Por: Nicolás Prados
Fuente: Noticieros Televisa 21. Mar. 2014
La Guerra Civil Española supuso un momento de inflexión en el pensamiento de Octavio Paz. Unos meses de exaltación revolucionaria y profunda decepción que para siempre marcarían su conciencia
CIUDAD DE MÉXICO, México, Mar, 2014.- En el verano de 1937, tras el éxito de su poema “No Pasarán”, Octavio Paz fue invitado a España a participar en el Congreso Internacional de Escritores para la defensa de la cultura.
España se encontraba entonces sumida en una guerra civil que dividía el país desde el 18 de Julio de 1936, cuando el general Francisco Franco se sublevó contra el gobierno democráticamente elegido de Manuel Azaña.
El Congreso había reunido a notables escritores de todo el mundo: de Latinoamérica destacaban autores como Pablo Neruda, César Vallejo o Vicente Huidobro, y de España participaron poetas como Luis Cernuda, Rafael Alberti, María Zambrano o Manuel Altolaguirre. El evento estaba presidido por el francés André Malraux y en ese momento se encontraban en España afamados escritores como Ernest Hemingway o George Orwell.
Un año antes, el reputado escritor André Gide había sido invitado por la Unión Soviética a conocer el país, dadas sus simpatías comunistas. El autor volvió tremendamente desilusionado y escribió un libro muy crítico llamado Retour de L’URSS. Durante el Congreso, el poeta español José Bergamín propuso una moción para condenar a Gide por su relato tan negativo.
Toda la delegación Latinoamericana votó a favor de la moción salvo Pellicer y Paz, que prudentemente decidió abstenerse, quizá previendo la decepción que pronto le llegaría a él también.
Durante su tiempo como estudiante en la Escuela Nacional Preparatoria, Paz había tenido un amigo anarquista de origen catalán llamado José Bosch. Bosch fue expulsado de México en 1932 por participar en unas protestas políticas y al estallar la Guerra Civil, surgió el rumor de que había muerto en el frente.
Paz compuso en su memoria “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón”, y se dispuso a leerlo en Barcelona. Durante aquellas primeras semanas en España, Paz se encontraba entusiasmado por el espíritu revolucionario de los republicanos. Intentó alistarse al ejército, visitó el frente, apareció en la radio, dio conferencias y escribió poemas muy aguerridos.
Su sorpresa fue enorme cuando al disponerse a leer el poema dedicado a su camarada caído en el frente, vio al propio José Bosch, vivo, sentado entre el público. Bosch le relató una visión completamente distinta de la guerra.
Le habló de la persecución que sufría el partido anarquista POUM por parte de los comunistas (una persecución también recogida por Orwell en su Homenaje a Cataluña), y de la represión que ejercían los servicios secretos soviéticos entre el propio bando republicano.
Bosch le pidió un pasaporte a Paz para volver a México, que tras esta revelación quedó visiblemente afectado, repentinamente consciente del espionaje, la brutalidad y acoso que ejercían los comunistas sobre el resto de formaciones socialistas.
La experiencia marcó a Paz, cuya conciencia política e idea de “revolución” quedaron permanentemente alteradas por los casi cuatro meses que pasó en España. Más tarde recogería todos los poemas escritos durante su estancia en Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España.
Link: http://noticieros.televisa.com/mexico/1403/paz-guerra/
martes, 30 de septiembre de 2014
domingo, 28 de septiembre de 2014
Hipólito Etchebéhère, jefe militar del POUM
Escrito por Mika Etchebéhère
(Kaos en la Red - 09 de septiembre de 2009)
Este artículo firmado con su nombre de soltera por Mika Feldman apareció publicado en el órgano del POUM, “La Batalla” n° 153, año 1965, y está reproducido en la Web de la Fundación Andreu Nin. En estos días, Mika Etchebéhère es noticia...
Para volver a pegar los trozos de su corazón, que quebró en seco la bala de Atienza ese 16 de agosto de 1936, busqué sus cuadernos. Miré su letra enhiesta como su voluntad, clara como su mirada. Hay un sumario del libro que pensábamos escribir sobre la derrota de la clase obrera alemana en 1933; páginas y más páginas con los testimonios que recogimos en 1928, en el terreno mismo de los sucesos, acerca de la huelga de los obreros ganaderos de Santa Cruz, en la Patagonia argentina; notas de lectura, apuntes para artículos.
En España, me dice en una carta fechada el 27 de mayo de 1936: "El espíritu político ha prendido de manera vivísima. Más aún que en Alemania. Hasta los niños hacen política. Jeanne Buñuel me ha contado que estando ella en el parque con su niñito se le acercó una pequeña pandilla de chicos que jugaban allí cerca y le preguntaron (debido sin duda a que llevaba un pañuelo rojo al cuello): "Es usted también UHP ,¿no es verdad, camarada?", -"Sí". "¿y el chavalín también?" (tiene año y medio, creo). -"Sí". Entonces se hicieron mutuamente el saludo con el puño en alto: -"Salud, camarada". ..
De los 36 años que tenía Hipólito Etchebéhère cuando cayó en Atienza, 17 estuvieron totalmente dedicados a esa lucha revolucionaria que se le metió en el corazón un día de enero de 1919, cuando desde el balcón de su casa vio a la policía montada arrastrar atados a sus caballos a judíos de barba blanca sacados del "gheto" de Buenos Aires.
A los judíos se les llamaba todavía por entonces rusos. Ser ruso era ser bolchevique, responsable de la lucha que llevaban los obreros de vasena en una huelga que por su magnitud y firmeza hacía temblar a la burguesía.
En esa "semana trágica" de enero que quedó en los anales de la represión argentina como un hito sangriento, Hipólito Etchebéhère entró en la revolución como otros entran en una orden religiosa, por siempre, hasta el último latido de su corazón, con un odio lúcido y razonado, alerta siempre, afilado cada día, tenso como la cuerda de un arco listo para disparar contra ese orden social absurdo, asesino, rapaz.
Sus primeros pasos de militante fueron anarquistas. En lo días que siguieron ala "semana trágica" escribió afiebradamente un folleto titulado "Escucha la verdad", y lo fue repartiendo a los policías que hacían guardia en las calles. Pocas horas después estaba en la cárcel por delito contra la seguridad del Estado.Por ser hijo de una familia bien considerada y estudiante universitario, no lo enviaron al siniestro presidio de Ushuaia, en el extremo sur argentino.
Cuando salió en libertad abandonó la casa paterna para no comprometer más a los suyos y con un puñado de estudiantes formó el grupo universitario Insurrexit, núcleo tan ardiente, tan combativo, que en dos años de existencia marcó a toda una generación, no sólo argentina, sino de toda Sudamérica.
El marxismo y la revolución rusa lo llevaron a las filas del partido Comunista. Por su inteligencia y su temple se destacó enseguida. Orador apasionado, conocedor como ninguno de los jefes del Partido Comunista del marxismo y el leninismo, el comité central hizo cuanto pudo por ganarlo a sus puntos de vista.
Cuando empezó en Rusia la lucha contra Trotski, Etchebéhère, fervoroso admirador del jefe del Ejército Rojo, abrazó su causa. Y era tal su dimensión revolucionaria, tan íntegra su conducta, tan entregada su vida de militante, que al ser expulsado del partido lo fue únicamente por trotskista, labor fraccionalista y antibolchevique.
Su salud delicada -una tuberculosis incipiente- muy quebrantada por los años de privaciones y actividad desmedida, exigía una temporada de reposo, que él aprovechó para intensificar sus estudios marxistas. ..y militares. En sus cuadernos aparecen constantemente rastros de esta preocupación militar: una serie de dibujos pequeñitos ilustrando el despliegue en guerrilla, descripción comentada de una ametralladora aérea, plan de un cursillo abreviado para oficiales, etc.
Vinieron luego nuestros años patagónicos, la mayor tentación de nuestras vidas para quedarnos en esas tierras bravías, solitarias, barridas por los vientos en la costa, remansadas en los paisajes de la pre-cordillera y la cordillera de los Andes. Eran esas tierras por entonces todavía tierras de aventura, con la fortuna fácil al cabo de tres o cuatro años de trabajo, y una existencia ancha, sin trabas ciudadanas, junto a seres que parecían salidos de los libros de Jack London.
Tentación digo, y muy grande, pero los votos pronunciados en la extrema juventud nos la vedaban, y con los pesos ganados en una temporada de intenso trabajo marchamos a Europa en busca de la lucha que parecía más próxima en esos países de sólidas organizaciones obreras.
Desembarcamos en España dos meses después de proclamada la República. Nos calentamos el corazón al fuego de aquellas manifestaciones tumultuosas que reclamaban la separación de la Iglesia y el Estado, comprobamos que la guardia de asalto republicana ya sabía dar palos como cualquier policía veterana, aprendimos a querer al pueblo español y emprendimos viaje a Francia.
En París, libres de preocupaciones materiales, dedicamos todo nuestro tiempo a estudiar economía política, sociología y cuanto nos parecía necesario para completar nuestra formación de militantes revolucionarios.
En octubre d e 1932, seguros de hallar en Alemania una tierra abonada para la lucha decisiva, llegamos a Berlín. Para perfeccionar el idioma y acercarnos a los obreros nos inscribimos en la Escuela Marxista del Partido Comunista, que era también una escuela a secas con clases para adultos, y que fue para nosotros la escuela donde aprendimos a juzgar la política paralizadora, nefasta, de la Internacional Comunista, fielmente ejecutada por los jefes del PC alemán.
Los militantes repetían como autómatas la burda interpretación del nacional-socialismo que difundía la Internacional Comunista; trataban a los obreros social-demócratas de social-fascistas, pero eso sí, desfilaban en manifestaciones tan densas, tan disciplinadas, tan evocadoras de un verdadero ejército revolucionario por las escuadras de combate que marchaban a su frente, que estremecían a la burguesía.
Sabíamos que el Partido Comunista tenía armas, que los barrios rojos estaban organizados por bloques de casas para la lucha: asistimos en las elecciones de 1932 a la pérdida de un millón de votos sufrida por los nazis; pero asistimos también, cuando Hitler subió al poder, al tremendo desconcierto, a la pasividad que había engendrado la política criminal de la IC.
Y la batalla revolucionaria no se dio en Alemania. Los escasos conatos aislados de resistencia fueron chispazos de cólera desesperada que no alcanzaron a propagar el fuego.
Ya no servía de nada quedarse en Alemania. Regresamos a París a comienzos de junio de 1933. Bajo el seudónimo de Juan Rústico, Etchebéhère relató en dos artículos publicados por la revista francesa Masses la tragedia del proletariado alemán.
Y nos pusimos a esperar de nuevo, no de brazos cruzados. Con el compañero Kurt Landau, el magnífico militante revolucionario austriaco asesinado por los estalinistas en Barcelona, empezamos la lenta tarea de reanudar los contactos con el grupo de oposición comunista llamado de Weding, que había dirigido Landau en Berlín.
Cuando estalló la lucha de los mineros asturianos preparamos nuestros pasaportes, decididos a marchar a España. La represión sangrienta del movimiento cortó nuestro impulso. Etchebéhère escribió sobre los sucesos de Astucias unas páginas magníficas, que desgraciadamente se perdieron en Barcelona cuando el estalinismo saqueó las oficinas del POUM.
Fundador con el compañero Landau y otros militantes extranjeros y franceses de la revista Que faire, Etchebéhère seguía viviendo, pese a los altibajos de su quebrantada salud, únicamente para su misión revolucionaria.
Porque el clima de Madrid era mejor para él que el clima de parís, y porque en España estaba subiendo la marea de la lucha proletaria, a comienzos de mayo de 1936 Etchebéhère llegó a Madrid. Yo me reuní con él dos meses después, el 12 de julio. No habíamos terminado de contarnos nuestra ausencia cuando estalló el movimiento y desapareció el pasado y nació una esperanza.
En la tarde del 18 de julio empezó nuestro andar en busca de armas y de alistamiento, de un sindicato de la UGT a otro de la CNT, entre grupos de jóvenes casi niños y hombres casi ancianos, entre rumores y discursos, entre canciones y consignas, mezclados a la marea que subía de todos los barrios y se echaba en oleadas sobre la Puerta del Sol.
A todos nos temblaban las manos ansiosas de un arma. Nadie preguntaba a nadie a qué partido pertenecía. La voluntad de luchar había roto las barreras que ayer todavía separaban a los trabajadores. Los que aún marchábamos con las manos vacías, mirábamos con ojos de mendigo a quienes ya llevaban un fusil, una escopeta, una pistola, un cinturón de cartuchos.
-Dicen que dan armas en la calle de La Flor, o en Cuatro Caminos, o en los locales de las JSU o en la UGT...
-Con los pies hinchados de tanto caminar, los ojos ardidos de no dormir, el corazón apretado de tanto ansiar vimos disolverse en la noche ese 18 de julio y nacer el alba del 19. El 20 ya teníamos destino entre los compañeros del POUM, la organización política que estaba más cerca de nuestro grupo de oposición. Ya pertenecíamos a una formación de combate: la columna motorizada del POUM. Hipólito Etchebéhere era su jefe.
A su mando salimos por primera vez el 21 de julio, montados en tres coches de turismo y dos camiones, armados con treinta fusiles y una ametralladora sin trípode que quedaba muy bonita en lo alto de un camión. Íbamos en busca de la columna de Mola que, según se decía, marchaba sobre Madrid. Felizmente no lo encontramos.
Al día siguiente, incorporados a la columna que mandaba el capitán Martínez Vicente, tomamos un tren que resultó ir solamente a Guadalajara y no a Zaragoza como creían los milicianos. Durante el largo viaje se nos sumaron algunos hombres de otras organizaciones, entre ellos el maravilloso Emilio García, solo nombre que recuerdo.
De Guadalajara pasamos a Sigüenza. La columna del POUM ya había ganado laureles de guerra por haber combatido contra las fuerzas fascistas que se disponían a atacar Sigüenza, causándoles muchas bajas. El ascendiente de Etchebéhère sobre sus hombres y sobre muchos otros de los que componían la guarnición de la zona crecía rápidamente. Era un jefe vestido con un mono roto en los codos y en las rodillas. Sus ojos eran cada vez más luminosos como si llevase por dentro una antorcha encendida. Una tarde le escuché al viejo Quintín decir "El jefe tiene como un sol en la frente".
La hora del gran combate había llegado. La Revolución estaba por fin al alcance de sus manos ávidas. Ya no se trataba más de lecturas, de tesis teóricas: ahora tocaba luchar con las armas por lo que había elegido a la edad de 19 años. y luchó 29 días dichosos, alegre de exponer su vida a cada rato, burló o serio cuando yo le pedía que no se hiciese matar antes de lo necesario.
-"Aquí, el que manda no debe agacharse cuando silban las balas, me respondía. Ya sabes que el valor físico es la cualidad máxima en España. Para que los demás avancen, el jefe tiene el deber de marchar el primero, aunque sepa que puede morir".
Le vi por última vez en ese amanecer que era casi noche todavía del 16 de agosto, cuando nos acercamos a Atienza. Cumpliendo sus órdenes yo no iba con él, sino con el médico, para organizar en la retaguardia un puesto de primeros auxilios.
Las primeras luces del día nos trajeron hasta los ojos el peñón bravío de ese castillo de Atienza que había que tomar a toda costa, a golpes de granadas que habrían de lanzar los guerrilleros del POUM cuidadosamente adiestrados por Hipólito Etchebéhère. Él los guiaba entre las ráfagas de ametralladora que volaban del castillo. Una bala lo quebró como se quiebra un árbol herido por el rayo. "¿Sabes -me dijo la Abisinia tendiéndome un pañuelo tinto en sangre-, sonreía, no parecía muerto. Guarda este pañuelo; es su sangre, yo le limpié los labios. La bala le partió el corazón; te digo que no sufrió".
Tenía al fin el corazón en paz, callado para siempre.
Fuente: http://kaosenlared.net/america-latina/30166-hip%C3%B3lito-etcheb%C3%A9h%C3%A8re-jefe-militar-del-poum.html
(Kaos en la Red - 09 de septiembre de 2009)
Este artículo firmado con su nombre de soltera por Mika Feldman apareció publicado en el órgano del POUM, “La Batalla” n° 153, año 1965, y está reproducido en la Web de la Fundación Andreu Nin. En estos días, Mika Etchebéhère es noticia...
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| Hipólito Etchebéhère |
En España, me dice en una carta fechada el 27 de mayo de 1936: "El espíritu político ha prendido de manera vivísima. Más aún que en Alemania. Hasta los niños hacen política. Jeanne Buñuel me ha contado que estando ella en el parque con su niñito se le acercó una pequeña pandilla de chicos que jugaban allí cerca y le preguntaron (debido sin duda a que llevaba un pañuelo rojo al cuello): "Es usted también UHP ,¿no es verdad, camarada?", -"Sí". "¿y el chavalín también?" (tiene año y medio, creo). -"Sí". Entonces se hicieron mutuamente el saludo con el puño en alto: -"Salud, camarada". ..
De los 36 años que tenía Hipólito Etchebéhère cuando cayó en Atienza, 17 estuvieron totalmente dedicados a esa lucha revolucionaria que se le metió en el corazón un día de enero de 1919, cuando desde el balcón de su casa vio a la policía montada arrastrar atados a sus caballos a judíos de barba blanca sacados del "gheto" de Buenos Aires.
A los judíos se les llamaba todavía por entonces rusos. Ser ruso era ser bolchevique, responsable de la lucha que llevaban los obreros de vasena en una huelga que por su magnitud y firmeza hacía temblar a la burguesía.
En esa "semana trágica" de enero que quedó en los anales de la represión argentina como un hito sangriento, Hipólito Etchebéhère entró en la revolución como otros entran en una orden religiosa, por siempre, hasta el último latido de su corazón, con un odio lúcido y razonado, alerta siempre, afilado cada día, tenso como la cuerda de un arco listo para disparar contra ese orden social absurdo, asesino, rapaz.
Sus primeros pasos de militante fueron anarquistas. En lo días que siguieron ala "semana trágica" escribió afiebradamente un folleto titulado "Escucha la verdad", y lo fue repartiendo a los policías que hacían guardia en las calles. Pocas horas después estaba en la cárcel por delito contra la seguridad del Estado.Por ser hijo de una familia bien considerada y estudiante universitario, no lo enviaron al siniestro presidio de Ushuaia, en el extremo sur argentino.
Cuando salió en libertad abandonó la casa paterna para no comprometer más a los suyos y con un puñado de estudiantes formó el grupo universitario Insurrexit, núcleo tan ardiente, tan combativo, que en dos años de existencia marcó a toda una generación, no sólo argentina, sino de toda Sudamérica.
El marxismo y la revolución rusa lo llevaron a las filas del partido Comunista. Por su inteligencia y su temple se destacó enseguida. Orador apasionado, conocedor como ninguno de los jefes del Partido Comunista del marxismo y el leninismo, el comité central hizo cuanto pudo por ganarlo a sus puntos de vista.
Cuando empezó en Rusia la lucha contra Trotski, Etchebéhère, fervoroso admirador del jefe del Ejército Rojo, abrazó su causa. Y era tal su dimensión revolucionaria, tan íntegra su conducta, tan entregada su vida de militante, que al ser expulsado del partido lo fue únicamente por trotskista, labor fraccionalista y antibolchevique.
Su salud delicada -una tuberculosis incipiente- muy quebrantada por los años de privaciones y actividad desmedida, exigía una temporada de reposo, que él aprovechó para intensificar sus estudios marxistas. ..y militares. En sus cuadernos aparecen constantemente rastros de esta preocupación militar: una serie de dibujos pequeñitos ilustrando el despliegue en guerrilla, descripción comentada de una ametralladora aérea, plan de un cursillo abreviado para oficiales, etc.
Vinieron luego nuestros años patagónicos, la mayor tentación de nuestras vidas para quedarnos en esas tierras bravías, solitarias, barridas por los vientos en la costa, remansadas en los paisajes de la pre-cordillera y la cordillera de los Andes. Eran esas tierras por entonces todavía tierras de aventura, con la fortuna fácil al cabo de tres o cuatro años de trabajo, y una existencia ancha, sin trabas ciudadanas, junto a seres que parecían salidos de los libros de Jack London.
Tentación digo, y muy grande, pero los votos pronunciados en la extrema juventud nos la vedaban, y con los pesos ganados en una temporada de intenso trabajo marchamos a Europa en busca de la lucha que parecía más próxima en esos países de sólidas organizaciones obreras.
Desembarcamos en España dos meses después de proclamada la República. Nos calentamos el corazón al fuego de aquellas manifestaciones tumultuosas que reclamaban la separación de la Iglesia y el Estado, comprobamos que la guardia de asalto republicana ya sabía dar palos como cualquier policía veterana, aprendimos a querer al pueblo español y emprendimos viaje a Francia.
En París, libres de preocupaciones materiales, dedicamos todo nuestro tiempo a estudiar economía política, sociología y cuanto nos parecía necesario para completar nuestra formación de militantes revolucionarios.
En octubre d e 1932, seguros de hallar en Alemania una tierra abonada para la lucha decisiva, llegamos a Berlín. Para perfeccionar el idioma y acercarnos a los obreros nos inscribimos en la Escuela Marxista del Partido Comunista, que era también una escuela a secas con clases para adultos, y que fue para nosotros la escuela donde aprendimos a juzgar la política paralizadora, nefasta, de la Internacional Comunista, fielmente ejecutada por los jefes del PC alemán.
Los militantes repetían como autómatas la burda interpretación del nacional-socialismo que difundía la Internacional Comunista; trataban a los obreros social-demócratas de social-fascistas, pero eso sí, desfilaban en manifestaciones tan densas, tan disciplinadas, tan evocadoras de un verdadero ejército revolucionario por las escuadras de combate que marchaban a su frente, que estremecían a la burguesía.
Sabíamos que el Partido Comunista tenía armas, que los barrios rojos estaban organizados por bloques de casas para la lucha: asistimos en las elecciones de 1932 a la pérdida de un millón de votos sufrida por los nazis; pero asistimos también, cuando Hitler subió al poder, al tremendo desconcierto, a la pasividad que había engendrado la política criminal de la IC.
Y la batalla revolucionaria no se dio en Alemania. Los escasos conatos aislados de resistencia fueron chispazos de cólera desesperada que no alcanzaron a propagar el fuego.
Ya no servía de nada quedarse en Alemania. Regresamos a París a comienzos de junio de 1933. Bajo el seudónimo de Juan Rústico, Etchebéhère relató en dos artículos publicados por la revista francesa Masses la tragedia del proletariado alemán.
Y nos pusimos a esperar de nuevo, no de brazos cruzados. Con el compañero Kurt Landau, el magnífico militante revolucionario austriaco asesinado por los estalinistas en Barcelona, empezamos la lenta tarea de reanudar los contactos con el grupo de oposición comunista llamado de Weding, que había dirigido Landau en Berlín.
Cuando estalló la lucha de los mineros asturianos preparamos nuestros pasaportes, decididos a marchar a España. La represión sangrienta del movimiento cortó nuestro impulso. Etchebéhère escribió sobre los sucesos de Astucias unas páginas magníficas, que desgraciadamente se perdieron en Barcelona cuando el estalinismo saqueó las oficinas del POUM.
Fundador con el compañero Landau y otros militantes extranjeros y franceses de la revista Que faire, Etchebéhère seguía viviendo, pese a los altibajos de su quebrantada salud, únicamente para su misión revolucionaria.
Porque el clima de Madrid era mejor para él que el clima de parís, y porque en España estaba subiendo la marea de la lucha proletaria, a comienzos de mayo de 1936 Etchebéhère llegó a Madrid. Yo me reuní con él dos meses después, el 12 de julio. No habíamos terminado de contarnos nuestra ausencia cuando estalló el movimiento y desapareció el pasado y nació una esperanza.
En la tarde del 18 de julio empezó nuestro andar en busca de armas y de alistamiento, de un sindicato de la UGT a otro de la CNT, entre grupos de jóvenes casi niños y hombres casi ancianos, entre rumores y discursos, entre canciones y consignas, mezclados a la marea que subía de todos los barrios y se echaba en oleadas sobre la Puerta del Sol.
A todos nos temblaban las manos ansiosas de un arma. Nadie preguntaba a nadie a qué partido pertenecía. La voluntad de luchar había roto las barreras que ayer todavía separaban a los trabajadores. Los que aún marchábamos con las manos vacías, mirábamos con ojos de mendigo a quienes ya llevaban un fusil, una escopeta, una pistola, un cinturón de cartuchos.
-Dicen que dan armas en la calle de La Flor, o en Cuatro Caminos, o en los locales de las JSU o en la UGT...
-Con los pies hinchados de tanto caminar, los ojos ardidos de no dormir, el corazón apretado de tanto ansiar vimos disolverse en la noche ese 18 de julio y nacer el alba del 19. El 20 ya teníamos destino entre los compañeros del POUM, la organización política que estaba más cerca de nuestro grupo de oposición. Ya pertenecíamos a una formación de combate: la columna motorizada del POUM. Hipólito Etchebéhere era su jefe.
A su mando salimos por primera vez el 21 de julio, montados en tres coches de turismo y dos camiones, armados con treinta fusiles y una ametralladora sin trípode que quedaba muy bonita en lo alto de un camión. Íbamos en busca de la columna de Mola que, según se decía, marchaba sobre Madrid. Felizmente no lo encontramos.
Al día siguiente, incorporados a la columna que mandaba el capitán Martínez Vicente, tomamos un tren que resultó ir solamente a Guadalajara y no a Zaragoza como creían los milicianos. Durante el largo viaje se nos sumaron algunos hombres de otras organizaciones, entre ellos el maravilloso Emilio García, solo nombre que recuerdo.
De Guadalajara pasamos a Sigüenza. La columna del POUM ya había ganado laureles de guerra por haber combatido contra las fuerzas fascistas que se disponían a atacar Sigüenza, causándoles muchas bajas. El ascendiente de Etchebéhère sobre sus hombres y sobre muchos otros de los que componían la guarnición de la zona crecía rápidamente. Era un jefe vestido con un mono roto en los codos y en las rodillas. Sus ojos eran cada vez más luminosos como si llevase por dentro una antorcha encendida. Una tarde le escuché al viejo Quintín decir "El jefe tiene como un sol en la frente".
La hora del gran combate había llegado. La Revolución estaba por fin al alcance de sus manos ávidas. Ya no se trataba más de lecturas, de tesis teóricas: ahora tocaba luchar con las armas por lo que había elegido a la edad de 19 años. y luchó 29 días dichosos, alegre de exponer su vida a cada rato, burló o serio cuando yo le pedía que no se hiciese matar antes de lo necesario.
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| Hipólito Etchebéhère y Mika Feldman |
Le vi por última vez en ese amanecer que era casi noche todavía del 16 de agosto, cuando nos acercamos a Atienza. Cumpliendo sus órdenes yo no iba con él, sino con el médico, para organizar en la retaguardia un puesto de primeros auxilios.
Las primeras luces del día nos trajeron hasta los ojos el peñón bravío de ese castillo de Atienza que había que tomar a toda costa, a golpes de granadas que habrían de lanzar los guerrilleros del POUM cuidadosamente adiestrados por Hipólito Etchebéhère. Él los guiaba entre las ráfagas de ametralladora que volaban del castillo. Una bala lo quebró como se quiebra un árbol herido por el rayo. "¿Sabes -me dijo la Abisinia tendiéndome un pañuelo tinto en sangre-, sonreía, no parecía muerto. Guarda este pañuelo; es su sangre, yo le limpié los labios. La bala le partió el corazón; te digo que no sufrió".
Tenía al fin el corazón en paz, callado para siempre.
Fuente: http://kaosenlared.net/america-latina/30166-hip%C3%B3lito-etcheb%C3%A9h%C3%A8re-jefe-militar-del-poum.html
sábado, 27 de septiembre de 2014
Luis Alberto Quesada: Poeta argentino y comisario republicano
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| Luis Alberto Quesada con uniforme militar |
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| Luis Alberto Quesada en 2009. Foto: Sonia Quesada |
José Luis Gallego escribió en la cárcel este poema para Luis Alberto Quesada:
Tiene un niño por dentro
y éste le cosquillea
con su divina pluma
en los piés de sus venas.
Y allá va Luis Alberto
como de feria en feria.
Va guitarra en el aire:
la luz de su bandera.
Fuente: http://www.lodigital.com.ar/editorial/quesada.htm
RAFA ZÚÑIGA, ARGENTINO DE OÑA EN LAS BRIGADAS INTERNACIONALES
Por OLGA SONIA ZÚÑIGA
APRETADO COMPENDIO DE LA VIDA DE MI PADRE, RAFAEL MARÍA ZÚÑIGA BARCENA
Nació el 11 de Septiembre de 1907, en la Ciudad de Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, República Argentina. Como nació antes de termino y con muy bajo peso, recién lo anotaron como hijo e inmediatamente bautizado el 13 del mismo mes y año. Su padrino, Heraclio Bárcena, hermano de su madre y tutor.
En sus primeros años, fue llevado a España, al Pueblo de Oña (Burgos), donde eran oriundos sus padres, ambos españoles, tuvo tres hermanos mayores, españoles, el primero Vicente Zúñiga, el siguiente, José Zúñiga y Julia Zúñiga, y una menor, también nacida en Bahía Blanca, María del Pilar Zúñiga.
Sus padres, hicieron numerosos viajes de España a Argentina y viceversa, mi padre, Rafa, como todos lo nombraban, fue de un carácter amable, cariñoso, pero decididamente rebelde. Debido a su endeble salud, nunca concurrió a una escuela, siempre tuvo maestros particulares. Cuando se decidió en su familia que debía entrar como Seminarista a un Colegio de Jesuitas de Oña, (algo totalmente ajeno a su vocación), donde debido a las repetidísimas provocaciones y mala conducta, terminan echándolo.
De vuelta a la Argentina, su madre no se da por vencida, y lo matricula en la Escuela Naval Militar,(1925/1926), donde se repite la misma historia, debido a su rebeldía y mala conducta, debida especialmente a que su condición e ideales no comulgaban con las ideas que tenían sus padres de la educación sacerdotal o militar. No se le puede quitar merito a la rígida educación jesuita, que le dio riqueza de conocimiento y la vida frugal que siempre lo distinguió, lo mismo de la Escuela Naval Militar, donde recibió una esmerada educación, tanto en el plano de estudios, ya que se inclino por el Batallón de Ingenieros, que también marcó su vida por la riqueza de conocimientos y la preparación física, siendo un excelente gimnasta, ya que su madre pagaba extras para dicha practica, siendo también buen boxeador, en esto contribuyo su hermano José, quien lo era y lo entrenó. Tampoco su madre tuvo éxito, Rafa se hizo echar, haciendo que lo echen, no por indisciplina, ya que con su simpatía y genial inteligencia todo era pasado por alto, pero al fin tuvo éxito y se liberó del Liceo Militar, como lo había hecho en el Seminario. De nuevo en España, y sin tener muy bien decidido su destino, ya que su familia tenia un buen pasar, decide volver a Argentina, donde estaba su padrino y tutor y sus dos hermanos españoles.
Con su marcado acento castellano, (no se comprende como jamás lo perdió), pudo haber ingresado en el Liceo Naval Militar, y se ganó el apodo de “el Gallego”, pues aquí en Argentina a todo español se le llama así. Eran tiempos de crisis, y no había trabajo (1935/1936). Así que decidió ir a la Provincia del Chaco, donde resuelve educar a los mensues, peones de campo, armando una radio. Fue perseguido por esto, ya que a nadie le interesaba educarlos, para que no supieran distinguir los vales, que les daban por su trabajo, por Yerba Mate, ropa y alpargatas. Y es allí donde cambia el tú por el che.
Cuando estalla la Guerra Civil en España, allí se alista en las Brigadas Internacionales, cambiándose el apellido por Mingarrilla, (debido a la influencia idealista de un abuelo anarquista) y la fecha de nacimiento, al 11/11/1911, ya que siendo sus padres y hermanas que residían en Burgos eran pro franquistas… Solo tengo una carta, al que le falta el membrete. Donde relata de puño y letra su estadía.
Tomado preso en un Campo de Concentración, logra huir, con un poco de leche en polvo en un papel, contándome que cuando ya no daba más de hambre, recurre a comer un poco, pero casi se ahoga, ya que no había agua cerca. Huye a Francia, y de ahí lo repatrían a su país natal, Argentina, ya que un dilecto amigo, de la infancia Américo Pascual Campagna, le envía los documentos, donde consta su nacionalidad, así puede huir del horror de una guerra, además de ser prófugo.
Ya en su país, no deja de contribuir a la causa Revolucionaria, contactándose con asilados españoles de todas las regiones y además de los Brigadistas de otras nacionalidades en el Centro Republicano Español, su segunda casa. Argentina estaba en crisis, no había trabajo, y él se pudo desempeñar en el Catastro de la Nación , debido a sus conocimientos adquiridos en el Batallón de Ingenieros, siendo cadete de la Escuela Naval Militar. Realizo múltiples trabajos, pero lo suyo además de la política era el mar, la libertad y sus ideales.
Empieza a trabajar de fogonero en un barco de carga, siempre pensando en volver a ver a sus padres… Luego trabajó en la flota mercante de Bandera, haciendo innumerables viajes al exterior, en uno de ellos en Cuba, con sus compañeros tripulantes, hacen una donación para contribuir a la compra de un arma.
Rafa Zuñiga es autor de dos libros uno de ellos sobre la Guerra Civil Española “Añoranzas Bélicas” y el otro “De la pampa a los siete mares” relata sus vivencias marítimas.
Fuente: lasmerindadesenlamemoria - Un Blog sobre la represión franquista en Las Merindades.
Link: https://lasmerindadesenlamemoria.wordpress.com/2014/09/17/rafa-zuniga-argentino-de-ona-en-las-brigadas-internacionales/
APRETADO COMPENDIO DE LA VIDA DE MI PADRE, RAFAEL MARÍA ZÚÑIGA BARCENA
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| Rafael Zúñiga |
En sus primeros años, fue llevado a España, al Pueblo de Oña (Burgos), donde eran oriundos sus padres, ambos españoles, tuvo tres hermanos mayores, españoles, el primero Vicente Zúñiga, el siguiente, José Zúñiga y Julia Zúñiga, y una menor, también nacida en Bahía Blanca, María del Pilar Zúñiga.
Sus padres, hicieron numerosos viajes de España a Argentina y viceversa, mi padre, Rafa, como todos lo nombraban, fue de un carácter amable, cariñoso, pero decididamente rebelde. Debido a su endeble salud, nunca concurrió a una escuela, siempre tuvo maestros particulares. Cuando se decidió en su familia que debía entrar como Seminarista a un Colegio de Jesuitas de Oña, (algo totalmente ajeno a su vocación), donde debido a las repetidísimas provocaciones y mala conducta, terminan echándolo.
De vuelta a la Argentina, su madre no se da por vencida, y lo matricula en la Escuela Naval Militar,(1925/1926), donde se repite la misma historia, debido a su rebeldía y mala conducta, debida especialmente a que su condición e ideales no comulgaban con las ideas que tenían sus padres de la educación sacerdotal o militar. No se le puede quitar merito a la rígida educación jesuita, que le dio riqueza de conocimiento y la vida frugal que siempre lo distinguió, lo mismo de la Escuela Naval Militar, donde recibió una esmerada educación, tanto en el plano de estudios, ya que se inclino por el Batallón de Ingenieros, que también marcó su vida por la riqueza de conocimientos y la preparación física, siendo un excelente gimnasta, ya que su madre pagaba extras para dicha practica, siendo también buen boxeador, en esto contribuyo su hermano José, quien lo era y lo entrenó. Tampoco su madre tuvo éxito, Rafa se hizo echar, haciendo que lo echen, no por indisciplina, ya que con su simpatía y genial inteligencia todo era pasado por alto, pero al fin tuvo éxito y se liberó del Liceo Militar, como lo había hecho en el Seminario. De nuevo en España, y sin tener muy bien decidido su destino, ya que su familia tenia un buen pasar, decide volver a Argentina, donde estaba su padrino y tutor y sus dos hermanos españoles.
Con su marcado acento castellano, (no se comprende como jamás lo perdió), pudo haber ingresado en el Liceo Naval Militar, y se ganó el apodo de “el Gallego”, pues aquí en Argentina a todo español se le llama así. Eran tiempos de crisis, y no había trabajo (1935/1936). Así que decidió ir a la Provincia del Chaco, donde resuelve educar a los mensues, peones de campo, armando una radio. Fue perseguido por esto, ya que a nadie le interesaba educarlos, para que no supieran distinguir los vales, que les daban por su trabajo, por Yerba Mate, ropa y alpargatas. Y es allí donde cambia el tú por el che.
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| Libreta de Rafael Zúñiga de las Brigadas Internacionales con el nombre ficticio de Rafael Nieto |
Tomado preso en un Campo de Concentración, logra huir, con un poco de leche en polvo en un papel, contándome que cuando ya no daba más de hambre, recurre a comer un poco, pero casi se ahoga, ya que no había agua cerca. Huye a Francia, y de ahí lo repatrían a su país natal, Argentina, ya que un dilecto amigo, de la infancia Américo Pascual Campagna, le envía los documentos, donde consta su nacionalidad, así puede huir del horror de una guerra, además de ser prófugo.
Ya en su país, no deja de contribuir a la causa Revolucionaria, contactándose con asilados españoles de todas las regiones y además de los Brigadistas de otras nacionalidades en el Centro Republicano Español, su segunda casa. Argentina estaba en crisis, no había trabajo, y él se pudo desempeñar en el Catastro de la Nación , debido a sus conocimientos adquiridos en el Batallón de Ingenieros, siendo cadete de la Escuela Naval Militar. Realizo múltiples trabajos, pero lo suyo además de la política era el mar, la libertad y sus ideales.
Empieza a trabajar de fogonero en un barco de carga, siempre pensando en volver a ver a sus padres… Luego trabajó en la flota mercante de Bandera, haciendo innumerables viajes al exterior, en uno de ellos en Cuba, con sus compañeros tripulantes, hacen una donación para contribuir a la compra de un arma.
Rafa Zuñiga es autor de dos libros uno de ellos sobre la Guerra Civil Española “Añoranzas Bélicas” y el otro “De la pampa a los siete mares” relata sus vivencias marítimas.
Fuente: lasmerindadesenlamemoria - Un Blog sobre la represión franquista en Las Merindades.
Link: https://lasmerindadesenlamemoria.wordpress.com/2014/09/17/rafa-zuniga-argentino-de-ona-en-las-brigadas-internacionales/
jueves, 25 de septiembre de 2014
Los Caprichos de Gustavo Cochet, memorias de la Guerra Civil
Por Laura Karp Lugo
Amnis, Revue de civilisation contemporaine Europes/Amériques
2 | 2011
El diario íntimo de Gustavo Cochet (Rosario, Argentina, 1894-1979) revela la posición tomada por el artista al estallar loa Guerra española del 36. Artista polifacético, Cochet ocupó un lugar importante en la lucha civil y cultural durante el conflicto. Su movilización en el seno del bando republicano le llevó a actuar públicamente mediante alocuciones radiofónicas, discursos e ilustraciones que acompañaban artículos de prensa de marcada tendencia política, como los editados en la revista Tierra y Libertad. Asimismo realizó, entre otros trabajos artísticos, una serie de grabados titulada Caprichos que atestigua su compromiso político-social y que actualmente constituye un valioso documento sobre aquel período de Guerra Civil.
Tras dejar por primera vez su tierra natal a los diecinueve años, Cochet vivió cinco años en Barcelona y otros ocho en París. Cuando regresó a España, en 1934, encontró el país en la efervescencia de la Segunda República y optó por quedarse a pesar del levantamiento militar. Desde entonces, impregnado de la atmósfera agitada de los años treinta –fin de la dictadura de Primo de Rivera, llegada de la Segunda República y estallido de la guerra–, Cochet participó activamente en favor de la causa republicana. Su militancia quedó reflejada en la actividad que ejerció, antes y durante el conflicto, en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y en la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Su compromiso público le obligó, en marzo de 1939, a exiliarse en Francia [...]
Artículo completo: http://amnis.revues.org/1506
Amnis, Revue de civilisation contemporaine Europes/Amériques
2 | 2011
Cuando un pueblo está en armas, no ha de excluirse nadie y la voz del artista, ha de tener el mismo acento del clarín de combate y no el de la flauta del pastor.
Gustavo Cochet, Barcelona, noviembre de 1936.
| Autorretrato de Gustavo Cochet |
Tras dejar por primera vez su tierra natal a los diecinueve años, Cochet vivió cinco años en Barcelona y otros ocho en París. Cuando regresó a España, en 1934, encontró el país en la efervescencia de la Segunda República y optó por quedarse a pesar del levantamiento militar. Desde entonces, impregnado de la atmósfera agitada de los años treinta –fin de la dictadura de Primo de Rivera, llegada de la Segunda República y estallido de la guerra–, Cochet participó activamente en favor de la causa republicana. Su militancia quedó reflejada en la actividad que ejerció, antes y durante el conflicto, en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y en la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Su compromiso público le obligó, en marzo de 1939, a exiliarse en Francia [...]
Artículo completo: http://amnis.revues.org/1506
lunes, 22 de septiembre de 2014
Carlos Kern Alemann, uno de tantos
Hace setenta años finalizaba la Guerra Civil española, donde también cientos de argentinos participaban como voluntarios en suelo español, defendiendo al Gobierno elegido democráticamente y luchando contra el fascismo que avanzaba en Europa.
El tema de la Guerra Civil española en la Argentina fue sentido por miles de compatriotas a través de cualquier análisis, comentario o de memorias de protagonistas de aquella época.
En 1930 comenzaba una década fraudulenta iniciada por el golpe de Estado del general F. Uriburu y continuada por su par Agustín P. Justo, pero, a pesar de ello, la solidaridad desplegada en Argentina nos convertiría en el segundo país a nivel mundial que más ayuda material brindó a la República española, constituida desde 1931. Lo que quedó oculto dentro de la Historia es que este movimiento solidario fue acompañado por cientos de brigadistas que ofrecieron su vida para defender la democracia española ante el golpe de Estado de los generales Franco y Mola el 18 de julio de 1936. En este sentido, hoy, con nuevas investigaciones podemos tener buenos vientos de memoria sobre la presencia de combatientes argentinos y latinoamericanos que fueron olvidados y desconocidos por los estudiosos en el tema, ya que la mayoría de los trabajos sobre las Brigadas Internacionales hacen hincapié en los voluntarios europeos y norteamericanos.
La vida y la libertad
Desde 1860, Argentina se llenaba de inmigrantes de todas las nacionalidades; este aporte llegó a constituir el 30% de la población en la primera década del siglo XX y fue uno de los más importantes de América.
Cuando estalla la Guerra Civil en la Península, la colectividad española se volcó mayoritariamente en ayuda al Gobierno democrático, pero también las organizaciones locales, dentro del marco dictatorial y represivo en que vivía Argentina desde 1930, comenzaban a enviar voluntarios a España para defender a la República española y luchar contra el fascismo. El más activo, cumpliendo directivas de la Comintern, fue el Partido Comunista Argentino, que dentro de la ilegalidad movilizó a cientos de voluntarios hasta Francia, para pasar hacia los campos de batalla españoles. Los anarquistas, desde diferentes pueblos del interior o de manera individual, también participaron con decenas de libertarios en la guerra. Estos viajes no eran conocidos desde las centrales anarquistas de nuestro país, que, por otra parte, priorizaron la ayuda material debido a las directivas de centrales españolas como la CNT-FAI (Confederación Nacional del Trabajo - Federación Anarquista Ibérica). Según estas organizaciones, no necesitaban la llegada de voluntarios extranjeros, sino armas, materiales sanitarios y alimentos para mantener el ritmo de guerra.
Muchos de los argentinos salieron reclutados desde nuestro país y otros trabajaban o estudiaban en España, Francia o Alemania desde hacía varios años, como en el caso de Carlos Kern Alemann. Nacido el 17 de abril de 1910 en Santiago de Chile estando de tránsito sus padres, Carlos Kern y Rosa Alemann, se radica a los pocos meses en la provincia de San Luis (Argentina). Su juventud transcurre con una buena educación brindada por su familia, su interés constante por la lectura y el comienzo de sus estudios en la ciudad de Buenos Aires en la escuela alemana Belgrano, y hará de este joven un autodidacta que comenzaría a leer a los clásicos escritores de la filosofía política como Hegel y Marx. En 1930 sus padres deciden enviarlo a Alemania para estudiar y perfeccionar sus conocimientos. Allí comienza la carrera de Arquitectura y logra titularse en Berlín-Charlottenburg, donde estudia y reside durante cinco años, trabajando también durante un tiempo en la fábrica Philipp Holzmann, junto a doscientos obreros. Pero no todo queda en el estudio y el trabajo, ya que paralelamente comienza a militar en los Estudiantes Rojos de Berlín, debido a sus contactos con militantes universitarios y su tenaz y activa decisión a la hora de enfrentar a los grupos nazis. Llega a ser secretario durante seis meses en 1931 y dirige el grupo estudiantil rojo de la Escuela Técnica de Berlín en la clandestinidad de la Alemania nazi. En esta Alemania de lucha callejera conoce a varios camaradas, como Emil Reuter, Paul Steimer, Olle Carlzon, Miguel F. Martínez, Willy Schwartztopf, y Rudolf Stern, que lo contactará y pedirá su ingreso en el Partido Comunista Alemán (KPD). “Johannes”, su seudónimo en la ilegalidad, comienza durante esos años a formarse con teoría y enseñanza política, pero por sobre todo con el contacto que establece con emigrantes políticos de Hungría que escapaban del régimen dictatorial en su país. En cada casa una noche, y así comenzó con los cursos sobre Dialéctica y Materialismo, aunque más adelante será en la Escuela Obrera Marxista de Berlín donde seguirá los cursos de Marxismo con Hermann Duncker, profesor de Teoría Marxista, político y funcionario sindical.
Es durante estos años, hasta 1936, que comparte la conducción del Grupo de Estudiantes Rojos de Berlín con Friedel Letz, alias Else, y Peter Jolovitz, alias Axel. Junto a ellos y a los militantes estudiantiles, participará en la huelga tranviaria de Berlín y en la mayoría de las manifestaciones realizadas por el KPD contra Hitler, que ya tenía su poder consolidado a partir de 1933. Lo detuvieron en mayo de 1935 junto a los compañeros Else y Geza Papp. Carlos fue recluido en la cárcel Alexanderplatz de Berlín y expulsado de la Escuela Técnica Superior por traición y agitación comunista. La pena de tres años que pidió el fiscal fue rechazada, siendo absuelto, y en marzo de 1936 es deportado a Suiza –país neutral–, donde logró salvar su vida. Pasando por Francia, llegó a España por sus propios medios el 10 de noviembre de 1936, “a luchar contra el fascismo”, como escribió hace más de setenta años. Como la mayoría de los voluntarios, fue incluido para su preparación militar en Albacete en la Escuela de Suboficiales y a los pocos meses en la Escuela de Oficiales. Con sólo 26 años, ya se distinguía por sus estudios de alemán, que hablaba casi a la perfección, junto a conocimientos de italiano, inglés y francés. Con estas condiciones, fue enviado a una de las primeras unidades creadas, el Batallón Thaelman, con voluntarios alemanes, luego llamada Brigada Internacional XI.
Varios fueron los roles cumplidos por Carlos, pero en mayo de 1937 es designado sargento por el Comisariado Político, con el que colaboraba en tareas de traducción. También fue designado jefe de una compañía de ametralladoras en el 44 Batallón en octubre del mismo año. Asimismo, cumplió tareas como traductor entre la oficialidad de las diferentes unidades y también como redactor de Pasaremos, órgano de difusión de la Brigada Internacional XI. Se desenvuelve también como jefe de sección topográfica y ayudante del Estado Mayor de la Brigada. Participa en los frentes de Brunete, Mediano, Torralba de Aragón, Batea. Sólo tiene un descanso cuando contrae tifus entre octubre de 1937 y febrero de 1938, pasando por los hospitales de Benicasim y Denia. Ocurre un hecho en su regreso que lo alarma: cuando es movilizado en un camión, es detenido en zona valenciana y, por faltarle su carné de brigadista y poseer mapas topográficos, casi es fusilado en el acto acusado de ser “espía trotskista”. Este hecho lo haría reflexionar sobre su visión idealista de la batalla encarnada por los brigadistas, aunque luego se reincorpora a la lucha, integrándose al frente de Vinebre en abril. Después combate en el Ebro de agosto a octubre, pero incluido en el batallón latinoamericano de la Brigada XV, donde es elogiado por sus superiores, no sólo por las acciones en combate sino por rescatar a un teniente herido del frente de batalla. El registro del 1 de septiembre de 1938 es elocuente: “Felicitamos al camarada sargento Carlos Kern, por su brillante actuación en la Ofensiva del Ebro y por su valiente actitud y disciplina en todo momento”. Esta acción lo ascendería a capitán, pero se planeaba el retiro de las Brigadas Internacionales y este nuevo grado no llegaría a ser registrado en su carné de brigadista.
La República ya lo había decidido, y el 24 de octubre, con una despedida oficial en Barcelona, retiró del frente a todos los voluntarios extranjeros, esperando apaciguar los pedidos de la Sociedad de las Naciones y pretendiendo lo mismo por parte de las tropas fascistas italianas y alemanas que estaban en España. Carlos termina junto a otro grupo de brigadistas en Francia, en el campo de Gurs, unos meses después. En mayo de 1939 su familia lo reclama desde Argentina, principalmente su tío el Dr. Ernesto Alemann, que era redactor del periódico antifascista que se editaba en la ciudad de Buenos Aires, llamado Argentinisches Tageblatt. La odisea estaba terminada, y con un esfuerzo que merecía una tregua, al menos para volver a tierra patria a continuar la lucha.
Sangre que fue cimientos
A finales de 1939 Carlos estaba instalado en Buenos Aires, pero el recibimiento de sus padres no fue muy caluroso, ya que las noticias de revueltas y compromiso político les habían sido transmitidas por intermedio del consulado alemán en Argentina. En vez de recibir a un joven dócil y maleable, se encontraron con un hijo idealista y revolucionario. El disgusto y la marginación lo hacen emigrar a la provincia del Chaco, donde llevó una vida rústica y sencilla, hasta su regreso nuevamente a la ciudad de Buenos Aires luego de tres años. Con 32 años, comienza a trabajar de arquitecto para la municipalidad de Avellaneda y compartirá tareas para un Plan Regulador en la ciudad de Buenos Aires con los colegas Kurchan, Ferrari Ardió y C. Testa. No profundizó la militancia política, pero escribió artículos sobre arte y política en general durante los años cuarenta y cincuenta en las revistas culturales y literarias Principios, Conducta y Propósitos, dirigidas por el escritor Leónidas Barletta.
Amigo del poeta Raúl G. Tuñón, tuvo relación también con el pintor argentino Antonio Berni, que llegó a hacerle un retrato y al cual logró influenciar en su pintura con temas sobre la pobreza de las villas miseria y los basurales. En Tucumán entabla amistad con el pintor Lobo de la Vega, a quien ingresa en temas de la zafra azucarera, que comienza a aparecer luego en su pintura y en otras obras como En busca del pan o De nuestro pueblo. Mantiene vínculos a fines de los años sesenta con el político argentino Dr. Benito Marianetti; las cartas sobre los avatares del socialismo eran el tema principal de su relación, que terminará en una gran amistad. También entabla amistad con Pablo Neruda y Luis Corvalán, secretario del Partido Comunista Chileno y senador en varias oportunidades por la Unidad Popular. Reside en su país natal con su hija Ernesta hasta dos días antes del golpe militar de Augusto Pinochet, el 9 de septiembre de 1973. La vida avanzaba y Carlos seguía en pie: “fui, soy y seré voluntario a vida o muerte. Así desde la Alemania de Hitler, donde acababa de ser procesado con camaradas inolvidables, fui liberado gracias a ellos y a la entrega de sus vidas para salvarme. Me presenté voluntario en Barcelona y combatí por la España Republicana y la libertad. Fui, soy y seré antifascista afrontando a los masacradores de ayer y de hoy”.
En verdad, él siempre decía que era “un militante sin carné, un militante de la vida”. Los cambios políticos de los noventa y las preocupaciones de nuevas guerras consumían sus días por la impotencia de no poder influir en los acontecimientos, cayendo en depresión y muriendo en el 2005 en la ciudad de Tucumán, donde hacía quince años que vivía.
Carlos Kern Alemann fue sólo uno de los más de seiscientos argentinos que participaron como voluntarios en la Guerra Civil española, junto a miles de hombres y mujeres de otras nacionalidades. Darle voz a estas historias puede ayudarnos a comprender que somos consecuencia de los eventos del pasado y, en definitiva, que venimos de algún lugar. Desde el presente, este rescate de ideas, esfuerzo y voluntad en defensa de la democracia y la República española abre una nueva ventana sobre la memoria histórica, tan quebrantada por las dictaduras de turno y tan necesaria en Argentina para mantener vivo el recuerdo en las generaciones venideras.
Jerónimo E. Boragina
(La Plata, 1978) es documentalista y licenciado en Historia. Ha publicado numerosos artículos sobre la Guerra Civil española y los voluntarios argentinos en revistas de Argentina, España y Estados Unidos. Es coautor del libro Voluntarios de Argentina en la GCE (2008) y del documental Esos mismos hombres, sobre la misma temática. Pertenece al Grupo de Historia desde Abajo y al Grupo de Investigaciones de Historia de Europa de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009
FUENTE: http://www.goethe.de/wis/bib/prj/hmb/the/151/es4898543.htm
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| Carlos Kern Alemann, miembro de las Brigadas Internacionales, a los 26 años. Foto: Archivo privado. Base de datos de voluntarios argentinos en la Guerra Civil española |
En 1930 comenzaba una década fraudulenta iniciada por el golpe de Estado del general F. Uriburu y continuada por su par Agustín P. Justo, pero, a pesar de ello, la solidaridad desplegada en Argentina nos convertiría en el segundo país a nivel mundial que más ayuda material brindó a la República española, constituida desde 1931. Lo que quedó oculto dentro de la Historia es que este movimiento solidario fue acompañado por cientos de brigadistas que ofrecieron su vida para defender la democracia española ante el golpe de Estado de los generales Franco y Mola el 18 de julio de 1936. En este sentido, hoy, con nuevas investigaciones podemos tener buenos vientos de memoria sobre la presencia de combatientes argentinos y latinoamericanos que fueron olvidados y desconocidos por los estudiosos en el tema, ya que la mayoría de los trabajos sobre las Brigadas Internacionales hacen hincapié en los voluntarios europeos y norteamericanos.
La vida y la libertad
Desde 1860, Argentina se llenaba de inmigrantes de todas las nacionalidades; este aporte llegó a constituir el 30% de la población en la primera década del siglo XX y fue uno de los más importantes de América.
Cuando estalla la Guerra Civil en la Península, la colectividad española se volcó mayoritariamente en ayuda al Gobierno democrático, pero también las organizaciones locales, dentro del marco dictatorial y represivo en que vivía Argentina desde 1930, comenzaban a enviar voluntarios a España para defender a la República española y luchar contra el fascismo. El más activo, cumpliendo directivas de la Comintern, fue el Partido Comunista Argentino, que dentro de la ilegalidad movilizó a cientos de voluntarios hasta Francia, para pasar hacia los campos de batalla españoles. Los anarquistas, desde diferentes pueblos del interior o de manera individual, también participaron con decenas de libertarios en la guerra. Estos viajes no eran conocidos desde las centrales anarquistas de nuestro país, que, por otra parte, priorizaron la ayuda material debido a las directivas de centrales españolas como la CNT-FAI (Confederación Nacional del Trabajo - Federación Anarquista Ibérica). Según estas organizaciones, no necesitaban la llegada de voluntarios extranjeros, sino armas, materiales sanitarios y alimentos para mantener el ritmo de guerra.
Muchos de los argentinos salieron reclutados desde nuestro país y otros trabajaban o estudiaban en España, Francia o Alemania desde hacía varios años, como en el caso de Carlos Kern Alemann. Nacido el 17 de abril de 1910 en Santiago de Chile estando de tránsito sus padres, Carlos Kern y Rosa Alemann, se radica a los pocos meses en la provincia de San Luis (Argentina). Su juventud transcurre con una buena educación brindada por su familia, su interés constante por la lectura y el comienzo de sus estudios en la ciudad de Buenos Aires en la escuela alemana Belgrano, y hará de este joven un autodidacta que comenzaría a leer a los clásicos escritores de la filosofía política como Hegel y Marx. En 1930 sus padres deciden enviarlo a Alemania para estudiar y perfeccionar sus conocimientos. Allí comienza la carrera de Arquitectura y logra titularse en Berlín-Charlottenburg, donde estudia y reside durante cinco años, trabajando también durante un tiempo en la fábrica Philipp Holzmann, junto a doscientos obreros. Pero no todo queda en el estudio y el trabajo, ya que paralelamente comienza a militar en los Estudiantes Rojos de Berlín, debido a sus contactos con militantes universitarios y su tenaz y activa decisión a la hora de enfrentar a los grupos nazis. Llega a ser secretario durante seis meses en 1931 y dirige el grupo estudiantil rojo de la Escuela Técnica de Berlín en la clandestinidad de la Alemania nazi. En esta Alemania de lucha callejera conoce a varios camaradas, como Emil Reuter, Paul Steimer, Olle Carlzon, Miguel F. Martínez, Willy Schwartztopf, y Rudolf Stern, que lo contactará y pedirá su ingreso en el Partido Comunista Alemán (KPD). “Johannes”, su seudónimo en la ilegalidad, comienza durante esos años a formarse con teoría y enseñanza política, pero por sobre todo con el contacto que establece con emigrantes políticos de Hungría que escapaban del régimen dictatorial en su país. En cada casa una noche, y así comenzó con los cursos sobre Dialéctica y Materialismo, aunque más adelante será en la Escuela Obrera Marxista de Berlín donde seguirá los cursos de Marxismo con Hermann Duncker, profesor de Teoría Marxista, político y funcionario sindical.
Es durante estos años, hasta 1936, que comparte la conducción del Grupo de Estudiantes Rojos de Berlín con Friedel Letz, alias Else, y Peter Jolovitz, alias Axel. Junto a ellos y a los militantes estudiantiles, participará en la huelga tranviaria de Berlín y en la mayoría de las manifestaciones realizadas por el KPD contra Hitler, que ya tenía su poder consolidado a partir de 1933. Lo detuvieron en mayo de 1935 junto a los compañeros Else y Geza Papp. Carlos fue recluido en la cárcel Alexanderplatz de Berlín y expulsado de la Escuela Técnica Superior por traición y agitación comunista. La pena de tres años que pidió el fiscal fue rechazada, siendo absuelto, y en marzo de 1936 es deportado a Suiza –país neutral–, donde logró salvar su vida. Pasando por Francia, llegó a España por sus propios medios el 10 de noviembre de 1936, “a luchar contra el fascismo”, como escribió hace más de setenta años. Como la mayoría de los voluntarios, fue incluido para su preparación militar en Albacete en la Escuela de Suboficiales y a los pocos meses en la Escuela de Oficiales. Con sólo 26 años, ya se distinguía por sus estudios de alemán, que hablaba casi a la perfección, junto a conocimientos de italiano, inglés y francés. Con estas condiciones, fue enviado a una de las primeras unidades creadas, el Batallón Thaelman, con voluntarios alemanes, luego llamada Brigada Internacional XI.
Varios fueron los roles cumplidos por Carlos, pero en mayo de 1937 es designado sargento por el Comisariado Político, con el que colaboraba en tareas de traducción. También fue designado jefe de una compañía de ametralladoras en el 44 Batallón en octubre del mismo año. Asimismo, cumplió tareas como traductor entre la oficialidad de las diferentes unidades y también como redactor de Pasaremos, órgano de difusión de la Brigada Internacional XI. Se desenvuelve también como jefe de sección topográfica y ayudante del Estado Mayor de la Brigada. Participa en los frentes de Brunete, Mediano, Torralba de Aragón, Batea. Sólo tiene un descanso cuando contrae tifus entre octubre de 1937 y febrero de 1938, pasando por los hospitales de Benicasim y Denia. Ocurre un hecho en su regreso que lo alarma: cuando es movilizado en un camión, es detenido en zona valenciana y, por faltarle su carné de brigadista y poseer mapas topográficos, casi es fusilado en el acto acusado de ser “espía trotskista”. Este hecho lo haría reflexionar sobre su visión idealista de la batalla encarnada por los brigadistas, aunque luego se reincorpora a la lucha, integrándose al frente de Vinebre en abril. Después combate en el Ebro de agosto a octubre, pero incluido en el batallón latinoamericano de la Brigada XV, donde es elogiado por sus superiores, no sólo por las acciones en combate sino por rescatar a un teniente herido del frente de batalla. El registro del 1 de septiembre de 1938 es elocuente: “Felicitamos al camarada sargento Carlos Kern, por su brillante actuación en la Ofensiva del Ebro y por su valiente actitud y disciplina en todo momento”. Esta acción lo ascendería a capitán, pero se planeaba el retiro de las Brigadas Internacionales y este nuevo grado no llegaría a ser registrado en su carné de brigadista.
La República ya lo había decidido, y el 24 de octubre, con una despedida oficial en Barcelona, retiró del frente a todos los voluntarios extranjeros, esperando apaciguar los pedidos de la Sociedad de las Naciones y pretendiendo lo mismo por parte de las tropas fascistas italianas y alemanas que estaban en España. Carlos termina junto a otro grupo de brigadistas en Francia, en el campo de Gurs, unos meses después. En mayo de 1939 su familia lo reclama desde Argentina, principalmente su tío el Dr. Ernesto Alemann, que era redactor del periódico antifascista que se editaba en la ciudad de Buenos Aires, llamado Argentinisches Tageblatt. La odisea estaba terminada, y con un esfuerzo que merecía una tregua, al menos para volver a tierra patria a continuar la lucha.
Sangre que fue cimientos
A finales de 1939 Carlos estaba instalado en Buenos Aires, pero el recibimiento de sus padres no fue muy caluroso, ya que las noticias de revueltas y compromiso político les habían sido transmitidas por intermedio del consulado alemán en Argentina. En vez de recibir a un joven dócil y maleable, se encontraron con un hijo idealista y revolucionario. El disgusto y la marginación lo hacen emigrar a la provincia del Chaco, donde llevó una vida rústica y sencilla, hasta su regreso nuevamente a la ciudad de Buenos Aires luego de tres años. Con 32 años, comienza a trabajar de arquitecto para la municipalidad de Avellaneda y compartirá tareas para un Plan Regulador en la ciudad de Buenos Aires con los colegas Kurchan, Ferrari Ardió y C. Testa. No profundizó la militancia política, pero escribió artículos sobre arte y política en general durante los años cuarenta y cincuenta en las revistas culturales y literarias Principios, Conducta y Propósitos, dirigidas por el escritor Leónidas Barletta.
Amigo del poeta Raúl G. Tuñón, tuvo relación también con el pintor argentino Antonio Berni, que llegó a hacerle un retrato y al cual logró influenciar en su pintura con temas sobre la pobreza de las villas miseria y los basurales. En Tucumán entabla amistad con el pintor Lobo de la Vega, a quien ingresa en temas de la zafra azucarera, que comienza a aparecer luego en su pintura y en otras obras como En busca del pan o De nuestro pueblo. Mantiene vínculos a fines de los años sesenta con el político argentino Dr. Benito Marianetti; las cartas sobre los avatares del socialismo eran el tema principal de su relación, que terminará en una gran amistad. También entabla amistad con Pablo Neruda y Luis Corvalán, secretario del Partido Comunista Chileno y senador en varias oportunidades por la Unidad Popular. Reside en su país natal con su hija Ernesta hasta dos días antes del golpe militar de Augusto Pinochet, el 9 de septiembre de 1973. La vida avanzaba y Carlos seguía en pie: “fui, soy y seré voluntario a vida o muerte. Así desde la Alemania de Hitler, donde acababa de ser procesado con camaradas inolvidables, fui liberado gracias a ellos y a la entrega de sus vidas para salvarme. Me presenté voluntario en Barcelona y combatí por la España Republicana y la libertad. Fui, soy y seré antifascista afrontando a los masacradores de ayer y de hoy”.
En verdad, él siempre decía que era “un militante sin carné, un militante de la vida”. Los cambios políticos de los noventa y las preocupaciones de nuevas guerras consumían sus días por la impotencia de no poder influir en los acontecimientos, cayendo en depresión y muriendo en el 2005 en la ciudad de Tucumán, donde hacía quince años que vivía.
Carlos Kern Alemann fue sólo uno de los más de seiscientos argentinos que participaron como voluntarios en la Guerra Civil española, junto a miles de hombres y mujeres de otras nacionalidades. Darle voz a estas historias puede ayudarnos a comprender que somos consecuencia de los eventos del pasado y, en definitiva, que venimos de algún lugar. Desde el presente, este rescate de ideas, esfuerzo y voluntad en defensa de la democracia y la República española abre una nueva ventana sobre la memoria histórica, tan quebrantada por las dictaduras de turno y tan necesaria en Argentina para mantener vivo el recuerdo en las generaciones venideras.
Jerónimo E. Boragina
(La Plata, 1978) es documentalista y licenciado en Historia. Ha publicado numerosos artículos sobre la Guerra Civil española y los voluntarios argentinos en revistas de Argentina, España y Estados Unidos. Es coautor del libro Voluntarios de Argentina en la GCE (2008) y del documental Esos mismos hombres, sobre la misma temática. Pertenece al Grupo de Historia desde Abajo y al Grupo de Investigaciones de Historia de Europa de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Mayo 2009
FUENTE: http://www.goethe.de/wis/bib/prj/hmb/the/151/es4898543.htm
domingo, 21 de septiembre de 2014
Documental Simón, hijo del pueblo (2013)
El 1º de mayo 1909 la policía reprime una multitudinaria marcha anarquista, dejando muertos y heridos. Unos meses más tarde, el carruaje del Ramón Falcón, el jefe de policía que comandó la represión, explota y vuela por el aire. Por el atentado es detenido un joven ucraniano: Simón Radowitzky. ¿Quién es Simón, ese adolescente que llegó a Argentina buscando una tierra mejor y se encontró con la violencia con la que se consolidaba el país? Mirada desde le presente, ¿cuál es su historia? ¿y cuál el legado familiar de ese inmigrante que se transformó en una figura clave del anarquismo argentino? Simón hijo del pueblo recorre su vida a partir de las marcas de la herencia familiar y de los rastros que su historia dejó en Buenos Aires y en Ushuaia.
FICHA TÉCNICA
Título: Simón hijo del pueblo
Dirección: Rolando Goldman y Julián Troksberg
Producción: Santiago Alfiz en Coproducción con Rolando Goldman y Julián Troksberg con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales
Guión: Rolando Goldman y Julián Troksberg con la colaboración de Osvaldo Bayer.
Página oficial: http://www.simonhijodelpueblo.com.ar/
Película completa: Simón, hijo del pueblo
FICHA TÉCNICA
Título: Simón hijo del pueblo
Dirección: Rolando Goldman y Julián Troksberg
Producción: Santiago Alfiz en Coproducción con Rolando Goldman y Julián Troksberg con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales
Guión: Rolando Goldman y Julián Troksberg con la colaboración de Osvaldo Bayer.
Página oficial: http://www.simonhijodelpueblo.com.ar/
Película completa: Simón, hijo del pueblo
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