sábado, 8 de julio de 2017

Pablo Suero, el gijonés que entrevistó a una España que olía a guerra

El reportero, con pasaporte argentino, amigo de Lorca y de Gardel, vivió en 1935 las convulsiones de un país abocado al desastre

Oviedo, Eduardo García - lne.es
Domingo 02 de agosto de 2009

Federico García Lorca y el periodista Pablo Suero en 1936
Cuando el periodista Pablo Suero desembarca en España con un montón de proyectos de entrevista bajo el brazo, el país afilaba las guadañas. Era el año 1935, en vísperas de las elecciones de febrero. Suero tenía pasaporte argentino pero había nacido en Gijón, hijo de una familia emigrante. Se convirtió pronto en todo un personaje en Buenos Aires. Se ganó la vida como reportero y crítico literario, fue dramaturgo y director de escena. En 1936 se fijó en una joven actriz y la contrató para su compañía teatral. Se llamaba Eva, y años después pasó a la Historia por su apellido de casada: Perón. Suero escribió memorables letras de tangos para su amigo Carlos Gardel, y en Buenos Aires acabó haciendo otro amigo ilustre, Federico García Lorca, a quien en 1935 visitó en su casa familiar. Tras la muerte del poeta, poco tiempo después, Suero recordaba las palabras de la madre de Federico hablando de las elecciones del 35: «Si no ganamos, ya podemos despedirnos de España. Nos echarán, si es que no nos matan».

Aquellas entrevistas y crónicas que el asturiano Pablo Suero realiza en España en tiempos de preguerra demuestran la influencia del periodista. Lo reciben Manuel Azaña, Largo Caballero, Gil Robles, Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera e Indalecio Prieto, entre otros políticos de primera fila de la época. Ahora, el trabajo periodístico de Suero en España ve de nuevo la luz en forma de libro titulado «España levanta el puño. Palabras al borde del abismo». Lo de España levanta el puño viene a confirmar la ideología del periodista, que no tiene inconveniente en proclamar en cada crónica. Lo que se dice información militante. El gran icono de la derecha hispana, José María Gil Robles, accede a saludarle pero no le concede ni una sola declaración, quizá conociendo por dónde iban los tiros. Suero se venga con una crónica despiadada: «su oratoria es pobre de ideas y confusa, en ella se descubren acusados síntomas de mesianismo. Carece de brillantez, de ideología y se enreda en una sintaxis maltrecha».

La entrevista antes citada con el dirigente socialista asturiano es una de las más esclarecedoras. «Desde humilde taquígrafo de diarios se encumbró hasta las alturas del gobierno, pero para ello pasó por todos los avatares de la conspiración y de la revuelta», señala Suero a la hora de perfilar a «don Inda». El encuentro tiene su historia. En aquel momento Prieto estaba en busca y captura por sus responsabilidades en la locura de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias. La Policía le buscaba o, al menos, hacía que le buscaba. Prieto se encuentra oficialmente escondido y hasta allí dice Suero que le llevan, tras un largo y fatigoso viaje en automóvil.

Era todo mentira. Indalecio Prieto vivía en su propia casa, en la madrileña calle Carranza, justo en el piso de arriba de la sede de «El Socialista». O la Policía miraba para otro lado o era un ejemplo de incompetencia manifiesta. Lo del cuento del viaje fue producto de la negociación con el periodista para no dar pistas. O mejor, para dar pistas falsas.

Ante las inminentes elecciones de 1935 que iba a acabar con Gil Robles, líder de la CEDA en la poltrona de un ministerio, Indalecio Prieto criticaba el programa republicano «tan moderado y conservador que sería un programa de derechas en cualquier otro país». Y cantaba las virtudes de la flexibilidad socialista: «Nosotros hemos cedido puestos en todas las provincias, no podemos ceder más sin el riesgo de desaparecer como partido. No tenemos la culpa de que España sea una República sin republicanos».

Suero proclama que a don Inda el pueblo le quiere, «de él procede», y recuerda cómo salvó la frontera «del modo misterioso y hábil que él únicamente domina» cuando el fracaso del Octubre del 34.

Asturias vuelve a estar presente en la entrevista que Suero le hace al dramaturgo Alejandro Casona, en aquel momento encaramado a la fama tras el apoteósico estreno de «Nuestra Natacha». «La obra -dice el periodista gijonés- tuvo un éxito clamoroso de público y de crítica. Esto último haciendo salvedad de la crítica de derechas, pues aquí hasta el arte tiene color político y se banderiza». Casona le cuenta sus inicios, el estreno de «La sirena varada» con Margarita Xirgu al frente del plantel. La actriz no estaba ni medio convencida de la obra, pero fue todo un pelotazo teatral. Alejandro Casona habla claro: «Yo respeto a los viejos valores como Benavente, los Quintero, Arniches. Ellos solos de por sí son un teatro. Pero creo también que han cumplido su ciclo». La crítica a los que venían detrás de ellos es todavía más acusada: «La generación intermedia es servil y de una vil pereza mental. No ha hecho más que bastardear lo creado». Para el dramaturgo de Besullo, la nueva generación estaba encabezada por García Lorca, y añadía entre los más destacados a otro asturiano ilustre, Valentín Andrés Álvarez, que ya había estrenado «Tararí».

A Dolores Ibarruri «La Pasionaria», Pablo Suero la visita en la cárcel. Es tiempo de República. El periodista la define como «una mujer alta, esbelta, de cabellos grises, de frente despejada, de rostro bello surcado por hondas arrugas de pesar. Tiene una extraña dulzura en sus ojos castaños y una suavidad de terciopelo en su voz sin crispaciones ni cóleras».

La causa de la detención de Pasionaria tiene que ver con Asturias, según cuenta ella misma. El escenario histórico, los meses inmediatamente posteriores a la Revolución de 1934: «Íbamos en un automóvil recorriendo los pueblos. A cada instante nos hallábamos ante el temor de las pobres gentes que enmudecían por miedo a la represalia de las autoridades. Asturias parece una cárcel todavía hoy. Nos detenían en los puestos policiales, en las carreteras. Me acompañaban unas señoras de la localidad, muertas de miedo. Los guardias, felizmente, no eran de los más avisados. Unos preguntaban: "¿Entre ustedes no hay un escritor?". "No". "¿Alguna de ustedes no es Pasionaria?". Aquí un movimiento de mis compañeras me vendió. Entonces yo dije: "Sí. Pasionaria soy yo". "Tenemos orden de detener a Pasionaria". "Pues tómenme", les dije"». La dirigente obrera tenía como misión localizar y reunir huérfanos de la Revolución asturiana.

La primera edición de «España levanta el puño» es de diciembre de 1936, ya con un país roto y desangrado. Aún quedaba lo peor. El prologuista de aquel bautizo literario, el novelista bonaerense Enrique González Tuñón proclama que «Pablo Suero está con la España que escribe, piensa, trabaja, construye».


Página original: http://www.lne.es/sociedad-cultura/2009/08/02/pablo-suero-gijones-entrevisto-espana-olia-guerra/790192.html


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