lunes, 23 de febrero de 2015

De la Guerra Civil Española hasta Rosario sólo por amor

La historia de Carmen, quien se enamoró de un soldado republicano que se refugiaba en su casa cuando era niña.

Por Arlen Buchara.- El CiudadanoWeb
Publicado el 4 febrero 2013

“Mi marido siempre me decía que hay que festejar el día que naciste. Yo nací el 2 de abril de 1926 pero me anotaron el 21, porque en ese entonces en España no te daban el día en el trabajo para ir al Registro”. Carmen nunca dice Manuel, ni tampoco Manuel Fernández León y mucho menos Comandante Flórez. Carmen dice: “Mi marido”, como si estuviera ahí cerca, a punto de aparecer por la puerta, aunque hace ya muchos años que partió.

María del Carmen Alonso Fernández es de Oviedo, Asturias, del barrio de Latores. En realidad lo fue hasta los 28 años, cuando emigró a la Argentina para cumplir con una promesa hecha 6 años antes a Manuel, quien lograba, por fin, salir de España en un barco atunero con dirección a Francia, luego de 11 años de fugitivo en las montañas de Asturias.

“Cuando llegó la guerra yo tenía 10 años. Fue muy feo, porque las guerras no son buenas nunca, no tendrían que existir. Los primeros días éramos 4 familias refugiadas, estábamos en una casa grande, vieja, antigua. De noche se estiraban los colchones y de día se ataban”, cuenta la española, con un acento tan marcado que pareciera que no pasó un día desde su desembarco. “Nosotros éramos socialistas, mi padre era socialista y mi madre también”, cuenta. Durante la guerra y varios años después, en la casa de Carmen se refugiaban ex soldados de la República, ahora guerrilleros. Muchos de ellos vivían clandestinos en las montañas, y paraban algunos días en casas de familia para comer, lavarse, y tratar de dormir sin sobresaltos. “A veces venían 4 ó 5 fugitivos que buscaban para enlazar con otros y organizar la lucha clandestina. Mi padre nos decía: «Dejen la cama para estos hombres que no duermen nunca en cama. Ustedes duerman en el piso», y dormíamos en el piso”, viaja hacia atrás Carmen. Y uno de estos hombres era Manuel.

Manuel Fernández León, conocido como el Comandante Flórez, fue un guerrillero asturiano que combatió en distintos frentes durante la Guerra Civil Española. Cuando cae Asturias, en 1937, se traslada a las montañas junto con otros revolucionarios y permanece en la clandestinidad por 11 años. Durante ese tiempo, la casa de Carmen era uno de sus refugios.  “Yo tenía 13 ó 14 años cuando lo conocí y no me pasaba nada. Yo era una niña, jugaba todavía con las muñecas”. Manuel era 20 años mayor que Carmen, pero “fue creciendo el tiempo”.

“Cuando yo ya era una señorita tenía varios pretendientes, pero no me enamoraba ninguno, no había caso”, cuenta la española. Uno de los pretendientes era un hermano de un amigo de Manuel. “Mi marido me decía que no me ponga con ése, que era un borracho, pero eso era mentira: lo que pasaba es que él ya me había puesto el ojo”, cuenta.

Por ese entonces, la situación de España era cada vez peor. “La persecución política era muy fuerte, mataban y torturaban gente todo el tiempo, y a nivel económico era terrible”. La familia de Manuel se había exiliado en Francia, su padre era un reconocido sindicalista, ya veterano, y con ayuda de organizaciones de mineros ingleses habían logrado salir y establecerse en el país vecino. Desde Francia consiguieron que un barco atunero que iba a Asturias juntara a los fugitivos que quedaban en el puerto y los sacara del país. Se reunieron 29 personas, que viajaron a pie durante dos noches, en plena oscuridad, para no ser descubiertos. Hasta que llegaron a la costa. “Un amigo que se casaba les dijo que iba a hacer la fiesta de despedida de soltero esa noche y los iba a invitar a los de la Guardia Civil, así podían salir tranquilos”, recuerda Carmen.

“Antes de marchar, le tuve que alcanzar unas cosas a donde él estaba, y ahí fue me que dijo: «Bueno, mañana ya salgo, si te reclamo, ¿vas para Francia conmigo? Yo me caso contigo nada más que llegues allí»”.  Ahí, junto con el exilio, empezó un largo noviazgo por carta. Manuel le escribía haciéndose pasar por una amiga de ella.  Finalmente, en 1951, doce años después del fin de la Guerra Civil y tras dos años de exilio en Francia, Manuel viajó a Argentina, donde tenía un amigo, un compatriota, viviendo en Rosario. Ya establecido en la ciudad, envió a su novia un pasaje en un barco que salía de Barcelona. Un pasaje sólo de ida. Días antes de su partida de España, Carmen recibió una carta del gobierno prohibiéndole salir. Pero  ella ya tenía la decisión tomada: “O me iba o me echaba al mar”, dice. Con esa decisión  se encaminó a Barcelona, arriesgándose a ser detenida. “Cuando soltaron las amarras del barco, pegué un grito y empecé a llorar a todo lo que daba. Todos cantaban «Adiós mi España querida, dentro de mi alma te llevo metida» y yo lloraba a gritos, no me podía contener. Era libre”.

En cada puerto de mar, la asturiana encontraba una carta de su prometido. Finalmente un 27 de julio arribó a las costas rioplatenses. Era 1954. Un mes después, el 27 de agosto, Carmen y Manuel se casaban, en Rosario.

En Argentina las cosas no fueron fáciles. Él trabajó de astillero por un tiempo y luego fue metalúrgico. Ella zurcía medias. Mal que mal, se fueron haciendo lugar en la ciudad adoptiva. Tuvieron dos hijos, en los 60. Y no volvieron a pisar suelo español hasta 1982, después de 40 años de dictadura del “generalísimo”  Francisco Franco. España, al fin, volvía a la democracia. Fue entonces que sus compañeros de lucha les enviaron pasajes para que pudieran regresar y asistir a distintos homenajes que se habían organizado para los sobrevivientes.

Su hija cuenta que de pequeños no tenían la dimensión del lugar de lucha y el reconocimiento que su padre había tenido. “Él tenía un perfil muy bajo, incluso cuando volvió en el 82 contaba algo, pero tampoco demasiado. Es más, se había vuelto bastante pacifista, no tenía esa cosa reivindicativa. Ella sí, como que tiene más garra”, dice sonriendo.

En 1986, poco antes de cumplir 80 años, el Comandante Flórez falleció. “Estaba muy enamorada de él. Y lo sigo estando”, dice Carmen ahora, 27 años después.

Link original: http://www.elciudadanoweb.com/de-la-guerra-civil-espanola-hasta-rosario-solo-por-amor/


domingo, 22 de febrero de 2015

Homenaje a Fanny Edelman y a los Brigadistas Argentinos en la fiesta del PCE el 17 de septiembre de 2010

En San Fernando de Henares (Madrid)

por Mª José Barreiro López de Gamarra
24 de septiembre de 2010 - Radio BCN Estación Mediterránea ABF

Fanny Edelman, argentina.
Ayuda internacional. Socorro Rojo.
Palabras de Fanny Edelman en el Acto por el 78 Aniversario de la II República Española (Foro La Guerra Civil Española):Este martes se cumplen siete décadas del motín fascista que disparó la Guerra Civil Española. Fanny Edelman, 95 años, recuerda los grupos internacionalistas que defendieron la República. Líster, La Pasionaria y otras figuras de la gesta.
El 18 de julio de 1936 el generalato fascista se alzó contra la Segunda República española. El general José Sanjur-jo, viejo conspirador, había fogoneado la asonada desde su exilio en Portugal mientras el general Emilio Mola, en Pamplona, daba los últimos toques al plan de acción. Francisco Franco abandonaba Canarias para ponerse al frente del que creían no iba a ser sino un golpe de mano. Los secundaban los generales Queipo del Llano, en Sevilla, y Manuel Goded, en Barcelona. Otro general, Joaquín Fanjul, se había parapetado en el cuartel de la Montaña, en el corazón de Madrid, aunque no podría resistir el sitio de las tropas leales a la República. Daba comienzo lo que sería una larga noche para los españoles y para Europa. Al mismo tiempo y muy a pesar de los confabulados, nacía uno de los relatos más bellos y heroicos del siglo XX: el que escribieron comunistas, anarquistas, socialistas durante los tres años de Guerra Civil. Fanny Edelman era una joven de 26, militante argenti-na del Socorro Rojo, cuando viajó a Barcelona para incorporarse, junto a su compañero Bernardo Edelman, a los grupos de internacionalistas que se sumaron a la defensa de la República. Hoy, con 95 años que no le impiden ir al teatro, al cine y a dar largas caminatas desde la sede de su partido en la calle Entre Ríos hasta el austero y cálido departamento de San Telmo, asegura que a pesar de los pesares, esos tiempos fueron los más felices. “Pasé momentos duros, descuidé en parte a mis hijos –reconoce–, pero, así y todo, no cambiaría mi historia por la de aquellos que sólo ven pasar la vida”.

–Vengo de una familia muy modesta, de San Francisco. Mi padre era obrero de los molinos Minetti y mi madre un ama de casa sacrificada, volcada a cuidar a los hijos. El era rumano y ella rusa. Yo tenía trece años cuando vinimos a Buenos Aires. Vivíamos en Tucumán y Gallo, a dos cuadras del Abasto. Soñaba con ser médica pero en aquella época eran los varones los que tenían la prioridad para estudiar. No pude entrar a la facultad, pero seguí con la música, que me gustaba mucho, después de mudarnos a Vicente López empecé a frecuentar gente muy interesante: Riganelli, Hebecquer, Alvaro Yunque, que me ayudó muchísimo con mis inquietudes sociales.
–Y las intelectuales, me imagino.
–Por supuesto, aunque mi padre era un gran lector y nos había educado en el amor a los escritores rusos. Como eran los años del golpe de Uriburu empecé a trabajar en solidaridad con los presos comunistas y anarquistas. Y me incorporé al Socorro Rojo. Fue allí que me propusieron afiliarme al Partido Comunista. Dije que sí, sin saber qué era el comunismo ni cuáles eran sus ideales y me llevó un tiempo comprender que la dictadura y las condicio-nes de vida del pueblo tenían una relación íntima. Esos años, ‘34, ‘35, ‘36 fueron determinantes para mi futuro: me había convertido en militante y había conocido al que sería mi compañero para siempre. Era periodista de La Van-guardia y lo habían echado porque no coincidía con la línea política de la dirección del Partido Socialista. Se fue con un grupo de izquierda y empezó a trabajar, como periodista también, en la Federación Nacional de la Cons-trucción, muy poderosa, como se demostró en la huelga general del ‘36. En ese mismo año, Bernardo Edelman y yo nos casamos. Al poco tiempo estalló la Guerra Civil Española y nos cambió la vida. Los argentinos y los grupos de italianos y españoles dimos origen a un movimiento solidario que adquirió una presencia enorme en el país, pese a la Sección Especial. Fue una labor increíble de ayuda material y política, comida, ropa, ajuares tejidos por las mujeres de aquí para los bebés que nacían en el bando republicano. Contábamos con el apoyo de Angel Gallardo, el embajador de la República Española, un católico militante a quien no le preocupaba que la ayuda proviniera de socialistas, comunistas y anarquistas. Fue en la Federación Nacional de la Construcción que mi compañero escuchó hablar por primera vez de las Brigadas Internacionales y resolvió, junto a un amigo, alistarse con ellas. Llegó a casa y me dijo “¿Qué te parece si me voy?”. Yo le contesté: “Nos vamos”.
–¿Viajaron solos?
–No, con nosotros iban españoles, búlgaros radicados en Comodoro Rivadavia, unos albaneses que vivían en la periferia y un periodista argentino cuyo nombre no me puedo acordar. Eramos diez o doce. En agosto o septiembre del ‘37 llegamos a Amberes. De Amberes nos fuimos a París, donde se coordinaba toda la acción solidaria mundial. Se palpaba el despertar antifascista que, de todas formas, no empezaba con la República Española: ya en el ‘33, Henri Barbusse, Romain Rolland, Thomas Mann y el propio Einstein habían convocado a una reunión de intelectuales alertando sobre el peligro que representaba el nazismo en Alemania. Por esos días, en París se había inaugurado la Exposición Internacional y como teníamos un rato fuimos. Nos encontramos con el Guernica, una obra impresionante, imponente. Ahí, en París, nos arreglaron los papeles, la entrada a España por Perpignan y el destino final, en Madrid. En Madrid tomé contacto con las milicias populares, germen del ejército popular que unificó las guerrillas, porque hasta ese momento cada uno tenía su dirección y era imposible garan-tizar la defensa de Madrid.
–¿A quiénes reportaban?
–Yo al Socorro Rojo y él a la Unión de Juventudes Socialistas. El representaba al Movimiento de Solidaridad con España, que editaba La Nueva España, una publicación con una tirada de sesenta mil ejemplares. Mi compañero era el corresponsal en los frentes de guerra. El Socorro Rojo tenía como tarea fundamental abastecer las necesi-dades de las tropas, la distribución de alimentos, ropa, calzado y la atención a los familiares de los combatientes. La política de ingleses, franceses y norteamericanos fue de una perfidia inimaginable. Hasta tal punto que, cuando salimos de España, la carretera hacia París estaba colmada de pertrechos que el gobierno francés no había dejado pasar.
–Si tuviera que elegir una figura de la Guerra Civil...
–Las figuras femeninas más relevantes fueron, sin duda, Pasionaria, Federica Montseny y Margarita Nelken. Ten-go, en lo personal, un gran recuerdo de Pasionaria. Para mí fue la gran protagonista de ese proceso, su palabra erizaba la piel, era tan grande su voluntad de transmitir a los soldados, al pueblo, la certeza de los ideales, la justeza de la lucha... Y la entrega. Una entrega total. Fue para mí la más grande, incluyendo a Negrín. Después la cultivé a Dolores, en la Federación Democrática Internacional de Mujeres, cuya secretaría ejercí a partir de 1972 y después de su exilio de Madrid. Tenía tanto dolor, tanta nostalgia de España, tanto deseo de no morir antes de volver a su patria. Lo consiguió, pero dejó un hijo, Rubén, que murió en la batalla de Stalingrado. Nunca pudo superar su muerte, la tocó profundamente, fue terrible para ella, aunque Pasionaria ya había perdido otros cuatro hijos, de hambre, anemias y enfermedad en Asturias. De los seis hijos que tuvo, al final le quedó sólo Amaya, que está ahora dirigiendo la Fundación Dolores Ibárruri en Madrid. A mí me maravillaba la fuerza de su palabra... La recuerdo hablando en un mitin, en París. La gente la aplaudía, la vitoreaba aunque no entendía el castellano, se emocionaba como si hablara en francés. Aquel fue un período determinante para mi vida y la de mi compañero.
–¿Y las Brigadas Internacionales, Fanny?
–Las Brigadas fueron, a mi juicio, una de las manifestaciones más altas de la solidaridad humana. Al frente esta-ban los dirigentes de los partidos socialistas y comunistas que huyeron de las dictaduras nazis y fascistas. Estaban Togliatti, al que en España conocíamos como Ercoli; Luigi Longo, que, aunque no recuerdo muy bien, creo que fue uno de los coordinadores de las actividades de las Brigadas; Hans Beimler, un alemán diputado del Reichstag, que murió en combate. En un viaje que hice a Europa, les dije a mis compañeros que quería visitar su tumba. Yo sabía que estaba enterrado en Montjuich. Bajé en Barcelona y busqué su sepultura, pero no la encontré. Conocí también a Antonio Prado, que en 1938 convocó una gran campaña de invierno del Socorro Rojo. Hacía un frío espantoso y los combatientes no tenía ropa ni calzado suficientes para soportar esas temperaturas. Resultó conmovedora la reacción del pueblo; la gente se desprendía de sus propios abrigos, de sus propios zapatos para mandarlos al frente.
–¿Conoció a Santiago Carrillo en esos días?
–Sí, Carrillo estuvo aquí, clandestino, una vez terminada la guerra.
–¿Y a Santiago Alvarez, que según creo fue fundador del Quinto Regimiento?
–Claro que lo conocí. Santiago era el presidente del Comité de Amigos de las Brigadas Internacionales. Fue uno de los fundadores del Quinto Regimiento, pero el jefe era Enrique Líster. El comisario político era Carlos, Carlos Contreras le llamábamos, aunque su verdadero nombre era Vittorio Vitali, secretario del Partido Comunista de Trieste, un personaje muy interesante, un hombre de una enorme cultura y de una enorme inteligencia, que nos enseñó a comprender cosas que todavía no teníamos del todo claras y me enseñó a leer entre líneas. Yo trabajé con María, su compañera, maravillosa, modestísima, de una gran capacidad intelectual. Ella era una de las dirigen-tes del Socorro Rojo. Años más tarde, leyendo una revista, me enteré que María había muerto en un taxi, yendo a una consulta con el médico. Y aunque le parezca mentira, recién allí, en 1942, supe que mi querida y admirada “María” era Tina Modotti.
–¿Abandonaron Madrid antes o después de la caída?
–Antes. Después nos trasladamos a Valencia porque el gobierno se había establecido ahí y luego, siempre junto al gobierno, a Barcelona. El viaje de vuelta fue muy doloroso. Regresé a España después de la muerte de Franco y en el ‘96, convocada por los Amigos de las Brigadas, y pasé por Gernika. El árbol había florecido. Era otra España. Aquella del ’36 no existía más. Esa historia había sido sepultada, ocultada. Pensé mucho en una com-pañera del Socorro Rojo, Matilde Landa, pertenecía a una familia muy rica, de la alta burguesía. La familia huyó y ella resolvió quedarse. Fue capturada y ejecutada. En fin... ¡ese famoso Pacto de la Moncloa! Ese Pacto fue una responsabilidad de todos los partidos, incluido el Partido Comunista de España, que se adhirió a esa falsificación.
–¿Cuáles fueron sus tiempos mejores?
–Es muy difícil. Pero dentro del horror de la guerra fueron felices los años de la Guerra Civil, muy felices porque me dieron tanto, aprendí tanto, me identifiqué tanto con aquella causa que hasta hoy me siento parte de es pueblo, sigo las cosas de España, sufro por lo que les pasa.
–¿Si pudiera, qué borraría de su historia?
–Nada. No me arrepiento de nada. Me he equivocado, pero no me arrepiento de nada. Pasé momentos malos, sombríos, descuidé quizás a mis hijos, pero tenía poderosas razones.
–¿Se lo reprocharon?
–Alguna vez, sí, alguna vez. Pero mire, yo viví una tragedia muy grande. En un viaje que hicimos de Mendoza volcó el auto que manejaba mi marido. Quedó parapléjico. Tenía treinta y ocho años. Fueron veintidós años en esas condiciones. Hubo que remontar la situación, mantener la unidad del hogar y convencerlo de que la vida no se había terminado, que la vida exigía y seguía; había que lograr que saliera a la calle en su sillón de ruedas y terminara su interrumpida carrera de abogado; había que lograr que trabajara como abogado. Mi hija tenía ocho años y mi hijo tres. En esa etapa, él insistió para que yo no dejara la actividad. Mi rol de madre quedó en parte a cargo de una compañera catalana que estaba exiliada aquí. Pero éramos tan amigas, compartíamos tantas cosas, lo hizo con tanto amor que creo que casi no sintieron esa sustitución. Además, fueron enormemente solidarios, defendieron a su padre y me defendieron. Estoy muy orgullosa de mis hijos.
–A usted le gusta la música, ¿cuál es su canción preferida?
–...“La Internacional”.
–Y también le gusta la literatura, ¿a quiénes relee?
–A Lorca, a Hernández, a Vallejo, a Miguel Angel Asturias, a Paul Auster.
–¿A quiénes reconoce como maestros?
–A Marx, a Engels, a Lenin.
–¿Un día de felicidad?
–El día en que me afilié al Partido Comunista.

Link original: http://agenciabarreiroforever.blogspot.com.ar/2010/09/homenaje-fanny-edelman-homenaje-fanny.html


viernes, 30 de enero de 2015

Mika Etchebéhère, una revolucionaria al mando de milicianos

El mando que ejerció durante la Guerra Civil española en el Ejército republicano no fue la única experiencia destacable de la vida apasionante de Mika Etchebéhère. El colectivo Cambalache acaba de reeditar Mi guerra en España. Testimonio de una miliciana al mando de una columna del POUM, un libro escrito por ella y publicado en España en 2003 por Alikornio.

Amaya Caunedo / Historiadora.
Publicado en diciembre 24, 2014 por Redacción


Moisés Ville (traducción al francés de Kiriat Moshé, “Pueblo de Moisés”) fue la primera colonia judía agrícola independiente de la República Argentina, fundada en 1889. Entre las familias que llegaban de la Rusia zarista está la de Micaela Feldman (más conocida como Mika Etchebéhère, cambió la letra “c” por la “k” de su nombre cuando llegó a Europa, adoptando el apellido de su marido Hipólito Etchebéhère). Nació en Moisés Ville el 14 de marzo de 1902. Su padre enseñaba yiddish en la colonia. Los pogromos del viejo continente hicieron que una parte importante de la clase trabajadora asquenazí emigrara a distintos lugares del continente americano durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.

Muchas de estas personas habían tenido contacto con grupos anarquistas y con socialistas, extendiendo por este continente organizaciones como el llamado BUND (literalmente “Unión” en yiddish, que llegó a tener una de las organizaciones de desempleados mayores de todo el continente, declarándose siempre anti-sionistas). Prueba de la conciencia de clase de esta población serán numerosas huelgas, levantamientos… Por citar dos ejemplos no muy conocidos en Europa: en “El levantamiento de las 20.000”, huelga de obreras textiles de Nueva York (22-XI-1909 al 10-II-1910), de cuya lucha surgiría parte del mito de los orígenes de la celebración del 8 de marzo, muchas de “las 20.000” eran obreras asquenazíes. Y lo mismo en Argentina, en una huelga que desembocó en la Semana Trágica de enero de 1919, duramente reprimida por el ejército, rompe-huelgas y nacionalistas argentinos (tal y como harían los somatenes españoles durante las dictaduras de Primo de Rivera y Franco). En el Buenos Aires de entonces, se asimilaba “la rusada” con la población judía, y con todos los sucesos revolucionarios del país.

Un matador de indios

Siendo una niña su familia se muda a Rosario, Santa Fe. Allí su padre abre un pequeño restaurante. A los 14 años, mientras asiste al colegio nacional, forma parte de un grupo anarquista. Poco después, junto a algunas militantes libertarias, fundará la agrupación femenina “Luisa Michel”.

En 1920 Mica se muda a Buenos Aires para estudiar odontología. Allí formará parte del grupo Insurrexit, junto al que será su compañero hasta la muerte de éste en combate en la Guerra Civil española. Desde las páginas de su publicación tratan de informar de los conflictos estudiantiles, intentando promover la unidad de trabajadores y estudiantes. Analiza los cambios sociales en la URSS, la literatura social, así como el análisis de la situación social y política en Argentina. El grupo se definía como “comunista anti-parlamentario”.

Mica Feldman publica un artículo en el número 4 de Insurrexit, en el que fija su posición respecto a la política sufragista, criticándola por dos aspectos. En primer lugar porque afirma (como todas las feministas socialistas de la época) que la revolución social es imprescindible para lograr la emancipación de la mujer y en segundo porque aseveraba que el voto y el parlamento no lograrían la emancipación pregonada por las sufragistas.

En 1924 algunos de los insurrexistas (entre ellos Mica e Hipólito) se afilian al Partido Comunista argentino. Al poco tiempo surgirán las disputas internas y los dos participarán en la fracción izquierdista Partido Comunista Obrero, surgida en enero de 1926, tras el polémico VII Congreso del PCA (diciembre de 1925). Debido a discrepancias políticas ambos fueron expulsados del PCA.

Parten a la Patagonia para ahorrar dinero y viajar a Europa en busca de la revolución. De esta época nos habla Mica: “(…) el inmenso lago Futalaufquen (…). Podíamos haber vivido en sus orillas (…). Fue la tentación más fuerte de toda nuestra vida. (…) nos habíamos impuesto otro destino: el de luchar por la revolución”.  En la Patagonia recogieron testimonios de primera mano sobre las matanzas de obreros e indios perpetradas a órdenes de familias como la Braun Menéndez: “Atendimos en el consultorio a un escocés muy viejo, matador de indios profesional a sueldo de Menéndez”.

Francia y ¿la revolución en Alemania?

Llegan a París en 1931 y siguen militando en grupos de oposición de izquierda sin abandonar el ideario comunista. En octubre de 1932 marchan a Alemania, en busca del país más preparado para la revolución. Se afilian al Partido Comunista Alemán. También formarán parte del grupo de oposición de izquierdas llamado “Grupo de Wedding”. Allí conocerán a Kurt y Katia Landau, quienes, aunque partícipes junto a Trotski de los orígenes de la Oposición Comunista Internacional de Izquierdas, en 1931 se enfrentarán a él, debido a la postura de la pareja, contraria a la fundación de la IV Internacional. Colaborarán luego como propagandistas contra trotskistas y estalinistas en el POUM, partido con el que participarán en la Guerra Civil española hasta el asesinato de Kurt por agentes de la NKVD en septiembre de 1937.

Mika e Hipólito abandonarán Alemania en mayo de 1933, derrotados moralmente tras haber observado el ascenso del nazismo. Impotentes tras observar cómo un partido comunista con 6 millones de votos se mantenía en posiciones contrarias a formar una alianza de izquierdas que frenara el ascenso nazi, tildando a los obreros socialdemócratas de “socialfascistas”.

Vuelven a París y, junto a los Landau, los Rosmer y otros, fundan la revista Que faire?, cuyo primer número aparecerá en diciembre de 1934 y se interrumpirá con la II Guerra Mundial.

La Guerra Civil española

En la primavera de 1936 los Etchebéhère llegan a España. Mika recuerda: “Habíamos hecho proyectos de amor y de vacaciones. Las del verano de 1936 debían transcurrir en Asturias para visitar los lugares donde los mineros habían combatido en 1934, y recoger material para el libro que queríamos escribir”.

El relato de Mika sobre su participación en la Guerra Civil española, al frente de una columna del POUM, se interrumpe tras la caída de Málaga en febrero de 1937. ¿Qué le pasó hasta 1939? ¿Por qué interrumpe su relato en ese momento? ¿Por qué no cuenta nada sobre su persecución política a manos de estalinistas españoles y agentes soviéticos?

A lo largo del libro nos explica por qué se alistaron voluntarios, la convicción profunda en la abolición del sistema capitalista, rayando en la fe propia de todas las mártires y heroínas, fe laica, pero fe al fin. Ella les llevó a mudarse de país en país, rechazando cualquier otra orientación para su vida, como por ejemplo la de tener descendencia: “No, (…). Lo habíamos decidido con mi marido para no tener ataduras que impiden cumplir el deber de revolucionario. Hay hijos de sobra en el mundo”. E hizo que ella siguiera luchando después de la muerte en combate de Hipólito en agosto de 1936.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es el de su condición de mujer y capitana en un ámbito claramente masculino. La obra de Mary Nash Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil apunta que las mujeres fueron una minoría en las milicias republicanas y la mayoría de las voluntarias se dedicaron a tareas ligadas al mundo de “los cuidados” (limpieza, cocina, etc.), históricamente unidas en el patriarcado a las mujeres.

Sin embargo Mika señala que en la columna a su mando esas obligaciones se repartían entre todos por igual. Famosa es la cita que hace de las palabras de una miliciana comunista de la columna Pasionaria (enemigos políticos de Mika), que solicita entrar a formar parte de la columna del POUM, ante la sugerencia de que tal vez pueda quedarse a barrer y guisar. Manuela (miliciana del PCE) afirma: “Eso sí que no. He oído decir que en vuestra columna las milicianas tenían los mismos derechos que los hombres, que no lavaban ropa ni platos. Yo no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”.

A lo largo del relato abundan las referencias a la compleja relación establecida con sus compañeros de columna, que la respetan como mujer y capitana. En su labor de “intendencia” llega a conseguir jarabe para la tos y a pasarse el día por las trincheras de Madrid con el jarabe y la cuchara repartiendo entre los milicianos enfermos de su columna.

¿Pero qué ocurre cuando una mujer heterosexual está rodeada de hombres, algunos atractivos para ella? Su actitud está siempre ligada a las reflexiones que ella misma hace sobre el tema: “Luego soy para ellos una mujer, su mujer, excepcional, pura y dura, a la cual se le perdona su sexo en la media en que no se sirve de él, a la que admiran tanto por su valentía como por su castidad, por su conducta. ¿Puedo correr el riesgo de faltar a ese compromiso tácito, tener un amante y que ellos lo sepan, portarme como un hombre y conservar al mismo tiempo su respeto y la admiración que me manifiestan a la hora de la verdad? La respuesta es ‘quizá’, si yo fuese capaz de mandarlos pistola en mano, infundirles temor, si me portara como un hombre de guerra, más hombre que todos ellos en la mala acepción del término. Pues bien, no, no quiero, sigo siendo la que soy, austera y casta como ellos me quieren, mujer o un ser híbrido, no tiene importancia. Lo que cuenta es servir en esta revolución con el máximo de eficacia y que se vaya a la mierda el pequeño tirón de la carne”.

Regreso a Argentina y Francia

En 1939 Mika pasa varios meses escondida en un liceo francés de Madrid, de donde sale gracias a las presiones que sus camaradas franceses hicieron al Ministerio de Asuntos Extranjeros. Tras pasar por París, vuelve a Buenos Aires. Escribe artículos en distintos periódicos sobre la guerra europea, la situación en Argentina y su primer relato de la Guerra Civil (acerca de uno de los niños-milicianos de su columna).

En 1943 llega el golpe militar y la irrupción del peronismo. Mika contempló cómo el movimiento anti-fascista se alejó de las luchas internacionalistas, para caer en el nacionalismo.

Ante esta situación Mika vuelve a Francia en 1946. Se encuentra con viejas amistades y camaradas, entre otros con  sus grandes amigos Marguerite y Alfred Rosmer. Mika trabaja como traductora y vive en París. Junto a sus camaradas constituye el “Circulo de Zimmerwald”.

En mayo de 1968 Mika, con 66 años, ayuda a levantar barricadas. En 1978 participa en la “ciudad de la luz” en las  marchas contra la dictadura militar argentina. Falleció en 7 de julio de 1992.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 34, SEPTIEMBRE DE 2014




jueves, 18 de diciembre de 2014

Raquel Levenson: una luchadora forjada en las calles cordobesas

Por Diego Naselli Macera
Profesor y Licenciado en Historia

Miembro de la Federación Juvenil Comunista, incansable idealista y portavoz de los obreros, combatiente en la Guerra Civil española y resistente al nazismo durante la Segunda Guerra mundial, Raquel Levenson fue un ejemplo de luchadora que se forjó en las calles de la Córdoba obrera y reformista de los primeros años de la década de 1930.

Cuando sus camaradas preguntaban a Raquel dónde había nacido, ella respondía rápidamente y sin dudar: “Yo nací en Córdoba en 1929, y no es por sacarme años” aunque su verdadero lugar y fecha de nacimiento fue en San Fernando, provincia de Buenos Aires, el 15 de junio de 1915. Sin embargo, esa respuesta mostraba donde había comenzado su militancia, siendo una joven de 14 años y junto a Gregorio Levenson, uno de sus hermanos, ingresó a la Federación Juvenil Comunista (FJC) sección Córdoba para trabajar por los obreros y la Revolución.
Llegados a Córdoba en 1928 en busca de trabajo, la familia Levenson se encontraba con una ciudad donde rondaban los aires de la Reforma Universitaria y el movimiento obrero se enfrascaba en huelgas y movilizaciones para mejorar sus condiciones laborales y sociales. En ese mismo año, en estación Cañada Verde, una pequeña ciudad al sur de la provincia, el Block Obrero y Campesino ganaba las elecciones municipales y se instauraba la primera intendencia comunista en el país y en la capital provincial líderes sindicales de orientación comunista organizaban una huelga en la fábrica Menetti.
Para 1929 la lucha obrera se intensifica debido a la decisión del Partido Comunista (PC) de organizar sindicatos separados de otras organizaciones gremiales aplicando la táctica «clase contra clase» del Komintern y en Córdoba los encargados de promover conflictos serán los hermanos José y Jesús Manzanelli junto a otros dirigentes partidarios, quienes colaboran en la huelga de la construcción de Bell Ville y en la huelga metalúrgica de San Francisco que es duramente reprimida por la policía transformándose en un paro general por 48 horas. En este contexto, Gregorio Levenson, quien ya frecuentaba el ambiente estudiantil de la Córdoba reformista, se incorpora a la FJC acompañado por su joven hermana Raquel.
Producido el golpe de estado de 1930 dirigido por el general José Felix Uriburu contra el presidente Hipólito Yrigoyen, Raquel Levenson recibe la primera tarea como militante de la juventud comunista y se le encarga repartir clandestinamente volantes a los trabajadores de la Fábrica Militar de Aviones, construida en Córdoba en 1927 y con una dotación de casi 200 obreros, con el objetivo de conseguir el apoyo de la clase trabajadora a la revolución. Además de su militancia política, Raquel se interesa por la economía y se acerca a la UNC mientras su hermano Gregorio funda en la capital provincial el grupo «Insurrexit», agrupación similar a la creada por Héctor P. Agosti en Buenos Aires y en la que participaba Ernesto Sábato en La Plata, con el propósito de introducir la lucha de clases en las universidades y detener el avance de la «contrarreforma». Así, entre los obreros y estudiantes cordobeses, entre militantes y dirigentes comunistas, entre las fábricas y la Universidad, Raquel se comprometió con la lucha obrera y la revolución, compromiso que va a sostener durante toda su vida.

Buenos Aires y España: la lucha continúa
A mediados de la década del ’30, Gregorio y Raquel Levenson se radican en Avellaneda (Buenos Aires) donde se insertan en el mundo laboral y sindical de la zona sur y conocen a Juan José Real, líder juvenil del PCA, quien los dirige en la organización del Centro de Estudiantes Universitarios de Avellaneda. En esta nueva etapa en la vida militante, a Raquel se le delega la realización de arengas políticas a las salidas de talleres, fábricas y frigoríficos con el propósito de atraer a los trabajadores en la lucha contra el capital. Subida a un cajón de frutas, se la puede ver a la joven militante exponiendo fogosamente sus ideas delante de obreros, estudiantes, paseantes en los barrios porteños de Dock Sud, Piñeyro y Sarandí con el claro objetivo del lograr la unión de la juventud y los trabajadores en la lucha por sus reivindicaciones y derechos y contra el gobierno del conservador Manuel Fresco. Fue allí, en las barriadas proletarias de la zona sur de Buenos Aires, donde Raquel puso en práctica las actitudes de organizadora, agitadora y propagandista que había aprendido durante sus primeros años de militancia en Córdoba.
Con el estallido de la Guerra Civil española, Raquel junto a su pareja Juan José Real deciden enrolarse como voluntarios para ayudar a la República en su lucha contra la sublevación militar y parten hacía España en abril de 1937. Ya en territorio republicano, la pareja de argentinos se encuentran con los dirigentes comunistas Victorio Codovilla y José Manzanelli y, mientras Real se incorpora a las Brigadas Internacionales, Raquel ingresa a la Dirección Nacional de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) como propagandista y organizadora con la misión de recorrer los diferentes frentes y retaguardias para propagar la ideología comunista mediante la redacción de volantes y documentos, el adiestramiento de soldados y la arenga pública. En enero de 1939 Cataluña cae ante las tropas sublevadas y Raquel, quien se encontraba en Barcelona embarazada de su hijo Alberto, logra abandonar España en un barco inglés hacía Argelia donde es encerrada en un campo de concentración. Sin embargo, por su condición de dirigente comunista, la militante argentina logró marcharse de la colonia francesa en un barco soviético que se dirigía a Odesa.

Odesa, Moscú y Stalingrado: resistir al nazismo
Una vez desembarcados en el puerto ucraniano de Odesa, Raquel Levenson junto a su pequeño hijo son enviados a Moscú donde la militante argentina es incorporada a la Escuela Internacional de Marxismo-Leninismo. Cuando la Alemania nazi invade el territorio soviético en junio de 1941, Raquel participa en la defensa y resistencia de Moscú ante el asedio del ejército invasor realizando tareas civiles en la organización y subsistencia del pueblo moscovita y debido a su destacada intervención es enviada a Stalingrado cuando la ciudad de orillas del Volga es tomada por la werhmacht alemana. Allí, en la ciudad insignia del régimen stalinista, Raquel se desempeña como instructora político-militar del Ejército Rojo, que había recibido la orden de “¡Ni un paso atrás!”.
Derrotado el nazismo en 1945, la veterana de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial regresa a Argentina para incorporarse al Secretariado Nacional de la FJC y, desde ese momento, propulsar y organizar diferentes agrupaciones obreras y estudiantiles en la provincia de Buenos Aires. Con la llegada del peronismo, Raquel debe alejarse de Juan José Real, su ex pareja y padre de su hijo, y de su hermano Gregorio Levenson por orden del PCA ya que ambos se habían acercado al nuevo movimiento de masas surgido bajo el control de Juan Domingo Perón.
Desde la década de 1960, la militante de la FJC se encarga de organizar la actividad gremial de las fábricas en la zona de La Matanza hasta que una enfermedad terminal acabaría con su vida el 3 de septiembre de 1971 con sólo 56 años de edad y 42 años de férrea militancia, incansable lucha y rígida lealtad al comunismo al que había adherido en esa Córdoba obrera y reformista de 1930.

Publicado en: Revista DEODORO, Gaceta de crítica y cultura, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, Noviembre de 2014, Año 4, n° 48, ISSN 1853-2349



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Traductoras rusas en la Guerra Civil Española

María Serrano Velázquez | Rusia Hoy - 5 de octubre de 2012

Una voz interna susurraba a Adelina Abramson antes de partir rumbo a España en agosto de 1936: “¿Serás capaz de cumplir con lo que te encomiendan?”. Con tan solo 17 años, contestó segura: “Sí”. Estaba dispuesta a traducir del ruso al español ante los servicios soviéticos para la República. Pronto partiría hacia España con pasaporte falso junto a su padre Benjamín. Su identidad permanecería oculta bajo un seudónimo. Sería Adelina Regis, miembro del Ejército Rojo.

204 intérpretes soviéticas llegaron en plena Guerra Civil al campo de batalla. Su tarea consistiría en traducir las conversaciones entre miembros del ejército republicano y los diplomáticos soviéticos, que llegaron hasta la península para prestar ayuda internacional al Gobierno legítimo de la República. Muchas de ellas se formarían en el entonces Instituto de Nuevos Idiomas en Moscú.
Aquellas intérpretes cumplieron una labor encomiable: supieron descifrar mensajes de estado entre embajadores y jefes de gobierno, mantener el silencio y dejar huella de mujeres valientes en la memoria colectiva. Algunas de ellas dejaron su vida en el campo de batalla, como fue el caso de Sofía Bessmernaia, que murió en la batalla de Brunete. María Fortus, Sara Majovich, Elizaveta Párshina, María Levina, Olga Filipova, Adelina y Paulina Abramson son solo algunos de estos nombres.
En diciembre de 1936, Francisco Largo Caballero, por aquel entonces Presidente del Gobierno, envió una solicitud al primer embajador de la URSS en España, Marcel Rosenberg. Una larga carta en la que, además de aviones y tanques, pedía a la URSS, especialistas en aviación, armamento, ingenieros aeronáuticos, instructores, y, cómo no, traductores que ayudasen a mejorar la estrategia militar de un gobierno democrático asediado y sin fuerzas aliadas.
La respuesta llegaría cinco días más tarde, aunque para la URSS fuese un contratiempo inesperado convertirse en una pieza clave de la política exterior española. “A pesar de que durante los cuatro años de guerra hubo más de 2.105 soviéticos en territorio español,  en un mismo periodo la cifra no alcanzaba más de 550 personas, 70 de las cuales fueron traductoras”, afirma Ricardo Miralles, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco.
Ante la imposibilidad de los asesores de hacerse entender por los españoles, el cuadro de traductoras era un grupo fundamental para los republicanos. Miralles señala: “de no haber sido por las intérpretes nada de lo propuesto por los soviéticos se habría materializado”.
A todas las desavenencias de la República, habría que sumar la falta de entendimiento que existía entre los cuerpos de seguridad hispano rusos. Incomunicación que no compartía el bando contrario donde los aliados italianos y alemanes tenían mínimos conocimiento de español. La barrera lingüística pasaría factura, a pesar de que Górev, agregado militar del Estado Mayor Soviético, procuró en todo momento que no faltara un traductor por asesor. Sin embargo, la tarea resultó imposible.
La lista de intérpretes era muy extensa. Entre ellos, también se encontraban los llamados rusos blancos, antiguos emigrados políticos de la época de la revolución de 1917, contrarios al régimen soviético en origen que, sin embargo, acabaron colaborando como traductores.
Entre estos, el caso más destacado es el de Costant Brusilloff en el Frente Norte. Miralles señala que este grupo fue 'prácticamente obligado' a través de serias amenazas y coacciones a colaborar con el NKVD, la policía soviética encargada de controlar políticamente a los rusos en España. La vida de Brusilloff estuvo plagada de vicisitudes. En 1919, huyó de los bolcheviques, asentándose posteriormente en España. Durante sus años de obligada labor como traductor e intérprete, redactaría un informe muy crítico sobre la preparación militar de la República y la labor soviética en la zona.
La misión en España del NKVD fue básicamente reprimir la disidencia en el campo republicano. El gobierno de Stalin no permitiría que las maniobras soviéticas quedaran bajo el desconocimiento de Moscú.
“Había una importante necesidad de información militar sobre las actuaciones soviéticas en la Guerra Civil. Stalin no dejó nada al libre albedrío”, destaca Miralles. Tal era el control de todos los miembros del Ejército Rojo, que a mediados de 1937 ya se consideraba al NKVD como una especie de oficina ajena al Ministerio del Interior, conocida como Grupo de Información. Paulina Abramson, hermana de Adelina, recuerda en aquellas circunstancias, como eran las entrevistas, a modo de manual, para entrar a formar parte del servicio de traducción. El requisito se adivinaba en una sola pregunta: ¿Sabe usted callar?

Una labor enigmática y comprometida
Tras su llegada clandestina a España, Adelina Abramson consigue establecerse en el Hotel Metropol de Barcelona donde recibiría instrucciones para ser trasladada por los servicios soviéticos a Valencia. Tenía entonces 17 años. Por sus conocimientos de español, nació y vivió su infancia en Argentina, se le destina como intérprete y traductora en la Aviación para el Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas de la República, con sede en Albacete.
En su libro de memorias, Mosaico Roto, Adelina narra cómo el general Douglas le propuso un singular destino. “Para mí la pregunta era enigmática pero me fascinaban las palabras trabajar en la aviación. Inmediatamente consentí”. Recuerda cómo en un principio el servicio soviético la quiso mandar como responsable de un grupo de guerrilleros. Sin embargo, su carácter frágil, que ella misma asemeja a un tango argentino de su infancia, no era el adecuado para acompañar a nadie en esta arriesgada aventura, aunque su atuendo demostraba lo contrario; una chaqueta negra de cuero era su seña de identidad.
Durante aquellos meses de lucha contra el fascismo, su trabajo permitió entablar amistad con los pilotos, mecánicos e ingenieros españoles y soviéticos. La barrera cultural que existía entre ambos grupos arranca en la memoria de esta nonagenaria alguna anécdota jocosa, como la que le sucedió con el General Grigoriev en un curso para capacitar pilotos de bombardeo. “Al terminar su explicación, el coronel preguntó '¿Está claro?'. Se produjo un silencio sepulcral. En ese momento, uno de los futuros pilotos intentó cortejarme con una pregunta. El coronel me pidió que tradujese lo que me había dicho. Ante una risa general, no me atreví a responder”.
Un año más tarde, Adelina volvería a la tierra del frío. Su labor en España la haría merecedora de la máxima condecoración por méritos militares en la URSS: la Estrella Roja. Aunque Adelina Abramson, su hermana Paulina, y otras tantas mujeres que actuaron como traductoras en la Guerra Civil, no son nombres conocidos de la historia. Todas ellas tuvieron la modestia de los héroes que caen en el olvido.

Link: http://es.rbth.com/articles/2012/10/05/traductoras_rusas_en_la_guerra_civil_espanola_20517.html

lunes, 24 de noviembre de 2014

Fernando Ortiz Echagüe: Un periodista, un diario, un país

Por José Claudio Escribano | LA NACION, Viernes 19 de julio de 2013

Hay ocasiones en que el apotegma de que "nada es más viejo que el diario de ayer" resulta pavorosamente cierto y, además, de una tristeza que consterna.

Fernando Ortiz Echagüe
Las noticias que pudieron bullir en los comentarios de la sociedad a lo largo de días, semanas, meses, e incluso, de años, suelen difuminarse después, testadas por el tiempo, hasta casi no quedar rastros de ellas. Otro tanto acaece con la memoria de periodistas que hicieron de sus críticas y reportajes en publicaciones cotidianas, o de más morosa frecuencia, acontecimientos de tal o cual época. El hallazgo casual, o la búsqueda afanosa, impulsada por alguna referencia feliz, en las páginas amarillentas de periódicos y revistas, pueden rescatar para la memoria colectiva tesoros ahí labrados, que ha de valorar el intelecto y lo agradecerá en homenaje a quienes fueron los artífices así desenterrados.

Nada encaja mejor, respecto de tan penosos olvidos, que el nombre de Fernando Ortiz Echagüe. Este periodista nacido en España, en 1893, fue el más grande, el más versátil, el que accedió con impecable naturalidad a las más reservadas fuentes informativas de la Europa de las dos grandes guerras. Se lució como ninguno en la pléyade de corresponsales en el exterior de los diarios argentinos del siglo XX, entre los que hubo casos de estatura inmensa, como el de Constantino del Esla, enviado a Madrid por LA NACION, durante la contienda civil de los mil días. Y, sin embargo, qué decepción, qué imperdonable incuria generalizada, porque de otra manera no se explicaría la respuesta que recibí días atrás al confiarle a un historiador de indiscutida relevancia que estaba revisando artículos de Ortiz Echagüe. Aquél contestó, con curiosidad: "Háblame de él, que no sé nada".

Temía una perplejidad como ésa, a pesar de que los cablegramas de este periodista habían resonado en más de una generación de argentinos. La obra de Ortiz Echagüe se encuentra diseminada, con invariable calidad y sustancia, en miles de páginas de LA NACION, pero no de una manera anónima. Figura, con su firma, precediendo la data de las capitales eminentes del Viejo Mundo desde las que despachó, entre 1918 y 1941, telegramas que concernían a la guerra, a la paz y a los entretelones bélicos que alistarían una vez más para el combate a esa Europa suicida cuyas guerras él mismo volvería a cubrir con sus notas, desde 1939, por segunda vez.

Era ésa la Europa enloquecida por el delirio de Hitler y Mussolini, la Europa entrampada en la defección de reyes, burgueses y proletarios y la Europa sujeta a debilidades humanas que tanto impresionaron al corresponsal del diario cuando en agosto de 1940, en Riom, el régimen de Philippe Pétain constituyó una Corte Suprema especial para juzgar a los supuestos responsables, civiles y militares, de la precipitada caída de Francia y del gobierno, entre liberal y socialista, del primer ministro Paul Reynaud: "El pueblo -escribió Ortiz Echagüe- quiere arrojar por la roca Tarpeya a los hombres que aclamaba en el Capitolio. Los pueblos son así: quieren vengar cada desastre buscando víctimas expiatorias para persuadirse a sí mismos de que ellos están libres de culpa".

Francia se negaba en ese momento a perder más sangre y prefería rodear antes al mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra, que al general de la resistencia a ultranza, Charles De Gaulle. Ortiz Echagüe caracterizó a los protagonistas del gran conflicto con oficio único, en crónicas certeras y bellamente escritas. Se hacía tiempo, además, para escribir sobre la frivolidad alegre de los espectáculos y las modas, a las que Europa no renunciaba en medio de terribles padecimientos. Traía al conocimiento de los lectores, también, lo que deparaban de antiguo y de más moderno los museos aún abiertos y lo que pensaban, con las abstracciones de lo eterno, sus poetas y filósofos, o lo que producían novelistas y científicos. La vida continuaba, como han atestiguado los diarios personales del capitán Ernst Jünger, uno de los más profundos escritores alemanes del siglo XX, que en nombre del Ejército del Tercer Reich ofició en París, hasta 1944, en calidad de enlace con la intelligentsia francesa.

Ortiz Echagüe había llegado a Buenos Aires, en 1911, sin otra provisión que un modesto equipaje. En 1918, después de trabajar en LA NACION, primero como cronista destacado ante el Ministerio de Agricultura, situado entonces en Florida y Lavalle, y luego como traductor de cables noticiosos, fue designado corresponsal general en Europa, con sede en París. Hombre de mundo, de relaciones infinitas y vida social ceñida a las convenciones tan rigurosas como pomposas de esa larga época, cuyas luces se apagaban sin que muchos lo advirtieran, en su vestuario de periodista disponía de tres fracs: uno, para las recepciones en París; otro, en Londres, y el tercero, en Madrid.

La liviandad de esa mención, en los tiempos desestructurados que corren, adquiere, desde otra perspectiva, relieve histórico. Sólo se trata de circunstanciarla en relación con la influencia mundial de la Argentina en los años veinte, con la paridad de entonces de diez centavos de peso por cada franco francés que se recibía y con el asombro con el cual Louis-Ferdinand Céline anotaba, en su célebre Viaje al fin de la noche , las juergas costosas de argentinos, que todo lo podían, copando por las noches la parada en los cabarets de Montmartre.

Convendrá registrar, por añadidura, otro dato verdaderamente inverosímil a esta altura del devenir nacional.

Compartamos, pues, con el lector algo que se halla bastante perdido hasta en la memoria interna de este diario. Luego de haber ocupado LA NACION, algo antes de 1910, un subsuelo en la rue Richelieu, se trasladó a la rue Eduardo VII, donde tras permanecer unos años, recaló en Champs-Elysées. Desde esas oficinas, con treinta metros de frente que daban a la vereda misma de lo que se cotiza como uno de los puntos urbanos cumbre en las valuaciones mundiales del metro cuadrado de edificación, se recortaba a escasa distancia el imponente Arco de Triunfo.

Las ocho letras de LA NACION fulguraban, rotundas, en la fachada de esa planta baja. Si hasta parece cuento, de no hallarse uno con el recorte a mano, lo que Ortiz Echagüe decía en una correspondencia referida a esa marquesina: "LA NACION basta. No es preciso agregar Buenos Aires, pues todo París sabe que LA NACION es el gran diario argentino". ¿Acaso algún bufón del poder imagina, por patológica que fuere su confianza en la extraña teoría de que en el Centenario la Argentina no era nada, que una empresa, una secretaría de Estado, una provincia, un ministerio de la Nación podría revestirse hoy, como proa visible de una soñada potencia nacional, con el esplendor de aquellos treinta metros sobre la vereda de Champs-Elysées?

LA NACION era, simplemente, lo que era el país, y los grandes protagonistas de Europa se abrían, sin reticencia, a su corresponsal general, que había visto desfilar en 1918 a los mariscales franceses Joffre y Foch al frente de sus tropas vencedoras y había presenciado, a bordo del acorazado británico Dreadnought, la rendición a los aliados de la altiva flota alemana, formada por más de 300 unidades, en el mar del Norte. En diciembre de 1932, Ortiz Echagüe escribía desde Polonia: "Aquí está preparada la mecha de la próxima guerra. ¿Quién la encenderá?" Y prevenía, a comienzos de 1938, con referencia a los Sudetes: "?si Hitler hiciera contra Checoslovaquia el acto irreparable, todo sucedería otra vez como en 1914, aunque en plazo más corto". La suerte de Europa pudo haber sido otra si Neville Chamberlain y Edouard Daladier hubieran pensado de igual modo, absteniéndose de firmar con Hitler en 1938, en nombre del Reino Unido y de Francia, los acuerdos de Munich.

En 1940, ocupado París, Ortiz Echagüe sigue al gobierno, ahora encabezado por Reynaud, en la retirada a Burdeos. Cada crónica de los sucesos constituye una reconstrucción antológica de acontecimientos que conmovían al mundo. Cae el gobierno de Reynaud y asume el mariscal Pétain, que negocia un armisticio por separado con Hitler, mientras De Gaulle, desde Londres, llama a la resistencia y al honor francés.

La censura impone un paréntesis al corresponsal, que reaparece en agosto con la publicación en serie de despachos diarios que le han sido retenidos. Extraigo, entre ese material, una perla atesorada en circunstancias en que el gobierno de la zona francesa no ocupada preparaba su instalación en Vichy. Concierne a la respuesta de Pétain, conocida de primera mano por Ortiz Echagüe, a los enviados de Churchill, que desesperando por evitar el armisticio unilateral de Francia con Hitler, increpan al viejo mariscal por la inminente violación de compromisos que París y Londres tenían contraídos desde antes del estallido de la guerra, el 1de septiembre de 1939: "Estos no son momentos para invocar tratados".

Ortiz Echagüe escribió dos libros: Pasajeros, correspondencia y carga y Al Senegal en Aeroplano . Ambos recrean notas que había publicado LA NACION. En el último, el cronista aborda en su relato uno de los aparatos Breguet, de comienzos de la aviación comercial, con la cesta llena de bebidas y comestibles que le ha preparado para el viaje la dueña de una pensión de Tolouse. Eran vuelos de muchas horas para distancias cortas y nadie había pensado todavía que las azafatas y el catering estaban llamados a cumplir servicios importantes en el espacio.

Entre 1941 y 1946, Ortiz Echagüe fue corresponsal del diario en Nueva York. En octubre, de este último año, viajó una vez más a París. En la madrugada del día 9, abrió las ventanas de su habitación en el Hotel Lancaster y se arrojó al vacío. Se encontraron sobre la mesa de luz soporíferos y hubo testimonios de que sufría de insomnio.

En octubre de 1985, se presentó en mi oficina de entonces secretario general de Redacción de LA NACIONuna mujer alta, elegante, de unos cuarenta años. Era la única hija de Ortiz Echagüe, María Dolores. Me dijo que estaba casada con el secretario de Asuntos Culturales del Partido Socialista francés. Gobernaba en Francia François Mitterrand. María Dolores pidió revisar el Archivo del diario, hurgar entre recortes y colecciones de la época. Así lo hizo, con el convencimiento de que a su padre lo habían asesinado elementos remanentes de la Francia colaboracionista, "pues sabía demasiado".

Ironías del destino. Dos de los principales datos personales de quien escribió a lo largo de la vida con maravillosa exactitud han sido imprecisos: a la información sobre su nacimiento en Logroño, se opuso con no menos vigor la leyenda de que había llegado a este mundo en San Sebastián; ante la información oficial de la policía francesa de que "la hipótesis del suicidio es la única admisible", su hija y algunos amigos contestaron con la denuncia de un crimen.

Nunca, en todo caso, sabremos la verdad incontrovertible sobre su muerte. Tal vez el misterio trágico cuadre como apropiado colofón para esa novela, plena de aventuras, que fue la vida de quien será recordado, junto con sus hermanos José, uno de los más destacados fotógrafos españoles del siglo XX, y Antonio, pintor de reconocida valía, en la muestra "La luz, el color y la palabra", que se inaugurará el 30 del actual, en el Museo Fernández Blanco. Estará abierta hasta el 29 de septiembre.

Link: http://www.lanacion.com.ar/1602331-un-periodista-un-diario-un-pais

domingo, 16 de noviembre de 2014

El embajador argentino por el embajador norteamericano

Claude G. Bowers, embajador norteamericano en España desde 1931 hasta 1939, dejo en su memoria “Misión en España” una semblanza de Daniel García Mansilla, diplomático argentino a cargo de la embajada en España durante la guerra civil, quien fue uno de los primeros en aplicar el principio humanitario del derecho de asilo:


“Desde el primer día de la guerra era evidente que se hacían esfuerzos para utilizar al cuerpo diplomático como una plataforma para la propaganda fascista. El doyen del cuerpo, que era el embajador de Argentina, era un decidido partidario de los rebeldes. Era un gracioso anciano de barba y cabellos blancos. Sus ojos eran azules y alegres, y hablaba en voz melosa, frotándose las manos. Estoy seguro de que aceptaba la propaganda de los nazis y los fascistas como verdades del Evangelio, y que su mente estaba herméticamente cerrada para cualquier información favorable al Gobierno ante el cual estaba acreditado o desfavorable a sus enemigos” (Bowers, Claude, Misión en España, Ediciones Grijaldo, 1977, p. 299)




Claude G. Bowers y Daniel García Mansilla