.T. [Confederación Nacional del Trabajo] que tiene la fama de ser anarquista pero también hay republicanos.

D.N.: ¿Qué trabajo hacía en el Sindicato?
P.S.: Antes de empezar la guerra ya era socia y cuando se dio el levantamiento fui y me dijeron: «como no te podemos mandar a otro lado porque no tienes los 18 años vas a ir a una comandancia para atender que es lo que pasa». Me fui a un pueblo llamado Lozoyuela, del partido de Madrid pero a las afueras, es un pueblecito pequeño. En ese lugar, yo estaba solamente para vigilancia de los representantes de ese pueblo pero -también si puedo decir la verdad- había unos fascistas. Allí estábamos dos porque nunca mandaban a una sola a ningún sitio y una vez que se pasaban cartas unos a otros para llevarlas, le dije a mi compañera: «qué te parece Socorro (se llamaba María Socorro pero la llamábamos Socorro), –digo- mira han estado escribiendo y he oído que uno había dicho que no lo vean las chicas, escóndelo» y lo pegaron debajo de la mesa. Cuando se fue uno y el otro dormía en la Intendencia, se levantó Socorro, lo sacó, yo sabía poco leer y veo que daban cita a los fascistas por el sitio que tenían que entrar para tomar al pueblo.

D.N.: ¿Les avisaban a los fascistas por donde ingresar?
P.S.: Por donde tenían que entrar, eso fue en el pueblo de Lozoyuela, en la casa del cura. No vivía allí el cura pero era la casa de él. Después, ya vino mi padre y hablo con ellos y les dijo que no podía quitarme si era mi gusto pero que no le gustaba que estuviera afuera de Madrid. Entonces volví al Sindicato y los del Sindicato me mandaron a Intendencia Militar y lo que allí hacíamos era la ropa para los militares, éramos cuatrocientas mujeres más los hombres que cortaban y preparaban.

D.N.: En Intendencia Militar ¿confeccionaban la ropa?
P.S.: Allá fabricaban la ropa. Para cortar había hombres y, cuando se fue aprendiendo, también mujeres pero, por lo menos, 380 estaban en máquinas trabajando, la mujer que hacía las mangas no hacía la espalda.
En Intendencia Militar abrieron esos talleres porque no había ropa para mandar a las trincheras y para que salieran más pronto hacíamos así, eran 380 en máquinas, más los cortadores, preparadores y ahí una de nosotras hacía las mangas, otra preparaba la espalda con el delantero, otra ponía los bolsillos; la ropa iba corriendo además porque estábamos muy juntas, si yo ponía, yo armaba pero todo estaba dispuesto sobre pies que habían puesto y se fabricaba toda la ropa. No hubo otro sitio que fabricara en Madrid, nada más que allí, todos los días la misma cosa. Los talleres estaban frente a la Puerta del Retiro madrileña, que eran unos garajes antes de la guerra, los garajes Trema donde se exhibían los coches nuevos que salían. Había que ir por la calle Alcalá, la Puerta Alcalá, frente al Retiro que queda a la derecha y nosotros estamos a la izquierda.

D.N.: ¿Cuánto tiempo trabajó en Intendencia Militar?
P.S.: Toda la guerra menos cuando me enferme con tuberculosis. Trabaje en la Intendencia Militar hasta que terminó la guerra, allí ya me empezaron a pagar los aportes sociales, luego seguí trabajando en “Cantero y Olona”, así se llamaban los dos dueños que había en la calle Carretas que daba a la Puerta del Sol. Me cruzaba la calle a la Plaza Mayor para tomar el tranvía pero cuando conocí a mi marido, me iba caminando, no había plata para pagar dos [boletos]. Yo decía: «Vamos a ir en el tranvía» porque a lo mejor tuviera para ir en el tranvía y él me decía: «Y si vamos dando un paseo». Lloviendo o con nieve nos íbamos caminando.

D.N.: La gente del gobierno ¿visitaban la Intendencia?
P.S.: Si, estaban los militares a cargo de ello y además, cada tanto, nos hacían una reunión para la producción de trabajo. A la que no sabía y estaba aprendiendo no podía hacer lo mismo que la que supiera, eso se lo he dicho yo mil veces: «hágala trabajar dos horas más pero no le quite el sueldo» porque la que no hacía la cantidad que nos decían, ponte que teníamos que hacer seis pantalones en siete horas de trabajo, se lo descontaban del sueldo, entonces había mucha unión entre las que cosían más ligero y menos ligero; una le hacía una pata, la otra le ponía el cierre pero para que esa persona hiciera la misma cantidad porque había muchas que no sabían ni enhebrar una aguja. Muchas veces nos hablaban, se ponía un militar y nos decía: «Tienen que entender que no es culpa mía, si a mi me piden cien porque están desnudos en el frente, si no llevo los cien mañana o pasado, aunque ustedes no los hacen, yo tengo la culpa, así que tienen que hacer todos los días su cantidad y una patita más y lo dejan ahí a su lado y mañana ya tienen una patita», nos aconsejaban muy bien, la verdad que si, no tuvimos ningún problema en ese curso de trabajo, yo no tuve ningún problema, nada más que cuando me clavaron la navaja.

D.N.: ¿Eso fue cuando ya terminó la guerra?
P.S.: No, no, en guerra, yendo de mi casa a trabajar, te perseguían gente joven, gente vieja. Yo venía un día por la Plaza Mayor y de allí me fui al Arco y veo que me dicen «Hola, ¿cómo te va?», me clavo la cuchilla. Era una navaja, me la clavo en la espalda y yo sentí tal dolor hasta que llegue al trabajo toda sangrada pero yo no me veía nada más y me dolía. Me caigo en el trabajo y me atendieron bien, me anestesiaron para que no me diera cuenta lo que me había pasado, las trabajadoras que estaban allí lavaron la ropa, cuando yo me di cuenta estaba como cuando venía de casa, nada más, solo con la rota y la puñaladita pero me dijeron que al entrar al trabajo me había caído porque tuvieron que hacerme radiografías por si había quedado alguna cosa dentro, de ahí fue de lo que ya me vino la tuberculosis, casi fue al terminar la guerra, en febrero de 1939. Y en el Metro, muchas veces no se podía viajar porque cuando te veían fuera del trabajo te seguían y te quitaban del medio, así que se sufrió mucho porque había que caminar, porque se comía poco, la verdad y te voy a decir algo de más gravedad, donde yo vivía era en el Puente Toledo pegado al Manzanares, en la calle Orgaz. En el Manzanares y la arboleda iba mucha gente a pasear en el verano pero lo que te iba a decir es algo muy triste porque en la carretera a Andalucía, hacía la derecha había un cementerio, en ese cementerio se sacaban a los presos, como que los iban a trasladar a otro sitio, los llevaban a ese cementerio y los mataban y los tiraban al río. Nosotros vivíamos tan cerca del cementerio y unas a otras se llamaban diciendo «mira, hoy van cuatro; ahí va uno; ahora van dos», eso fue muy triste porque de todo lo que he pasado en la guerra lo más duro fue ver a mi madre cuando venía del trabajo con todos los vecinos ahí tirados recogiendo los cadáveres.

D.N.: En Madrid hubo muchos líderes como La Pasionaria(1) ¿pudo escuchar sus discursos?
P.S.: Si, si, porque éramos del grupo de los primeros que ya antes de empezar la guerra estábamos con el movimiento de los estudiantes, eran bravos los estudiantes de aquella época pero también los que más dieron la cara.

D.N.: ¿Tuvo trato personal con La Pasionaria?
P.S.: No, La Pasionaria -yo te voy a ser sincera- no simpatice nunca con ella porque era la mandona de todas las inocentes. Todas íbamos detrás de ella pero ella de defender, lo que se dice, del obrero, “castañas”. En fin, ella fue la mujer que llamo la atención para todo, y para todo también se la dio el escape.
Yo no tengo nada en contra de esa mujer. Una sola vez, en una manifestación estuve con ella porque salíamos de trabajar de la Puerta del Sol y ella estaba entrando de la Plaza Mayor y como yo trabajaba al costado de Gobernación nos manifestó y todos los que salíamos de trabajar nos juntamos, cosa que no gustaba a la mitad pero lo hacía porque era ella la que mandaba. Sin saber lo que nosotros queríamos, nos decía: «rompan esa vidriera, rompan lo otro», a lo mejor empezaba ella con el dedo a tocar pero no romper, que rompan los demás y como yo hubo muchas que no lo hubiéramos querido hacer, lo que pasa que ella era una mujer o muy descarada o muy sabidonga [sic] o tenían alguien que la llevaba, eso tampoco lo puedo decir porque no lo se.

D.N.: ¿En qué año vinieron a Argentina?
P.S.: Yo aquí llegue en enero de 1952, estuve siete años casada en España. Yo me case en 1944, después de tres años de novio, de compañía como hablando de la guerra y todas esas cosas y de lo que a uno le gusta. Yo me case en 1944, en diciembre del 1944.

D.N.: ¿Vinieron en el vapor Córdoba?
P.S.: Ahí teníamos que venir, en el Córdoba y ¿sabes dónde vinimos? mi marido arriba, en el techo y yo con una familia porque ese barco, no se que le paso y no llego, entonces teníamos que estar un mes allí, esperando que estuviera arreglado y nos subieron en otro. A mí me conformaron con una familia argentina, de Buenos Aires, porque como era sola me quedaba con una señora que venía con dos niños y a mi marido lo pusieron arriba.

Nota:
(1) Dolores Ibárruri Gómez, llamada la Pasionaria fue una dirigente comunista española (1895 - 1989). Nació en una familia minera y se interesó por la lucha obrera bajo la influencia de su marido, un militante socialista. Biografías y Vida, Dolores Ibárruri – La Pasionaria, [en línea], 2004, www.biografiasyvidas.com/biografia/i/ibarruri.htm

jueves, 2 de octubre de 2014

Los últimos del 'Massilia'

Buenos Aires homenajea a los intelectuales gallegos que se exiliaron allí en 1939.
Pasajeros del buque se convirtieron luego en figuras de la cultura argentina. No fueron bien recibidos pero un periodista logró que se quedaran.

JOSÉ LUIS ESTÉVEZ - El País - Buenos Aires - 10 NOV 2009

Cuando llegaron eran un grupo de rojos que despertaban desconfianza pero siete décadas después se han convertido en una referencia imprescindible para una ciudad que tiene en la vida cultural una de sus divisas. El Gobierno de Buenos Aires rindió homenaje la semana pasada al grupo de emigrantes españoles, muchos de ellos artistas, periodistas e intelectuales, que llegaron al puerto de la capital argentina en el vapor Massilia el 5 de noviembre de 1939. Entre ellos se encontraban el periodista y editor Arturo Cuadrado Moure, el escultor Alberto López Barral, el pintor Ramón Hidalgo Pontones y los autores teatrales Pascual Guillén y Salvador Valverde. La mayoría se quedaron definitivamente a vivir en Argentina y algunos se convirtieron en figuras destacadas de la cultura del país austral.

La historia que tuvo un final feliz estuvo a punto de contar con un desenlace muy distinto. El Massilia había partido de la costa francesa y tenía como destino final Chile. Para dar una idea del escaso entusiasmo que despertaba la llegada del barco a Buenos Aires basta con recordar un titular de un diario porteño de esa época: "No permiten ni asomarse a los ojos de buey a los intelectuales españoles en tránsito".

Dos de los pasajeros del Massilia, Francisco Villaverde y Salvador Valverde -cuarto y quinto por la izquierda-, en el acto en Buenos Aires. / R. C.DOS DE LOS PASAJEROS DEL 'MASSILIA'

Pero otro periodista, el uruguayo Natalio Botana, director y fundador del mítico diario Crítica, tenía simpatías hacia la República y conocía a algunos de los integrantes del pasaje del Massilia. Todas las fuentes coinciden en que sus gestiones fueron las que permitieron que el grupo de españoles pudiese desembarcar y quedarse a vivir en Argentina. La leyenda dice incluso que Botana utilizó para sus fines la importante suma de dinero que había ganado esa tarde de domingo en el hipódromo con uno de sus caballos, de nombre Romántico, que resultó vencedor en la carrera más importante de la temporada en Buenos Aires. Nadie puede atestiguarlo ni desmentirlo con certeza pero lo importante es que consiguió su objetivo y permitió a los españoles quedarse en la ciudad.

Durante el homenaje celebrado el pasado miércoles en la sede del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, estuvieron presentes dos de las pocas personas que formaban parte del pasaje del Massilia y todavía permanecen vivas. Uno de ellos es Francisco Villaverde, que contaba 14 años en aquella época y viajaba en compañía de toda su familia. Su padre, Elpidio Villaverde, había sido alcalde de Vilagarcía de Arousa y diputado en las Cortes republicanas. A sus 84 años explica que, además de él, dos de sus hermanas que le acompañaban en ese viaje todavía viven en Buenos Aires. "Agradezco mucho que se nos rinda este homenaje después de tantos años", comenta.

Su familia se quedó para siempre en Argentina y sus padres murieron en el hospital del Centro Gallego de Buenos Aires. De aquel viaje, Villaverde recuerda que la travesía fue plácida, salvo una tormenta frente a las costas brasileñas, y que hizo buenos amigos en el barco como Salvador Valverde, que entonces también era un niño y que acabó dedicándose al periodismo. Él fue otro de los pasajeros del Massilia que estuvo presente en el homenaje. En su intervención, recordó que el barco estuvo a punto de no salir de Francia por el miedo que tenían a los submarinos enemigos. "La única enfermedad que tuvimos durante el viaje fue la submarinitis", señaló Valverde en tono jocoso.

La directora general de Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, Liliana Varela, destacó que los exiliados se convirtieron en una fuente de "resistencia cultural" frente al franquismo. "Esta conmemoración también sirve para recuperar lo que significo la República en aquel momento. Nos agrada que en España se apueste ahora por la recuperación de la memoria histórica", indicó Varela. Otro gallego que asistió al acto fue el consejero de Trabajo de la Embajada de España, Guillermo Hernández Cerviño, quien reconoció la labor de los intelectuales españoles en el exilio.

Buenos Aires también rindió homenaje a la Federación de Sociedades Gallegas por su trabajo a favor de la recuperación de la memoria histórica y del legado cultural y social de la República. Francisco Lores, presidente de la entidad, reclamó la organización de un homenaje a todos los exiliados españoles tras la Guerra Civil, en una intervención que concluyó con un sonoro "¡viva la República!".

El Massilia tuvo una vida mucho más breve que la mayoría de los exiliados que llevó en aquel viaje. Surcó el Atlántico durante apenas veinte años. La madre de Carlos Gardel, Bertha, y Marcelo Torcuato de Alvear, presidente argentino, fueron algunos de sus ilustres pasajeros. En 1942 los alemanes convirtieron al barco en un hotel flotante y acabaron por hundirlo antes de huir de Marsella, en 1944.

Fuente: http://elpais.com/diario/2009/11/10/galicia/1257851903_850215.html